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La
muerte de "La Cacica" Consuelo Araújo, a manos de las
FARC, ha causado la mayor indignación entre los colombianos. Equiparable
a lo sucedido en Nueva York, la ira que producen actos como los
de estos guerrilleros terroristas, no puede menos que generar
el "deseo unánime" que menos mal- generalizaron
los candidatos presidenciales y las castas políticas: "Que
se les trate como Bush a los Talibanes" decían-. Y
al parecer tienen razón, pues de manera visceral, hay que desear
que estas plagas desaparezcan de la faz de la tierra. Necesitamos
un mundo una aldea global- en el que por ningún motivo,
ni con método alguno, se frenen: el crecimiento del mercado, y
el poder absoluto de los cada vez menos- mas ricos.
Pero ni siquiera es el acto en sí lo que más rabia nos produce.
Es, contra quienes lo ejecutaron. Bien podían haber asesinado
a otras personas menos prestantesy dignas. A otras trabajadoras
de la cultura popular, de menos renombre y de menos plumaje. De
esas y esos a quienes les toca llorarse solos. Tenía razón el
alcalde de la Gran Manzana al decir: "A quienes estos actos
no los toca, les invito a que piensen cómo explicarles a los huérfanos
y las viudas, la manera inmisericorde como perecieron sus familiares"
-una verdad sin discusión-. Otra cosa mucho más fácil- sería
explicar a las familias completas de campesinos de la alta Guajira
y del Cesar -por no mencionar a tres cuartas partes de la gran
Colombia- que un día amanecieron sin con qué comer y sin en dónde
vivir, porque a alguno de los grupos armados oficiales, clandestinos
o semioficiales, se les ocurrió que necesitaban la tierra para
extender sus dominios o los de sus patrones. A los campesinos
que se quedaron sin cosechas porque su sagrada
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hoja de coca produce una sustancia que está dejando brutos a los
hijos de los dueños del planeta y ricos a unos cuantos que no forman
parte de las castas elegidas.
La ira y el
intenso dolor que nos causa la muerte, simplemente la muerte, a
quienes casi nos acostumbramos a ver cómo desaparecen a diario nuestros
seres queridos, se convierte en manos de expertos políticos como
Serpa, Noemí, Uribe Vélez u otros caciques (también los Araújo y
los Noguera) y los jefes de las potencias y las multinacionales,
en una herramienta para hacernos pensar que es menos grave y menos
terrorista producir un nuevo pobre cada diez minutos en América
Latina, que volar las torres símbolo de la riqueza en el planeta.
Que las FARC son más peligrosas e inhumanas por la muerte de Consuelo
Araújo, que los paramilitares por asesinar al humorista Jaime Garzón.
O que los militares por haber asesinado a Álvaro Gómez Hurtado.
O que los narcos por desplazar con la ayuda de las guerrillas o
que los ganaderos del Magdalena Medio, por robarse la ayuda de las
autodefensas, la tierra de los pequeños agricultores. O que la policía
por la limpieza social en las ciudades.
Deben dolernos, con toda razón, la muerte de seres humanos en las
Torres Gemelas y el asesinato de la señora Araújo, pero no deben
convertirse en una cortina de humo para que le entreguemos "cegados
por la ira" el poder absoluto e irracional a quienes hablen
con más emotividad. Para que avalemos, sin control alguno, sus actos
expansionistas. Ni para dejarnos confundir por su oportunista alarde
de justicia. Nuestra condena debe ser por igual, contra todo aquel
que atente contra la existencia y la dignidad humana. La justicia
no debe ser un asunto exclusivo de los que más tienen.
Octubre de 2001
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