19 de julio 1936. La revolución libertaria.       La memoria, en los textos.

 

Alfonso Dominguez  Vinagre S.G. SOV Cáceres CGT

A los 70 años del golpe militar que acabó con la República y con el intento de modernizar España y generar un entramado social más justo, libre e igualitario, se edulcolora la recuperación de la memoria, poniéndola al servicio de los intereses políticos partidistas del S.XXI. Y vuelven otras mentiras, otros silencios y otra memoria desvirtuada.  Ni siquiera el PSOE se atreverá a cumplir su palabra con una verdadera ley de rehabilitación de lo que el fascismo machacó durante 40 años. A saber en qué quedará la devolución del patrimonio histórico arrebatado del anarquismo y anarcosindicalismo español, frente a la urgencia y facilidad con la que se pretende devolver el de UGT.  

Llama la atención el silenciamiento y la ocultación interesada que se ha hecho desde los recuperadores oficiales de la memoria, los medios de comunicación “progresistas” y las organizaciones controladas por partidos, del papel protagonista del anarcosindicalismo durante la República y la revolución social que siguió al golpe militar. Ojeando los volúmenes de la memoria fotográfica de EL PAÍS, o los documentales salidos de la Fundación Pablo Iglesias, se magnifican las figuras de Largo Caballero, Azaña, Prieto, de UGT, de las maltrechas instituciones republicanas, de las JSU, del minúsculo PCE. El anarcosindicalismo, por el contrario, es tratado siempre de modo residual, minimizando su enorme proyección social y asociándolo, en esto sigue vivo el justificador discurso franquista, a la violencia, al desorden y la represión incontrolada. Como una cláusula no escrita de pacto forjado en la transición, el anarcosindicalismo debía desaparecer de la Historia de España. Se silencian siempre las masas y el pueblo autoorganizado que bajo las siglas de la CNT  tomó las calles, defendió la libertad, paró al fascismo, colectivizó el aparato productivo y generó una sociedad nueva y libre. Cientos de miles de anarquistas y anarcosindicalistas pagaron con la muerte y la represión el haber tenido tan cerca lo soñado. El corto verano de la anarquía. Una selección de textos nos devuelve ese momento.

 

 

 

“Fuimos armados hasta los dientes, con fusiles, pistolas y ametralladoras. No llevábamos camisas, y nuestros rostros estaban negros de pólvora.

-Somos representantes de la CNT y de la FAI –dijimos al presidente del consejo-, y éstos son nuestros guardaespaldas. Companys quiere hablar con nosotros.

            El presidente nos recibió de pie. Era evidente que estaba emocionado. Nos dio un apretón de manos; estuvo a punto de abrazarnos. La presentación duró poco. Nos sentamos. Cada uno de nosotros tenía un fusil en las rodillas. Companys nos dirigió el siguiente corto discurso:

            -Ante todo he de deciros una cosa: la CNT y la FAI nunca han sido tratadas como corresponde a su importancia. Siempre habéis sido perseguidos duramente, y yo, que una vez estuve a vuestro lado, tuve que combatiros y perseguiros, muy a pesar mío, obligado por las necesidades de la política. Hoy sois los únicos dueños de la ciudad y de toda Cataluña, porque sois los únicos que habéis vencido a los fascistas. Espero que no lo toméis a mal, sin embargo, sí os recuerdo que hombres de mi partido, de mi guardia y mis autoridades, sean muchos o pocos, no os han rehusado su apoyo en estos últimos días…

            Reflexionó un instante y prosiguió:

-Pero la simple verdad es que aún anteayer erais perseguidos, y hoy habéis vencido a los militaristas y a los fascistas. Sé quienes sois y lo que sois y por eso debo hablaros con toda franqueza. Habéis vencido. Todo está en vuestras manos. Si no me necesitáis más  o no me necesitáis más como Presidente de Cataluña, decídmelo ahora. En ese caso seguiré luchando como un soldado más contra los fascistas.”

(Juan García Oliver)

 

 

El compromiso

“En un solo día, el 19 de julio, se rompieron todas las estructuras políticas de Cataluña y España. El gobierno llevó adelante una vida de apariencia. La situación política concreta del país exigía la formación de un nuevo organismo de poder. Así surgió el Comité de Milicias Antifascistas de Barcelona.

Supongo que la iniciativa para la constitución de este consejo de soldados provino de los anarquistas. Ellos no querían participar en el gobierno, porque ello no concordaba con sus ideas. Dejaron pues que el gobierno siguiera funcionando. Pero de hecho, en lo sucesivo fueron las milicias y su comité los que tuvieron en sus manos el poder gubernamental.” (Jaume Miravitvilles).

 

 

“Por primera vez la CNT-FAI tuvo que plantearse inevitablemente el problema del poder. “Somos los dueños de Cataluña. ¿Tomamos el poder prescindiendo de los republicanos, socialistas o comunistas, o colaboramos con la Generalitat?” La plana mayor del movimiento anarquista deliberó sobre el problema. Le dedicarían aún varios meses, sin encontrarle solución…

…en los dos meses que duraron estas discusiones se agotó el impulso de la revolución.” ( Manuel Benavides).

