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Mi
matrimonio con otro hombre, ha causado gran revuelo entre los
medios de comunicación y la opinión publica. Periodistas y medios
de todo tipo nos han abordado para indagar o specular sobre los
por menores de la boda. Desde periódicos ultra conservadores como
El Colombiano de Medellín - cuya periodista, por cierto, se atrevió
a preguntarme cuál de los dos era el hombre y cuál la mujer. Prefiero
no hacerle comentarios a tan prestigiosa colega, para no pecar
de ofensivo- hasta los diarios amarillistas, tuvieron que ver
con el hecho. Entre mis cercanos compañeros de trabajo y de lucha,
precisamente la publicación del diario el Espacio fue, según ellos,
denigrante. Lleva a extremos innecesarios y demasiado gráficos
la realidad de las relaciones homosexuales, dijeron. En
cambio, Alejandro y yo, los directamente implicados, vemos la
publicación como un halago. Como una forma menos elegante
de ver las cosas.
La historia del país, menos mal, no solo la escriben los intelectuales
serios y bien cuidados en el lenguaje, sino muchos otros con ojos
de realidad. Personas, personajes y periodistas que no tratan
de esconderla tras el espejismos de la gran ciudad, de la cultura
y de los servicios
públicos intachables. Por estos días y de manera inexplicable,
por ejemplo, el gran debate lo arma Germán Santamaría, un excelente
periodista de grandes ligas, a quien desafortunamente, pareciera
que su trabajo en Dinners, una revista de elites, le hizo olvidar
que este país es mucho más que la zona rosa Bogotana, que el parque
Lleras del Poblado en Medellín, y que los grandes centros de negocios
y de comercio. Un mal de vereda, le llamamos nosotros los incultos
del lenguaje, por el que a los periodistas los hacen los intereses
del medio y del grupo para el que trabajan y no la verdad
de afuera, la de las calles. Lo que se muestra de Medellín en
La Virgen de los Sicarios, con toda seguridad nunca lo verán los
comunicadores que para sus informes visitan la ciudad de los grandes
hoteles, la de los centros comerciales, y la de las casas de moda.
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La otra ciudad menos reluciente y más conflictuada, la habitan viven
y sobre viven, más del ochenta por ciento de los paisas. Una ciudad
de anocheceres de estrellas que pareciera rodaran por los cerros,
pero que incuban la miseria, el abandono y la desesperanza ante
la vida. Esa Medellín en donde a los desalojados de ciudad Botero,
del maravilloso centro y de la mirada de los gobernantes locales,
les ha tocado improvisar tiendas cada dos casas para comercializar
lo único que tienen, sus tristezas. Esa ciudad, que siempre ha
existido y que un
día el diario El Espectador, cuando escribía por intereses sociales
y no económicos, develo al mundo llamándola la Medellín de las comunas.
Posiblemente a los amigos de los espejos relucientes, de la imagen
y de las apariencias, les convenga más esa otra ciudad en la que
no pasa nada. Esa gran urbe que sigue eligiendo y reeligiendo gobernantes
excelentes relacionistas públicos y manejadores de imagen. Sinembargo,
a los Medellinences de los cerros y de la calle, les hace mucho
bien que de vez en cuando se filtren verdades como la de La Vendedora
de Rosas de Gaviría, o la de La Virgen de los Sicarios de Vallejo.
Las duras verdades, dichas sin maquillaje, lastiman lo más profundo
de la sociedad ficticia. Esas gentes, a la que no se les esta acabando
el país, sino a quienes el conflicto armado les dificultad salir
de vacaciones o a veranear en sus fincas de las afueras. Una sociedad
confesional, a quienes católicos y cristianos les sigue haciendo
creer que la virgen se aparece para decir tonterías, que los maricas
somos antinaturales y no estamos dentro de los planes de dios con
esos planes menos mal - y que los paisas debemos seguir viviendo
de ilusiones y de espaldas a nuestras verdades.
Gracias a dios y a las santísimas vírgenes, en Medellín y en Colombia,
los y las homosexuales contamos con referentes contestatarios e
irreverentes, es decir inteligentes, como Fernando Vallejo, para
continuar dándole la cara a la vida.
Octubre
de 2000
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