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MARICADAS QUE UNO PIENSA
Red de afectos
 
Manuel José Bermúdez Andrade
ciudadano gay de Medellín
No me privaré de consentirte en público

 

"La cultura dejó en nosotros, especialmente en los y las homosexuales, un gran vació de afecto. El mismo que mamás y papás, por temor a incrementarnos la maricada, nos niegan. Como si el desamor nos hiciera menos maricas."   

www.manuelbermudez.es.vg

Querencias y recuerdos de todos los calibres se nos remueven con el clima propio de navidad y año nuevo. El fin del dos mil tuvo un sentido especial para mí, por tratarse de la primera navidad en familia después de mucho tiempo. Aunque valoro mucho mi parentela, no soy de celebraciones o reuniones tipo ritual colectivo, pero en casa de Jhon Alejandro, el hombre con quien me casé el 3 de noviembre pasado, en cambio, sí es costumbre que todos se reúnan por estas fechas. Asistimos, pues, a la cena de rigor, a sabiendas de que seríamos el centro de atracción, el nuevo tema para los comentarios y para los cuchicheos. Sin embargo, me sorprendió la familiaridad y la naturalidad con que todos y cada uno de los miembros de su tribu nos acogieron - incluyendo a los católicos abuelos-. Sin comentarios de doble sentido, muy frecuentes en estos casos, ni vocecitas afectadas, inquirieron por nuestra suerte matrimonial y nisiquiera los más pequeños vieron con morbo nuestras cogiditas de mano o las frases de cariño que nos prodigábamos. Pensé, entonces, en el gran número de maricas y lesbianas que, por temor al rechazo o a la burla, se privan de manifestar afecto a su pareja en público y de incorporarles a la dinámica familiar.
Por naturaleza o por azar, a la mayoría de los y las homosexuales se les reprime la posibilidad de expresar afecto. Si se trata de la pareja, lo ven como un exhibicionismo de mal gusto que agrede a los castos ojos de los y las heterosexuales tradicionalistas. Y si se trata de amigos, primos o aun hermanos, lo ven con la suficiente malicia como para hacernos sentir culpables. Y ni qué decir de nuestras caricias a los menores de edad: temen que lleven implícitos corrupción y deseo.
Tomado de la mano de Alejandro, con la misma frescura con que sus tíos estrechaban la de sus esposas, recordaba precisamente aquellas épocas de escuela en que me enamoré del primer hombre - bueno del primer niño - y que su mamá lo hizo retirar de mi lado por temor a que se lo contaminara de mariconería. A esa edad, escasos siete años, mis fantasías no me alcanzaban aún para imaginar los placeres de la carne que con tanto apremio trataba de negarme la Santa Madre Iglesia en los sermones del domingo. Lo mío era un sublime  enamoramiento. La admiración por un angelito cuyo rostro y sonrisa me elevaban al más puro y sacro de los recintos celestiales. Un beso era lo máximo que soñaba, de eso tenía referencia en las telenovelas, pero más allá aun, desgraciadamente, no volaba mi imaginación infantil.


La cultura de machos y de mujercitas de porcelana en que nos criaron, dejó en nosotros, especialmente en los y las homosexuales, un gran vació de afecto. Afecto que las mamás y los papás, por temor a incrementarnos la maricada, cuando se sospechan que lo somos, nos niegan. Como si el desamor nos hiciera menos maricas.
Lo más grave de esa entremezcla de culpa y deseo con que se cría a gays y lesbianas, es que en la adolescencia o en la pubertad nos conduce a la grave tragedia de terminar en las manos utilitaristas de todo el que así lo quiera. A convertirnos en laboratorio sexual de pedófilos, pervertidos, culposos o pastores de las tantas iglesias. Claro está, que algunos sabemos sacarle provecho.
Afecto, público y limpio afecto, es la real falencia que nos lanza hacia los abismos de la superficialidad y nos torna, con el tiempo, en indiferentes frente al dolor ajeno. Como máquinas reproducimos el esquema de aquellos que ilusionan y luego destrozan los sueños y las fantasías convirtiéndolas sólo en roces de genitalidad. Vampiros que consumen la carne humana, pero que sufren la negación eterna del amar y del placer de proyectarse y edificar en el otro u otra. Necesidad de afecto que es aprovechada además por algunos grupos de apoyo o por religiosos mañosos. Redes en las que ilusamente caen los y las jóvenes con la intención de crecer, o de buscar una salida a su condición asocial de homosexuales, pero que terminan sumando una decepción más.
Los hombres y las mujeres homosexuales debemos propiciar espacios y decidirnos a disfrutar del placer del afecto en familia y sin temores. Dejar de ser maricas y decidirnos a educarnos, y a educar a gays, lesbianas y familias cercanas para que vean con naturalidad nuestras manifestaciones de afecto.
Es posible que padres, madres, maestros y maestras en el futuro, se preocupen más por incentivar el afecto, que por la regla heterosexista y falocrática que propone e impone la cultura. Que nos permitan enamorarnos de quien está a nuestro lado. Un beneficio no solo para niños y niñas homosexuales, sino para todos los hombres y mujeres que necesita Colombia donde unos cuantos resentidos y resentidas de hoy prefieren negarse la capacidad de amar, de desear e incluso de envidiar los bienes ajenos, y terminan ideándose formas de torpedear la prosperidad del otro, de aniquilar a quienes nos rodean. Feliz 2001
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Enero de 2001

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