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Foucault, un hombre a cuyas elaboraciones intelectuales,
debe mucho la actual generación de gays y lesbianas, decía que
la diferencia de la fantasía erótica entre homosexuales y heterosexuales
está en que, estos últimos comienzan a fantasear y a manifestar
coquetamente todo tipo de cosas cuando la mujer va subiendo las
escaleras hacia el cuarto. Mientras que para los homosexuales
comienza cuando el otro parte en el taxi y nos acordamos que hemos
olvidado preguntarle el nombre.
Son muchas las ocasiones, en que me han preguntado si mi exagerada,
dicen ellos, promiscuidad obedece a que no creo en
el amor entre homosexuales. Que si es cierto el cuento aquel:
de que los maricas sólo nos comemos, pero no amamos.
No
hace mucho tiempo, la vida me dio la bella oportunidad de experimentar
durante cuatro largos años una experiencia
de pareja. Con él, mi hombrecito como le decía cariñosamente,
viví un bello romance en que primó la fantasía en medio de la
realidad.
Verlo despertar cada día a mi lado y esperarlo cada noche al regresar
del trabajo, con una improvisada cena romántica,
cumplía
mis sueños.
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Terminabamos
en nuestra cama abrazados y desnudos comentando por largos ratos
nuestro diario quehacer o cualquier tema de actualidad que nos hacía
crecer como persona. Aprendí de esta experiencia que el amor entre
gays si existe y que se puede construir familia con otro hombre.
Pero es indispensable, para la construcción de pareja, rescatar
o, mejor, elaborar lo que la cultura, con su condena, nos negó hace
siglos: La fantasía, el soñar con el otro. Desde lo clandestino
nos facilitaron el sexo, pero al mismo tiempo nos frustraron la
capacidad de soñar, de coquetear, de ser, a la luz de lo público
y sin temor.
Creo que todos anhelamos la posibilidad de tener una pareja y de
envejecer con ella. Pero mientras los heterosexuales desde la adolescencia
misma están pensando en como será su propio nicho, los gay seguimos
conservando estúpidamente la idea de que vinimos al mundo para cuidar
a los padres o para ser tíos dadivosos. Muchos héteros, realizados
y con sus propias familias siguen viendo por sus padres, lo uno
no imposibilita lo otro. Y si el temor es a que las cosas no funcionen,
somos nosotros en nuestra construcción mental quienes estamos negándonoss
posibilidades y siguiéndole el juego a la cultura retrograda.
Marzo de 1999
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