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Durante
mí más reciente trabajo de realización en A Ciencia Cierta
- programa de divulgación científica que hago para la Universidad
de Antioquia - grabamos en uno de los cementerios de la ciudad,
muy cerca de las tumbas de muchos de mis jóvenes vecinos de barrio
y del sitio donde vi, por última vez la cara de mi hermano Darío,
asesinado como la gran mayoría en este país por la más absurda
de todas las razones: Desaparecer a quien no comparte mis ideas.
Mientras la complejidad del universo que habitamos nos demuestra
cada vez de manera más asombrosa cuan diversa e infinita es la
materia viva. Los colombianos nos enfrascamos en demostrarle lo
contrario. Pesa más para nosotros el rencor por lo que fue, o
por lo que no pudo ser, que la realidad de que habitamos el segundo
país más rico en biodiversidad en el mundo.
En este país y a través de la historia, nos venimos matando por
asuntos de tierra o de lealtades, mientras podríamos ofrecer al
resto del planeta una despensa vital para el progreso del hombre.
Llenamos con masacres, bombas, y toda serie de desesperanzas la
vida y los titulares noticiosos en el mundo, con una irresponsabilidad
pasmosa. Al parecer no tenemos ojos sino para nuestro propio egoísmo.
El mundo es otra cosa que acontece allá afuera, y que
no nos compete.
Desde los
estados unidos una señora de esas que prefiere vivir el país desde
lejos, se lamentaba vía teléfono a una de las emisoras matutinas
de fm de que en Colombia se perdieron los principios. Esa misma
señora, dos segundos después le pedía al presidente Pastrana que
recordara a cada uno de los colombianos muertos antes de reestablecer
la mesa de dialogo con la guerrilla. Ellos nos han hecho
mucho daño decía - y debemos responderles de la misma forma,
a punta de bala Minutos mas tarde, la emisora de fm entrevistaba
al Dr.
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Patarroyo investigador de la vacuna sintética contra la malaria
quien expresaba la necesidad de paz; de tal manera que se
pudiera seguir investigando y trabajando en las selvas colombianas
a favor de la humanidad.
Pareciera que muchos de nuestros compatriotas no entendieran, que
la necesidad de paz en el país va más allá de los asuntos de conveniencia
o no para algunas familias, grupos o personalidades. Lo nuestro
también es un compromiso con la vida en el planeta. Con la guerra,
además de vidas perdidas en combate, se están perdiendo potencialidades
científicas e intelectuales. Posibilidades creativas para la dinámica
mundial de ciencia y tecnología con las que se busca hacer cada
vez mejor nuestro habitar el planeta tierra.
Las mafias políticas, familiares, o militares sea cual sea
su denominación no pueden seguir desangrando al país en pos
de sus intereses o de sus venganzas personales. Total tantos años
de conflicto no les ha conducido a nada tangible, excepto mas guerra
y más violencia. No pueden los empresarios seguir sacando el capital,
dándole la espalda a quienes con su trabajo se lo ayudaron a construir.
Los empleados públicos y los políticos deberían pensar en que cada
robo a una institución es un robo a cada colombiano trabajador que
aporta impuestos.
Esos principios que la señora aclama desde el extranjero y por los
que hoy continuamos matándonos deberían extinguirse a totalidad.
Soy un martica de principios, he pregonado siempre respecto a mi
ser homosexual, pero entiendo que negociar con el contrario exige
ceder en parte nuestras pretensiones, escuchar y comprender los
otros puntos de vista. Y en algunas ocasiones, como ocurrió con
la muerte de mi hermano, es preferible hacernos definitivamente
los maricas, a razón de evitar mas tragedias. Los intereses personales
no pueden hacernos perder de vista la dinámica del universo.Febrero
de 2001
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