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Congeladas
en el tiempo, y con una identidad que les permitirá ser nombradas
a futuro, me topé en la avenida 19 de Bogotá con una colección
de imágenes en blanco y negro que me hicieron pensar en eso de
ser seres históricos. Se trata de una exposición de fotografías
que dan cuenta de algunos momentos de la cotidianidad colombiana,
en apariencia intrascendentes. Sus protagonistas hombres,
mujeres, niños y niñas- tuvieron como único mérito cumplir con
su labor diaria, un asunto por el que jamas imaginaron irrumpir
en la mente y los recuerdos de los transeúntes que, como yo, los
miramos desprevenidamente sobre un panel en medio de la acera.
Dos aspectos empezaron, entonces, a dar vueltas en mi cabeza de
loca pensante -oficio no siempre grato y no menos
doloroso-: la identidad desde lo popular, que tanta falta hace
a Colombia en su sueño de tejer un país nacional, y la falta,
especialmente entre los y las homosexuales de un compromiso histórico
en nuestros actos cotidianos. De seguir como vamos, la historia
nos recordará a futuro como simples mariquitas alaracosas que
vieron, desde la barrera y abanicadas por sus propias plumas,
como se derrumbaba y se desmembraba la nación.
Esa cultura elitista y de lo light -en la que los maricas somos
expertos- con la que somos bombardeados a diario por los medios
de comunicación y los manuales de urbanidad convencionales, nos
ha impedido reconocernos en el otro u otra con quien a diario
nos cruzamos en la calle. Les denominamos pueblo como
una forma de desprecio. No queremos parecérnosles, desconociendo
que es precisamente esa falta de ser pueblo, lo que nos ha impedido
movilizarnos masivamente en contra de la guerra y de sus
horrores. Arropados con las creaciones de modistos famosos hemos
olvidado que en nuestra piel de nacionales colombianos están
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inscritas las pieles de muchos y de muchas indígenas y de negros
y negras ya quisiera yo más sangre afro corriendo por mis
venas-.
Escondidos tras decorosos apellidos extranjeros que nos llenan de
orgullo y que nos posicionan entre clases y castas privilegiadas,
está la verdad de nuestras raíces y de las raíces de nuestra tierra.
Los seres que desde su cotidianidad nos legaron un territorio para
vivir y para ser miran la vida aún a través de nuestros ojos que
los desconocen.
Los maricas podemos saber mucho de belleza, de modas y de buen gusto,
pero de qué nos sirve esto sin un país que nos reconozca como suyos.
Un país, además, que se está quedando sin historia porque los muertos
dejaron de tener nombre propio para convertirse en cifras. Números
que representan trofeos de guerra para uno u otro bando: 80 guerrilleros
abatidos por
, 60 campesinos asesinados por
, 70 policías
,
62 soldados
, 40 paramilitares
, 300 madres... Al menos
las fotos de la 19 en Bogotá conservan su nombre propio.
Recuperar nuestra historia y los nombres de las personas que la
vivieron es un reto que también compromete a gays, lesbianas, bisexuales
y transgeneristas. La cotidianidad de las homosexulidades debe contar
en este proceso de país. Somos parte de ese pueblo que nos enseñaron
a desconocer y somos actores sociales con mucho trabajo por hacer.
El compromiso histórico es en últimas una decisión de cada uno y
de cada una. Los escenarios están dispuestos y las plenarias esperan
por nuestras voces diversas. Una decisión que en últimas permitirá
que se nos siga viendo como las mariquitas rosaditas o como los
maricones multicolores que inyectaron de ánimo y de cuerpo, de humanidad,
a los procesos de paz. Un día, en esa nueva Colombia que soñamos,
otros y otras verán fortalecidos su hacer y su pensar, cuando desprevenidamente,
como yo en la 19 de Bogotá, se topen con nuestro recuerdo.
Junio de 2001
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