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Recientemente,
durante una exposición de fotografía en el Paraninfo de la Universidad
de Antioquia, pude observar el acelerado crecimiento urbano de
Medellín. Las fotografías registraban la construcción de la ciudadela
universitaria en 1972, y alrededor extensos sectores verdes, los
mismos a los que hoy no les cabe un ladrillo más. En una de esas
lomas, en la zona de Castilla, estaba mi casa materna.
Recuerdo esa casa, no sé si por mi condición de niño o por la
libertad que se respiraba, como un espacio grande e iluminado
que rodeaba un gran solar donde, a la par con la maleza y las
enredaderas de cidra y estropajo, germinaban y se explayaban mis
fantasías de niño homosexual. Cuando el mayor de los 15 hijos
hombres decidió organizar su propia familia, le cedieron el terreno
adjunto para hacer su casa. En convite todos los demás hermanos
y mi mamá, colaboramos en la construcción; y en las noches, mientras
saboreábamos el último tinto, discutíamos - bueno discutían los
mayores -, sobre lo bien o mal que iba quedando la edificación.
Desde allí entendí que en todo proceso de construcción, incluso
el de la identidad, propios y ajenos se preocupan más por lamentar
lo que no se hizo o por resaltar los errores, que por reconocer
los avances.
Por estos controvertidos días de junio y julio, los gays y lesbianas
de muchos países celebran el día del orgullo homosexual y no faltan,
por supuesto, los comentarios en contra como el recientemente
emitido por Su Santidad el Papa. En muy buenos términos el jerarca
católico no condenó realmente la homosexualidad, sino los actos
homosexuales. Intuyo que el Santo Padre, como muchos de nuestros
coterráneos, se dejo asustar por las siliconas, las plumas y demás
ornamentos que los medios de comunicación en todo su derecho,
muestran como la parte atractiva de las marchas.
Creo que
es este tipo de actos a los que el octogenario jerarca se refiere,
y no, por supuesto, a aquellos que tienen que ver con las actividades
alternas, en las que se involucra cultura, prevención y participación
política.
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Mas alla de las marchas vistosas, hay otros actos homosexuales donde
se cuestionan, por ejemplo, regímenes totalitarios y dañinos como
el de Pinochet, que él, su Santidad, avaló en su momento; intervencionismos
que, con la complicidad de la Iglesia, acabaron o pretenden acabar
con cualquier régimen contrario; la libre decisión de las mujeres
sobre su cuerpo, que incluye el aborto en casos en que peligre su
salud o su integridad y que con la idea papal antifeminista de mujeres
vírgenes, santas y sumisas, jamás el jerarca logrará entender. Desde
estos espacios se trata, además, de construir una identidad por
fuera de la exclusivamente sexual a que nos condenó la historia;
historia de la que Iglesia y Papas como Juan Pablo II, en su concepción
de que pecado es todo lo distinto y no oficial, son artífices y
multiplicadores.
Que bueno sería que la jerarquía católica dejara de preocuparse
por apariciones virginales, cuyas revelaciones de bobadas dejan
muy mal parada, aunque muy cercana a la concepción tradicional de
mujer, a la madre de Cristo; y se preocuparan más por tratar de
ayudar a los grupos marginales que luchan por un espacio de discusión
y acción en este mundo absurdo de mercado. El catolicismo no puede,
por un lado, andar pidiendo perdón por algunos actos de la
Iglesia, como el del holocausto judío, y por el otro dando
razones a grupos neo-faschistas, neo-nazis, para que persigan y
maltraten a minorías y personas diferentes.
No todos los actos de un grupo en los que la identidad es aún amorfa,
deben sernos gratos. De ahí que los amigos gays y lesbianas que
dicen no sentirse representados en este tipo de marchas, actúen
para que esta imagen carnavalesca no sea la única que se muestre.
Incluyo aquí a muchos de nuestros iguales, quienes nos observan
temerosos, tras las santas arzobispales cortinas del Vaticano.
Julio
de 2000
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