|
|
ACRECENTAR
LA GUERRA O SILENCIAR LAS ARMAS: ¿UN SOFISMA DE DISTRACCIÓN A
LAS REFORMAS DE FONDO EN EL PAÍS?
Suele creerse que hombres
gays y mujeres lesbianas usamos la cabeza solo para menearla y
los sentidos exclusivamente para provocar, responder y disfrutar
el sexo. Pero la verdad es que para ser decoradores, estilistas,
diseñadores de modas, periodistas o cualesquiera de las profesiones
con que los y las homosexuales subsistimos y le aportamos al país,
al tiempo que para mantener en el anonimato nuestra sexualidad,
o socializarla sin ser excluidos, es necesario tener los cinco
sentidos, incluso el sexto, en máxima alerta. Temo entonces, desde
mi simple percepción, que en los llamados diálogos de paz, a guerrilleros,
paramilitares, militares, gobierno y gremios económicos solo les
interese el desenlace del conflicto armado el asunto del
poder-, pero poco o nada las reformas políticas y sociales que
supuestamente alentaron los movimientos insurgentes latinoamericanos.
No me refiero a los postulados de los grandes revolucionarios.
Basta con escuchar de manera desprevenida, ahí sí meneando la
cabeza, las canciones de Ana y Jaime, entre otros, para uno darse
cuenta de que en asuntos sociales no hemos avanzado sustancialmente
en Colombia. La modernidad y el acorralamiento de la guerra, nos
están haciendo vivir un falso letargo de centros comerciales,
autos de lujo, avances tecnológicos y de moda, y medios de comunicación
enlazados con el mundo, en los pocos centros urbanos.
Peligrosamente nos
estamos creyendo el cuento de que
|
|
mientras las ciudades estén protegidas y bellas, el conflicto no
tiene porqué tocarnos. Este pensar citadino nos hace ver la solución
en exterminar las guerrillas, mantenerlas lejos de las ciudades
con el apoyo paramilitar, negociar con ellas un cese de hostilidades,
o encerrarlas en un determinado territorio.
Nuestros dirigentes o quienes pretenden acceder al gobierno, sacan
ventaja de esta forma de pensar y le siguen el juego de manera ventajosa
con sus discursos y promesas electorales.
Al parecer
estos promotores de la guerra pretenden esconder tras ella nuestros
verdaderos problemas y que no tengamos en cuenta las experiencias
recientes de El Salvador, Guatemala y Nicaragua -que aún no ha podido
recuperase de la miseria-; o la dictadura de Fujimori, luego de
aplastar a Sendero Luminoso.
Las guerrillas locales, sanguinarias y radicalistas, al parecer
no tienen ya ninguna identidad con la clase popular. El fenómeno
paramilitar en pocos años logró posicionarse y hoy tiene enceguecidos
a los colombianos imponiéndoles la idea de que arrasar a quien piense
diferente es la solución. La clase dirigente trata desesperadamente
de conservar el negocio del que ha vivido por tantos años y los
gremios la alcahuetean por temor a perder su poder. Un difícil panorama
para una negociación. Sin embargo, es al resto de actores y sectores
sociales a quienes nos corresponde presionar hacia una paz negociada,
pero que incluya primordialmente un reforma social y política. Una
mesa de negociación no solo que defienda los intereses de unos cuantos,
sino donde todos y todas negociemos nuestro futuro: una Colombia
con justicia social, con inclusión e igualdad de oportunidades para
acceder a la salud, la educación, el empleo. Un país con verdaderos
postulados democráticos.
Enero
de 2002
|