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MARICADAS QUE UNO PIENSA
La guerra: un sofisma de distracción
 
Manuel José Bermúdez Andrade
ciudadano gay de Medellín
Poco o nada les importan las reformas politicas

 


"Peligrosamente nos estamos creyendo el cuento de que mientras las ciudades esten "protegidas" y bellas, el conflicto no tiene porqué tocarnos"   


www.manuelbermudez.es.vg

Publicado en thegully.com

ACRECENTAR LA GUERRA O SILENCIAR LAS ARMAS: ¿UN SOFISMA DE DISTRACCIÓN A LAS REFORMAS DE FONDO EN EL PAÍS?

Suele creerse que hombres gays y mujeres lesbianas usamos la cabeza solo para menearla y los sentidos exclusivamente para provocar, responder y disfrutar el sexo. Pero la verdad es que para ser decoradores, estilistas, diseñadores de modas, periodistas o cualesquiera de las profesiones con que los y las homosexuales subsistimos y le aportamos al país, al tiempo que para mantener en el anonimato nuestra sexualidad, o socializarla sin ser excluidos, es necesario tener los cinco sentidos, incluso el sexto, en máxima alerta. Temo entonces, desde mi simple percepción, que en los llamados diálogos de paz, a guerrilleros, paramilitares, militares, gobierno y gremios económicos solo les interese el desenlace del conflicto armado –el asunto del poder-, pero poco o nada las reformas políticas y sociales que supuestamente alentaron los movimientos insurgentes latinoamericanos.
No me refiero a los postulados de los grandes revolucionarios. Basta con escuchar de manera desprevenida, ahí sí meneando la cabeza, las canciones de Ana y Jaime, entre otros, para uno darse cuenta de que en asuntos sociales no hemos avanzado sustancialmente en Colombia. La modernidad y el acorralamiento de la guerra, nos están haciendo vivir un falso letargo de centros comerciales, autos de lujo, avances tecnológicos y de moda, y medios de comunicación enlazados con el mundo, en los pocos centros urbanos.

Peligrosamente nos estamos creyendo el cuento de que


mientras las ciudades estén protegidas y bellas, el conflicto no tiene porqué tocarnos. Este pensar citadino nos hace ver la solución en exterminar las guerrillas, mantenerlas lejos de las ciudades con el apoyo paramilitar, negociar con ellas un cese de hostilidades, o encerrarlas en un determinado territorio.
Nuestros dirigentes o quienes pretenden acceder al gobierno, sacan ventaja de esta forma de pensar y le siguen el juego de manera ventajosa con sus discursos y promesas electorales.
Al parecer estos promotores de la guerra pretenden esconder tras ella nuestros verdaderos problemas y que no tengamos en cuenta las experiencias recientes de El Salvador, Guatemala y Nicaragua -que aún no ha podido recuperase de la miseria-; o la dictadura de Fujimori, luego de aplastar a Sendero Luminoso.
Las guerrillas locales, sanguinarias y radicalistas, al parecer no tienen ya ninguna identidad con la clase popular. El fenómeno paramilitar en pocos años logró posicionarse y hoy tiene enceguecidos a los colombianos imponiéndoles la idea de que arrasar a quien piense diferente es la solución. La clase dirigente trata desesperadamente de conservar el negocio del que ha vivido por tantos años y los gremios la alcahuetean por temor a perder su poder. Un difícil panorama para una negociación. Sin embargo, es al resto de actores y sectores sociales a quienes nos corresponde presionar hacia una paz negociada, pero que incluya primordialmente un reforma social y política. Una mesa de negociación no solo que defienda los intereses de unos cuantos, sino donde todos y todas negociemos nuestro futuro: una Colombia con justicia social, con inclusión e igualdad de oportunidades para acceder a la salud, la educación, el empleo. Un país con verdaderos postulados democráticos. 
Enero de 2002

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