 

 

 

“Cuesta creer que Barcelona sea la capital de una región donde reina la guerra civil. Quien haya conocido Barcelona en tiempos de paz, no tiene la impresión, al bajar de la estación, de que haya cambiado mucho. Las formalidades fronterizas se cumplen en Port-Bou; se sale de la estación de la capital como un turista cualquiera; se deambula por sus alegres calles y pacíficas en apariencia. Los cafés están abiertos, aunque hay menos gente que de costumbre, lo mismo ocurre con los negocios. Al dinero sigue representando el mismo papel de siempre. Si hubiese más policías y menos muchachos que se pasean por allí con sus fusiles, se diría que no pasa nada. Hay que acostumbrarse a la idea de que aquí se ha producido una auténtica revolución y que se vive realmente en uno de esos periodos históricos sobre los cuales se ha leído en los libros y se sueña en la niñez; 1792, 1871, 1917. ¡Ojalá los resultados sean más felices!

Nada ha cambiado, en efecto, con una excepción: el poder pertenece al pueblo. Los hombres de mono azul han asumido el mando. Ha comenzado una época extraordinaria, una de esas épocas que no han durado mucho hasta ahora, en las cuales los que siempre han obedecido toman todo a su cargo. Es evidente que esto no ocurre sin dificultades. Cuando se ponen fusiles cargados en las manos de chicos de diecisiete años en medio de una población desarmada…” (Simone Weil)

 

 

“Había viajado a España con el proyecto de escribir artículos periodísticos, pero ingresé en la milicia casi de inmediato, porque en esa época y en esa atmósfera parecía ser la única actitud concebible. Los anarquistas seguían manteniendo el control virtual de Cataluña, y la revolución estaba aún en pleno apogeo. A quien se encontrara allí desde el comienzo probablemente le parecería, incluso en diciembre o en enero, que el periodo revolucionario estaba tocando a su fin; pero viniendo directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelona resultaba sorprendente e irresistible. Por primera vez en mi vida me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios, cualesquiera que fuese su tamaño, estaban en manos de los trabajadores y cubiertos con banderas rojas o con la bandera roja y negra de los anarquistas; las paredes ostentaban la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes, quemadas. Por todas partes, cuadrillas de obreros se dedicaban sistemáticamente a demoler iglesias. En toda tienda y en todo café se veían letreros que proclamaban su nueva condición de servicios socializados; hasta los limpiabotas habían sido colectivizados y sus cajas estaban pintadas de rojo y negro. Camareros y dependientes miraban al cliente cara a cara y lo trataban como a un igual. Las formas serviles e incluso ceremoniosas del lenguaje habían desaparecido. Nadie decía señor, o don y tampoco usted; todos se trataban de “camarada” y “tú”, y decían ¡salud! En lugar de buenos días. La ley prohibía dar propinas desde la época de Primo de Rivera; tuve mi primera experiencia al recibir un sermón del gerente de un hotel por tratar de dársela a un ascensorista. No quedaban automóviles privados, pues habían sido requisados, y los tranvías y taxis, además de buena parte del trasporte restante, ostentaban los colores rojo y negro. En todas partes había murales revolucionarios que lanzaban sus llamaradas en límpidos rojos y azules, frente a los cuales los pocos carteles de propaganda restantes semejaban manchas de barro. A lo largo de las Ramblas, la amplia arteria central de la ciudad constantemente transitada por una muchedumbre, los altavoces hacían sonar canciones revolucionarias durante todo el día y hasta muy avanzada la noche. El aspecto de la muchedumbre era lo que más extrañeza me causaba. Parecía una ciudad en la que las clases adineradas habían dejado de existir. Con la excepción de un escaso número de mujeres y de extranjeros, no había gente “bien vestida”; casi todo el mundo llevaba tosca ropa de trabajo, o bien monos azules o alguna variante del uniforme miliciano. Ello resultaba extraño y conmovedor. En todo esto había mucho que yo no comprendía y que, en cierto sentido, incluso no me gustaba, pero reconocí de inmediato la existencia de un estado de cosas por el que valía la pena luchar…

…Por encima de todo, existía fe en la revolución y en el futuro, un sentimiento de haber entrado de pronto en una era de igualdad y libertad. Los seres humanos trataban de comportarse como seres humanos y no como engranajes de la máquina capitalista. En las barberías (los barberos eran en su mayoría anarquistas) había letreros donde se explicaba solemnemente que los barberos ya no eran esclavos. En las calles carteles llamativos aconsejaban a las prostitutas cambiar de profesión…”

(G. Orwell)

 

 

Los textos han sido extraídos de Hans Magnus  Enzensberger “El corto verano de la anarquía” y George Orwell “Homenaje a Cataluña”.