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MARICADAS QUE UNO PIENSA
Mariquitas rosaditas, maricones de colores
 
Manuel José Bermúdez Andrade
ciudadano gay de Medellín
Razones para ser y hacer política LGBT

 


"Los maricas podemos saber mucho de belleza, de modas y de buen gusto, pero de qué nos sirve esto si un país no nos reconoce como suyos."    


www.manuelbermudez.es.vg

Congeladas en el tiempo, y con una identidad que les permitirá ser nombradas a futuro, me topé en la avenida 19 de Bogotá con una colección de imágenes en blanco y negro que me hicieron pensar en eso de ser seres históricos. Se trata de una exposición de fotografías que dan cuenta de algunos momentos de la cotidianidad colombiana, en apariencia intrascendentes. Sus protagonistas –hombres, mujeres, niños y niñas- tuvieron como único mérito cumplir con su labor diaria, un asunto por el que jamas imaginaron irrumpir en la mente y los recuerdos de los transeúntes que, como yo, los miramos desprevenidamente sobre un panel en medio de la acera.
Dos aspectos empezaron, entonces, a dar vueltas en mi cabeza de “loca” pensante -oficio no siempre grato y no menos doloroso-: la identidad desde lo popular, que tanta falta hace a Colombia en su sueño de tejer un país nacional, y la falta, especialmente entre los y las homosexuales de un compromiso histórico en nuestros actos cotidianos. De seguir como vamos, la historia nos recordará a futuro como simples mariquitas alaracosas que vieron, desde la barrera y abanicadas por sus propias plumas, como se derrumbaba y se desmembraba la nación.
Esa cultura elitista y de lo light -en la que los maricas somos expertos- con la que somos bombardeados a diario por los medios de comunicación y los manuales de urbanidad convencionales, nos ha impedido reconocernos en el otro u otra con quien a diario nos cruzamos en la calle. Les denominamos “pueblo” como una forma de desprecio. No queremos parecérnosles, desconociendo que es precisamente esa falta de ser pueblo, lo que nos ha impedido movilizarnos  masivamente en contra de la guerra y de sus horrores. Arropados con las creaciones de modistos famosos hemos olvidado que en nuestra piel de nacionales colombianos están


inscritas las pieles de muchos y de muchas indígenas y de negros y negras –ya quisiera yo más sangre afro corriendo por mis venas-.
Escondidos tras decorosos apellidos extranjeros que nos llenan de orgullo y que nos posicionan entre clases y castas privilegiadas, está la verdad de nuestras raíces y de las raíces de nuestra tierra. Los seres que desde su cotidianidad nos legaron un territorio para vivir y para ser miran la vida aún a través de nuestros ojos que los desconocen.
Los maricas podemos saber mucho de belleza, de modas y de buen gusto, pero de qué nos sirve esto sin un país que nos reconozca como suyos. Un país, además, que se está quedando sin historia porque los muertos dejaron de tener nombre propio para convertirse en cifras. Números que representan trofeos de guerra para uno u otro bando: 80 guerrilleros abatidos por…, 60 campesinos asesinados por…, 70 policías…, 62 soldados…, 40 paramilitares…, 300 madres... Al menos las fotos de la 19 en Bogotá conservan su nombre propio.
Recuperar nuestra historia y los nombres de las personas que la vivieron es un reto que también compromete a gays, lesbianas, bisexuales y transgeneristas. La cotidianidad de las homosexulidades debe contar en este proceso de país. Somos parte de ese pueblo que nos enseñaron a desconocer y somos actores sociales con mucho trabajo por hacer. El compromiso histórico es en últimas una decisión de cada uno y de cada una. Los escenarios están dispuestos y las plenarias esperan por nuestras voces diversas. Una decisión que en últimas permitirá que se nos siga viendo como las mariquitas rosaditas o como los maricones multicolores que inyectaron de ánimo y de cuerpo, de humanidad, a los procesos de paz. Un día, en esa nueva Colombia que soñamos, otros y otras verán fortalecidos su hacer y su pensar, cuando desprevenidamente, como yo en la 19 de Bogotá, se topen con nuestro recuerdo.
Junio de 2001

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