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MARICADAS QUE UNO PIENSA
Los desaparecidos
 
Manuel José Bermúdez Andrade
ciudadano gay de Medellín
"Lo prefiero muerto que marica"

 


"Habitas, como fantasma, espacios donde no existes y donde la soledad se va convirtiendo poco a poco en tu única compañía."    


www.manuelbermudez.es.vg

Morirse es en ocasiones más riesgoso que vivir. La muerte, o mejor la forma de morir, resulta un momento oportuno para aplicar a las personas la más cruel desaparición forzada: desaparecerlos de la memoria. No sólo ocurre con grandes personajes, también a la gente del común le basta la mala suerte de morir bajo el estigma del sida, la lepra, la extrema pobreza, la droga, el alcohol; o como ocurre con muchos de nosotros los maricas, asesinados en el lecho por un amante fortuito, para pasar de ser ciudadanos de primera a difuntos de tercera.
A como de lugar, los vivos -quienes ejecutan los rituales fúnebres- aplican al fallecido una valoración moralista que supera el sentido común, la razón e incluso la inteligencia. Cada muerto o muerta, en una escala de valores mucho más excluyente que la de los vivos, adquiere su respectivo estrato y con este la mirada buena o mala , si es tenido en cuenta, con que será visto a futuro. Las ideologías tambien entran en cuarentena hasta tanto se purifique, tal como sucede con las canonizaciones en la iglesia católica, la imagen del personaje.
El sector social quiza mayor afectado por esta inquisidora constumbre, son los y las homosexuales. Falderos de la madre, de la familia, de la cultura y de la iglesia, los y las maricas le hacen el juego a la censura moral y se arman de una doble cara. Doble vida que en ultimas fortalece cada vez mas la forma oscura y obscena como se ve a nuestra sexualidad, y que se contituye en una forma mas de permitir que la muerte nos siga desapareciendo, y a nuestros actos, de la faz de la tierra y de la memoria de los vivos. La disculpa mas escuchada y que sirve a su vez de auto-justificacion, es : “que necesidad tengo de herir a mi familia contándoles que soy marica o vih positivo”. Pero al final la vergüenza y las culpas son mayores cuando el velorio se llene de rumores : “ese marica murió de sida”, o “ese era un marica y lo mato un pelado por...” (los puntos suspensivos son para que la homofobia los llene a su imaginación) y cuando junto con el muerto se eche tierra al resto de sus seres queridos
No se trata de salir a gritar a los cuatro vientos nuestras intimidades, pero si de jugarle limpio a quiénes nos rodean, al tiempo que exigirles que se nos repete nuestro fuero personal, tal y como nosotros respetamos el de ellos. Como gay, bisexual, lesbiana o trasngenerista, puedo capacitarme para educar a quienes me rodean, en eso de ser homosexuales. Puedo acompañarlos para que entiendan o al menos convivan con mi forma de sexualidad y con los riesgos que la misma puede significar, de tal forma que tenga derecho a la legitima defenza al momento de enfrentar los comentarios malintesionados. Tambien estoy en mi derecho de hacerle el juego a las muerte previa o desaparicion forzosa, a facilitar las politicas oficiales de exclusion como los campos de concentración para homosexuales y vih positivos en Cuba - similares a Agua de Dios para los enfermos de lepra en Colombia, o a las nuevas leyes de las FARC, el ELN o las AUC en sus zonas de poder. También, puedo aislarme en güeto o como fantasma que habita sin habitar, la casa, el trabajo, la escuela o cualquier otro sitio de socialización, y que  limita sus manifestaciones afectivas o lúdicas a los encuentros fortuitos, a las borracheras en bares o discotecas o a los sitios clandestinos que nos proveen las grandes ciudades. A no ser nombrado en la oficialidad, la peor forma de exclusion y de muerte.


Los maricas -con mayor razon si se es vih positivo, negro, indígena o pobre-, podemos seguir siendo desaparecidos de las historias locales y familiares. Similar a lo ocurrido con León Zuleta -lider de los derechos humanos y de la lucha homosexual en Colombia-, a quien la Escuela Nacional Sindical, la Universidad de Antioquia y muchos de sus amigos, que usufructuraon su pensamiento, le echaron tierra por morir como un marica : de manos de un amante callejero. Uno de eso machitos bravos que a los gays tanto nos gustan y que nos hacen trasnochar en sitios como “los puentes” en Medellín, “calles de San Francisco” en Bogotá, y otros tantos lugares similares en el mundo.
Surge entonces un vacío evidente entre los múltiples manuales que en dos o tres pasos enseñan como solucionar los problemas de la vida; un manual para evitar que la dignidad se pierda al momento de morir. Pero mientras se elabora el cuadernillo, que seguramente llegará a bet seller, podemos revisar algunos casos en que desde la oficialidad se colabora a aquellos y aquellas que enfrentan una muerte indigna, matándoles socialmente, mediante aislamiento en espacios o pueblos diseñados para ello –Agua de Dios para los enfermos de lepra, o campos de concentración para los vih positivos en Cuba. Tambien la oficialidad familiar colabora echandole tierra a tu presencia y los recuerdo. Habitas, como fantasma, espacios donde no existes y donde la soledad se va convirtiendo poco a poco en tu única compañía.
En otros casos la muerte previa surge como una autodeterminación. Claro que provocada por la sentencia familiar : “te prefiero muerto que marica” y que en los homosexuales se convierte en: “te prefiero muerto que enfermo de sida” . La loca, entonces, para quien mamá y papá no pueden sufrir un desengaño.
La muerte, entonces, adquiere otras formas, aún previas al deceso mismo, muchas incluso, como en los casos de: Cuba para los portadores del vih-sida, o Agua de Dios para los leprosos, aplicadas desde la oficialidad. Es aquí donde uno logra entender aquella frase de “te prefiero muerto que marica” y que uno mal entendió imaginándose en medio de la sala con cuatro sirios al lado, pero que en la realidad se aplica cuando dejan de nombrarte, de tenerte en cuenta, o te obligan al aislamiento. Y quizá sin darte cuenta, un día la muerte te sorprende ya muerto en la soledad de un cuarto, de una ciudad o de una familia y la gloria de tus ideas o de tus actos termina reducida a unos cuantos y temerosos susurros cargados de vergüenza.
Muchos, como los que conforman güeto para entre llevar sus penas y enfermedades, o los que se sumergen en embriagueces, deciden con orgullo desaparecer antes que ser desaparecidos. O se aplican un auto exilio hacia ciudades y territorio donde serán desconocidos, estos últimos al menos serán nombrados, aunque con mentiras , por su familia –el tío murió en el exterior, de un problema cardiaco-, De ellos nunca se dirá: esa loca murió de sida o la mató un amante en su propio lecho. Porque, morirse amando y en el lecho no es muerte honrosa, es muerte de débiles, de mujeres, de maricas. Las verdaderas muertes deben ser en el campo de batalla, de lejos, llenas de odio, como los hombres.
Pero la historia cuando menos se piensa, desentierra, ya no la carroña convertida en polvo, sino la esencia -como el las mascaras de oro de los Faraones- y le permite que siga brillando, que permanezca viva y los desaparecidos por las vergüenzas que causa la moralidad publica, se dejan de nuevo ver en los espacios de que fueran excluidos.
Marzo de 2001

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