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A
propósito de la reaparición de Pablo Escobar Gaviria como noticia
y de su vinculación con el gobierno Fujimori, Asunto que por demás,
y a pesar de ser hoy novedad para Colombia y el mundo, era ya
chisme corrido en Medellín desde hace varios años, recuerdo la
época en que este personaje paisa recorría los barrios en campaña
electoral. Le conocí durante una sancochada de barrio
y me llamó la atención su particular forma, irreverente, contestataria
y un tanto ingenua, de hacer política. Luego se descubrió, por
supuesto, que no había tal ingenuidad y que su interés era generarle
status político a su negocio de las drogas, lo que otras muchas
mafias en el país ya han logrado con sus productos y servicios.
Escobar Gaviria, es uno de esos personajes medio míticos, que
para el resto del país y del planeta jamás tendrá la connotación
que para nosotros los medellínences. Odios viscerales o enamoramientos
apasionados nos genera su fantasma, pero pocas veces, muy pocas,
razones de análisis como las que hacen a menudo los medios de
comunicación nacionales e internacionales, o los especialistas
en asuntos sociales o económicos. Lo único real en cuanto a economía
se refiere,es que aquí la droga, que en ese entonces no se aspiraba
en las calles, se respiraba en la bonanza y el confort extravagante
en que vivíamos. En especial la bonanza en los sectores populares,
que por primera vez se sentían participes de la vida en la gran
ciudad.
Si Pablo se lanza de presidente, votamos por él -
se rumoraba a grandes voces en todos los rincones- ese man
no solo se le enfrenta a los gringos, sino que acaba con los politiqueros
y pone al pueblo a vivir como ricos.
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Con semejantes augurios, hasta yo votaría por Pablo para presidente
de Colombia. Un autentico líder de la revolución.
Sin embargo algo muy en claro nos deja la historia, incluido aquí
al capo de capos, reivindicaciones políticas e interés económicos
particulares, juntos son mal presagio; la plata daña las buenas
intensiones.
El rumor de una narco democracia en Colombia, hizo que los ilustres
de la patria se rasgaran las
vestiduras. Pero es evidente que al país, en ese entonces y ahora,
lo sigue sosteniendo el trafico de droga. Narcoguerrillas, Narcoparamilitares
y plan Colombia para combatir las drogas, nos dejan en claro que
aquí las reivindicaciones políticas y sociales ya no existen. Unos
y otros se enfrascaron en una lucha por proteger su negocio y nos
dejaron a nosotros, los llamados civiles, en medio de su conflicto
de intereses y sin ninguna alternativa.
Por proteger su imperio, Escobar Gaviria se enfrasco en una guerra
en la que acabo, en pocos meses, con todas las bondades que le había
entregado a su pueblo. Será acaso que guerrillas y autodefenzas
estarán en capacidad de decirle adiós al fructífero negocio de las
drogas y retomar sus tan pregonados intereses sociales. O en la
eventualidad de que por estos medios lleguen al poder, ya sin seguidores
voluntarios, ni ideología, impondrán un régimen militarista en el
que todos y todas seamos socios de su empresa. Un bello país en
el que los rangos se midan por la capacidad de cultivar, procesar
y exportar coca a todos los rincones de la tierra. En semejantes
circunstancias y ante tan promisorio futuro, lastima que Pablo no
este vivo, pues en futuras elecciones y a sabiendas del increíble
manejo que hizo de su negocio, yo también votaría por él.
Noviembre
de 2000
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