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Un
par de señoras comentaban en el asiento delantero del bus, la
forma -según ellas- indiscreta y salvaje como se visten los y
las jóvenes de ahora. no se respetan el cuerpo -decían.
Sin embargo, en una reciente serie de televisión JOVENES AQUÍ
Y AHORA, estos manifestaban que nunca, como en la actualidad,
habían sido tan dueños de su cuerpo. Los persing, tatuajes, aretes,
y la ropa en general, además de los cortes de cabello y, por supuesto,
el manejo de su sexualidad, les esta permitiendo reafirmar una
nueva forma de apropiación del cuerpo, por fuera de los estereotipos
que les propone la cultura.
Es una constante entre los y las adolescentes de todas las épocas,
querer diferenciarse de las constumbres y atavismos de los mayores.
Pero el infortunio llega, cuando descubren que las normas y leyes
culturales, terminan siendo mucho mas fuertes. Los sueños libertarios
se desvanecen ante la presión de la empresa, el colegio, la universidad,
o la misma familia. Les convencen de volver al buen camino, las
buenas costumbres y por su puesto, al buen vestir. Terminan igual
o peor que los tan criticados ancestros. Y a los pocos que logran
mantenerse en esa seudo independencia, basta escucharles el discurso
para entender que siguen siendo tan iguales, tan radicales y con
tantos prejuicios como sus padres.
Las señoras
del bus, poco o nada se preguntaran a cerca de las razones para
que ese o esa que critican, les genere sensaciones de gusto o
de disgusto. La indiferencia aparente frente a un vecino molesto,
el deseo por la voluptuosidad de la chica o el chico que cruza
la calle, el asco o la tristeza por quien duerme en la acera,
la rabia por el conductor irresponsable, la admiración o rechazo
hacia personajes que
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referencia los medios de comunicación y otras tantas sensaciones
-viscerales, razonadas o de la piel y los sentidos- son en mucho,
legado familiar, atavismos de la cultura y uno que otro nuevo sentir
reelaborado a partir de los anteriores.
Nuestro cuerpo
y el del otro u otra, abandonan en el devenir cotidiano su sentido
biológico para proponernos múltiples sensaciones.
Manifiestas o no, estas ratifican la particularidad humana de significar
y resignificar en el lenguaje.
Nos confrontan -a la hora de asumirnos como individuos- con el entorno
y quienes lo habitan. Mi cuerpo y el cuerpo del otro, dejan de ser
simples portadores de vida, y adquieren una nueva dimensión -mucho
más compleja- en la que sentidos y sentires, nos conducen hacía
actos u omisiones que nos afectan y afectan a la sociedad.
Lo colectivo, entonces, adquiere un nuevo sentido. Nuestro ser y
nuestro hacer, pasan por reconocer y valorar el ser y el hacer del
otro u otra, por respetarlos y por tomar distancia de nuestros prejuicios,
antes de emitir juicios de valor. Los cuerpos que antes nos acompañaba
como simples miembros de una manada, adquiere una nueva dimensión
y nos redimensionan -comprometen- con la necesidad de echarle una
nueva mirada a los procesos culturales y de relación.
Las señoras del bus, y los jóvenes y las jóvenes irreverentes que
las provocan, deberían permitirse de vez en cuando y antes que desconocerse,
una nueva mirada. Mirarse con ganas, no simplemente desde el deseo,
sino desde la necesidad de reconocer y respetar la construcción
individual del otro y de como estas nos pueden aportar hacia una
convivencia mas dinámica y de mayor convivencia.
Abril de 2001
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