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Durante
la ceremonia de despedida hacia Yarumal de los restos mortales
de Epifanio Mejía, el creador del himno Antioqueño, me fue inevitable
volver al pasado. Fue un acto majestuoso que, a la par con las
reminiscencias y con el escozor que me causa escuchar un himno
que aprendí antes que a caminar en la vida; me hizo pensar en
los tantos rayones mentales que nos dejan, aveces, las enseñanzas
de los mayores. Algunas cargadas de odios e intolerancia hacia
los llamados otros. Otras clases sociales, otras etnias,
otras religiones, otros grupos políticos, y por supuesto, hacia
los otros, como se consideran los homosexuales.
Lo que se hereda no se hurta - decían también los abuelos - y
estos principios se siguen transmitiendo de generación en generación
hasta que, tarde o temprano, germinan en alguna mente enferma.
Así, por estos días, se debate en las cortes norteamericanas:
los llamados crímenes de odio. Asesinatos que se cometen
sin más razón que la de sentir, por costumbre, por principio,
o por tradición, que el otro u otra no nos gustan y que deben,
por tanto, desaparecer. Uno de esos odios rondó mi infancia: el
odio hacia los policías o tombos como los llamábamos.
Mate un tombo y reclame un yoyo, decían en las calles,
y aunque lo del yoyo, nunca fue verdad; cuando nació allí la primera
banda de sicarios de Medellín, Los Magníficos, por
cada policía se pagaron entre dos y cinco millones de pesos. Una
manera fácil de cosechar, a punta de dinero, lo que otros con
sus principios y sus comentarios irresponsables, sembraron en
los menores. Aunque no comparto ningún tipo de democracia militarista
sostenida por la fuerza de las armas, provengan de donde provengan
y sea cual sea su fin; me alegra saber que las cosas en el barrio
son ahora distintas. Ayudo en este cambio de actitud, la
desaparición del DOC, un grupo armado al servicio de la alcaldía
y persecutor acérrimo de gays y de todo lo que sonara a diferente,
y la llamada humanización de las tropas.
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Pero la crisis económica y social que vive Colombia, esta permitiendo
que, al igual que los narcos en épocas pasadas, los actores del
conflicto armado capitalicen hoy, los odios juveniles para sacarles
provecho. Pagar a los jóvenes por la muerte de sus adversarios,
constituye otra clara forma de incorporar civiles al conflicto armado
y de acrecentar la crisis social de los sectores más pobres. Estos
grupos juveniles de limpieza, a favor de uno u otro bando, nos estan
dejando además, sin espacios civilistas para la discusión.
Espacios de no-agresión donde poder debatir, sin radicalismo y sin
uniformes; las ideas y los puntos de vista, y donde se admita que
el otro u otra también tienen su razón y su verdad.
Los registros
noticiosos dan cuenta por estos días, de un retroceso hacia los
llamados tiempos de la violencia actos de barbarie en
los que el odio hacia el adversario va más allá de su muerte; se
juguetea con su cadáver y se enseña a odiar su memoria por el resto
de los días. Lo anterior, sumado al incremento de las barras bravas
en los estadios colombianos, y al renacimiento del caudillismo político
de unos partidos sin nada que ofrecer, nos coloca en contravía con
la intensión global de combatir la barbarie y los crímenes de odio.
En Colombia, nos estamos matando por costumbre y por tradición.
Nos olvidamos de que bajo cada uniforme y tras de cada ideología,
color de piel u opción sexual, hay tan solo un colombiano más. Posiblemente
esta manera de mirar y de pensar al otro u otra, no nos haga vencedores
en la guerra, pero si evita, que por fuera del campo de batalla,
acabemos con él sin mas razón que la de nuestro odio; o peor aún,
con el odio con el que nos adiestraron. Si la guerra es entre ellos
y sus ideas, porque no respetan nuestra posición no guerrerista
y de convivencia, y nos dejan crearnos nuestros propios puntos de
vista y nuestra propia forma de buscar el cambio. No se entiende
como, mientras en Europa y Estados Unidos se lucha por evitar los
crímenes de odio, aquí los diversos sectores los siguen incentivando.
Agosto
de 2000
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