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Querencias
y recuerdos de todos los calibres se nos remueven con el clima
propio de navidad y año nuevo. El fin del dos mil tuvo un sentido
especial para mí, por tratarse de la primera navidad en familia
después de mucho tiempo. Aunque valoro mucho mi parentela, no
soy de celebraciones o reuniones tipo ritual colectivo, pero en
casa de Jhon Alejandro, el hombre con quien me casé el 3 de noviembre
pasado, en cambio, sí es costumbre que todos se reúnan por estas
fechas. Asistimos, pues, a la cena de rigor, a sabiendas de que
seríamos el centro de atracción, el nuevo tema para los comentarios
y para los cuchicheos. Sin embargo, me sorprendió la familiaridad
y la naturalidad con que todos y cada uno de los miembros de su
tribu nos acogieron - incluyendo a los católicos abuelos-. Sin
comentarios de doble sentido, muy frecuentes en estos casos, ni
vocecitas afectadas, inquirieron por nuestra suerte matrimonial
y nisiquiera los más pequeños vieron con morbo nuestras cogiditas
de mano o las frases de cariño que nos prodigábamos. Pensé, entonces,
en el gran número de maricas y lesbianas que, por temor al rechazo
o a la burla, se privan de manifestar afecto a su pareja en público
y de incorporarles a la dinámica familiar.
Por naturaleza o por azar, a la mayoría de los y las homosexuales
se les reprime la posibilidad de expresar afecto. Si se trata
de la pareja, lo ven como un exhibicionismo de mal gusto que agrede
a los castos ojos de los y las heterosexuales tradicionalistas.
Y si se trata de amigos, primos o aun hermanos, lo ven con la
suficiente malicia como para hacernos sentir culpables. Y ni qué
decir de nuestras caricias a los menores de edad: temen que lleven
implícitos corrupción y deseo.
Tomado de la mano de Alejandro, con la misma frescura con que
sus tíos estrechaban la de sus esposas, recordaba precisamente
aquellas épocas de escuela en que me enamoré del primer hombre
- bueno del primer niño - y que su mamá lo hizo retirar de mi
lado por temor a que se lo contaminara de mariconería. A esa edad,
escasos siete años, mis fantasías no me alcanzaban aún para imaginar
los placeres de la carne que con tanto apremio trataba de negarme
la Santa Madre Iglesia en los sermones del domingo. Lo mío era
un sublime enamoramiento. La admiración por un angelito
cuyo rostro y sonrisa me elevaban al más puro y sacro de los recintos
celestiales. Un beso era lo máximo que soñaba, de eso tenía referencia
en las telenovelas, pero más allá aun, desgraciadamente, no volaba
mi imaginación infantil.
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La cultura de machos y de mujercitas de porcelana en que nos criaron,
dejó en nosotros, especialmente en los y las homosexuales, un gran
vació de afecto. Afecto que las mamás y los papás, por temor a incrementarnos
la maricada, cuando se sospechan que lo somos, nos niegan. Como
si el desamor nos hiciera menos maricas.
Lo más grave de esa entremezcla de culpa y deseo con que se cría
a gays y lesbianas, es que en la adolescencia o en la pubertad nos
conduce a la grave tragedia de terminar en las manos utilitaristas
de todo el que así lo quiera. A convertirnos en laboratorio sexual
de pedófilos, pervertidos, culposos o pastores de las tantas iglesias.
Claro está, que algunos sabemos sacarle provecho.
Afecto, público y limpio afecto, es la real falencia que nos lanza
hacia los abismos de la superficialidad y nos torna, con el tiempo,
en indiferentes frente al dolor ajeno. Como máquinas reproducimos
el esquema de aquellos que ilusionan y luego destrozan los sueños
y las fantasías convirtiéndolas sólo en roces de genitalidad. Vampiros
que consumen la carne humana, pero que sufren la negación eterna
del amar y del placer de proyectarse y edificar en el otro u otra.
Necesidad de afecto que es aprovechada además por algunos grupos
de apoyo o por religiosos mañosos. Redes en las que ilusamente caen
los y las jóvenes con la intención de crecer, o de buscar una salida
a su condición asocial de homosexuales, pero que terminan sumando
una decepción más.
Los hombres y las mujeres homosexuales debemos propiciar espacios
y decidirnos a disfrutar del placer del afecto en familia y sin
temores. Dejar de ser maricas y decidirnos a educarnos, y a educar
a gays, lesbianas y familias cercanas para que vean con naturalidad
nuestras manifestaciones de afecto.
Es posible que padres, madres, maestros y maestras en el futuro,
se preocupen más por incentivar el afecto, que por la regla heterosexista
y falocrática que propone e impone la cultura. Que nos permitan
enamorarnos de quien está a nuestro lado. Un beneficio no solo para
niños y niñas homosexuales, sino para todos los hombres y mujeres
que necesita Colombia donde unos cuantos resentidos y resentidas
de hoy prefieren negarse la capacidad de amar, de desear e incluso
de envidiar los bienes ajenos, y terminan ideándose formas de torpedear
la prosperidad del otro, de aniquilar a quienes nos rodean. Feliz
2001.
Enero de 2001
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