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MARICADAS QUE UNO PIENSA
Justicia "IN-finita"
 
Manuel José Bermúdez Andrade
ciudadano gay de Medellín
Y a ese otro (otra) quien le llora

 

"Aprovechando los momentos de ira e intenso dolor pretenden hacernos pensar que es menos grave y menos terrorista producir un nuevo pobre cada diez minutos en América Latina, que volar las torres símbolo de la riqueza en el planeta."    

www.manuelbermudez.es.vg

La muerte de "La Cacica" Consuelo Araújo, a manos de las FARC, ha causado la mayor indignación entre los colombianos. Equiparable a lo sucedido en Nueva York, la ira que producen actos como los de estos guerrilleros terroristas, no puede menos que generar el "deseo unánime" que –menos mal- generalizaron los candidatos presidenciales y las castas políticas: "Que se les trate como Bush a los Talibanes" –decían-. Y al parecer tienen razón, pues de manera visceral, hay que desear que estas plagas desaparezcan de la faz de la tierra. Necesitamos un mundo –una aldea global- en el que por ningún motivo, ni con método alguno, se frenen: el crecimiento del mercado, y el poder absoluto de los –cada vez menos- mas ricos.
Pero ni siquiera es el acto en sí lo que más rabia nos produce. Es, contra quienes lo ejecutaron. Bien podían haber asesinado a otras personas menos prestantesy dignas. A otras trabajadoras de la cultura popular, de menos renombre y de menos plumaje. De esas y esos a quienes les toca llorarse solos. Tenía razón el alcalde de la Gran Manzana al decir: "A quienes estos actos no los toca, les invito a que piensen cómo explicarles a los huérfanos y las viudas, la manera inmisericorde como perecieron sus familiares" -una verdad sin discusión-. Otra cosa –mucho más fácil- sería explicar a las familias completas de campesinos de la alta Guajira y del Cesar -por no mencionar a tres cuartas partes de la gran Colombia- que un día amanecieron sin con qué comer y sin en dónde vivir, porque a alguno de los grupos armados oficiales, clandestinos o semioficiales, se les ocurrió que necesitaban la tierra para extender sus dominios o los de sus patrones. A los campesinos que se quedaron sin cosechas porque su sagrada


hoja de coca produce una sustancia que está dejando brutos a los hijos de los dueños del planeta y ricos a unos cuantos que no forman parte de las castas elegidas.
La ira y el intenso dolor que nos causa la muerte, simplemente la muerte, a quienes casi nos acostumbramos a ver cómo desaparecen a diario nuestros seres queridos, se convierte en manos de expertos políticos como Serpa, Noemí, Uribe Vélez u otros caciques (también los Araújo y los Noguera) y los jefes de las potencias y las multinacionales, en una herramienta para hacernos pensar que es menos grave y menos terrorista producir un nuevo pobre cada diez minutos en América Latina, que volar las torres símbolo de la riqueza en el planeta. Que las FARC son más peligrosas e inhumanas por la muerte de Consuelo Araújo, que los paramilitares por asesinar al humorista Jaime Garzón. O que los militares por haber asesinado a Álvaro Gómez Hurtado. O que los narcos por desplazar con la ayuda de las guerrillas o que los ganaderos del Magdalena Medio, por robarse la ayuda de las autodefensas, la tierra de los pequeños agricultores. O que la policía por la limpieza social en las ciudades.
Deben dolernos, con toda razón, la muerte de seres humanos en las Torres Gemelas y el asesinato de la señora Araújo, pero no deben convertirse en una cortina de humo para que le entreguemos "cegados por la ira" el poder absoluto e irracional a quienes hablen con más emotividad. Para que avalemos, sin control alguno, sus actos expansionistas. Ni para dejarnos confundir por su oportunista alarde de justicia. Nuestra condena debe ser por igual, contra todo aquel que atente contra la existencia y la dignidad humana. La justicia no debe ser un asunto exclusivo de los que más tienen.
Octubre de 2001

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