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MARICADAS QUE UNO PIENSA
Crímenes de odio
 
Manuel José Bermúdez Andrade
ciudadano gay de Medellín
Matándonos por costumbre y por tradición

 

"la crisis económica y social que vive Colombia, esta permitiendo que, al igual que los narcos en épocas pasadas, los actuales actores del conflicto armado capitalicen los odios juveniles para sacarles provecho"

www.manuelbermudez.es.vg

Durante la ceremonia de despedida hacia Yarumal de los restos mortales de Epifanio Mejía, el creador del himno Antioqueño, me fue inevitable volver al pasado. Fue un acto majestuoso que, a la par con las reminiscencias y con el escozor que me causa escuchar un himno que aprendí antes que a caminar en la vida; me hizo pensar en los tantos rayones mentales que nos dejan, aveces, las enseñanzas de los mayores. Algunas cargadas de odios e intolerancia hacia los llamados “otros”. Otras clases sociales, otras etnias, otras religiones, otros grupos políticos, y por supuesto, hacia “los otros”, como se consideran los homosexuales.
Lo que se hereda no se hurta - decían también los abuelos - y estos principios se siguen transmitiendo de generación en generación hasta que, tarde o temprano, germinan en alguna mente enferma. Así, por estos días, se debate en las cortes norteamericanas: los llamados “crímenes de odio”. Asesinatos que se cometen sin más razón que la de sentir, por costumbre, por principio, o por tradición, que el otro u otra no nos gustan y que deben, por tanto, desaparecer. Uno de esos odios rondó mi infancia: el odio hacia los policías o “tombos” como los llamábamos.
Mate un “tombo” y reclame un yoyo, decían en las calles, y aunque lo del yoyo, nunca fue verdad; cuando nació allí la primera banda de sicarios de Medellín, “Los Magníficos”, por cada policía se pagaron entre dos y cinco millones de pesos. Una manera fácil de cosechar, a punta de dinero, lo que otros con sus principios y sus comentarios irresponsables, sembraron en los menores. Aunque no comparto ningún tipo de democracia militarista sostenida por la fuerza de las armas, provengan de donde provengan y sea cual sea su fin; me alegra saber que las cosas en el barrio son ahora distintas. Ayudo en este cambio  de actitud, la desaparición del DOC, un grupo armado al servicio de la alcaldía y persecutor acérrimo de gays y de todo lo que sonara a diferente, y la llamada humanización de las tropas.


Pero la crisis económica y social que vive Colombia, esta permitiendo que, al igual que los narcos en épocas pasadas, los actores del conflicto armado capitalicen hoy, los odios juveniles para sacarles provecho. Pagar a los jóvenes por la muerte de sus adversarios, constituye otra clara forma de incorporar civiles al conflicto armado y de acrecentar la crisis social de los sectores más pobres. Estos grupos juveniles de limpieza, a favor de uno u otro bando, nos estan dejando además, sin espacios civilistas para la  discusión. Espacios de no-agresión donde poder debatir, sin radicalismo y sin uniformes; las ideas y los puntos de vista, y donde se admita que el otro u otra también tienen su razón y su verdad.
Los registros noticiosos dan cuenta por estos días, de un retroceso hacia los llamados “tiempos de la violencia” actos de barbarie en los que el odio hacia el adversario va más allá de su muerte; se juguetea con su cadáver y se enseña a odiar su memoria por el resto de los días. Lo anterior, sumado al incremento de las barras bravas en los estadios colombianos, y al renacimiento del caudillismo político de unos partidos sin nada que ofrecer, nos coloca en contravía con la intensión global de combatir la barbarie y los crímenes de odio.
En Colombia, nos estamos matando por costumbre y por tradición. Nos olvidamos de que bajo cada uniforme y tras de cada ideología, color de piel u opción sexual, hay tan solo un colombiano más. Posiblemente esta manera de mirar y de pensar al otro u otra, no nos haga vencedores en la guerra, pero si evita, que por fuera del campo de batalla, acabemos con él sin mas razón que la de nuestro odio; o peor aún, con el odio con el que nos adiestraron. Si la guerra es entre ellos y sus ideas, porque no respetan nuestra posición no guerrerista y de convivencia, y nos dejan crearnos nuestros propios puntos de vista y nuestra propia forma de buscar el cambio. No se entiende como, mientras en Europa y Estados Unidos se lucha por evitar los crímenes de odio, aquí los diversos sectores los siguen incentivando.
Agosto de 2000

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