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MARICADAS QUE UNO PIENSA
Rumores que esparce el viento
 
Manuel José Bermúdez Andrade
ciudadano gay de Medellín
Primero mi vida: Ustedes mandan...yo me callo

 


"Por eso, no me trago el cuento de que a la violencia en Colombia la inventaron los narcos ni los consumidores de marihuana, perico, pegante o bazuco. Ni que con leyes represivas o de exterminio tendremos paz."  

www.manuelbermudez.es.vg

Por primera vez siento amenazada mi integridad, razón por la cual he decidido dejar de escribir por algún tiempo mis “Maricadas”.
Quiero dejarle claro, eso sí, a quienes me atemorizan, que mi apuesta por la dignidad no es desde, o en favor de, uno u otro bando de la guerra.
Es una apuesta civil y civilista por la vida

El cuerpo debe ser la primera y fundamental zona de paz, un planteamiento serio e incluyente con el que gays, lesbianas, bisexuales y transgeneristas de Colombia –sector LGTB- estampos dejando sin piso los rumores que en baja voz se refieren a: “el monotema de los maricas que ahora quieren estar en todo”. Nuestra presencia en los movimientos civiles de Noviolencia y de Ciudadanía de Paz y País es vista aún con recelo por quienes en público alardean propósitos de paz, pero que en su vida cotidiana son incapaces de respetar los puntos de vista y la individualidad del otro u otra.
Quizás no somos tan “maricas”, y evidenciamos en actitudes como ésta que la búsqueda de la paz es un negocio tan rentable para algunos como la guerra para otros. Una empresa con que posicionan sus nombres, sus grupos o esconden la incapacidad de cumplir con los mandatos para los que fueron elegidos. Movilizan el dolor y la angustia del pueblo con palabras rebuscadas, cánticos religiosos o la imagen de verdaderos líderes, mientras en lo cotidiano persiguen, marginan o señalan a quien no está de su lado.
La paz no puede ser bandera de caudillos, mucho menos ser abordada con ligerezas o protagonismo mesiánico. La salida al conflicto, además de contar con una profunda reforma al Estado en contra del neoliberalismo y de la corrupción política,debe promover movimientos sociales. Y para eso es fundamental reconocer y valorar el trabajo intersectorial y generar actitudes individuales y colectivas de solidaridad. Lo que en Venezuela denominan “In violencia”, un movimiento que más allá de estar en contra de ésta, promueve actitudes de vida para erradicarla de la cotidianidad y para reconocerse y reconciliarse con el otro u otra.
Nací, crecí y habito un espacio donde se aprende a ser violento antes que a caminar. Mi barrio –Santander- en la comuna noroccidental de Medellín -hoy en la mira de la dictadura urbana de los paramilitares- tiene, entre otros haberes, ser la cuna de la primera banda de sicarios: “los magníficos”. Muchos de mis amigos y compañeros de escuela cambiaron la mínima expectativa de vida digna que ofrece este país, por el atractivo de las balas, las motos y la muerte.


Por eso, no me trago el cuento de que a la violencia en Colombia la inventaron los narcos, la guerrilla, los paracos, ni los consumidores de marihuana, perico, pegante o bazuco. Ni que con leyes represivas o de exterminio a estos tendremos paz.

La nuestra es una violencia surgida del abandono Estatal y de la impotencia para reaccionar al saqueo que por años viene haciendo la clase política. Sin un referente respetable y de autoridad del Estado, nuestro pueblo se sumió en el autoritarismo individual donde la única ley es la propia como medio de defensa. Por eso, mientras no nos introyectemos el respeto por el otro, por sus opiniones y por leyes mínimas de convivencia, la violencia seguirá su espiral de crecimiento.
La ruptura con los modelos culturales de violencia exigen a individuos e instituciones ser incluyentes y democráticos aún en el lenguaje. Los fusiles de uno u otro lado, las leyes autoritarias y de corte restrictivo de las libertades, y la imposibilidad para entender y solidarizarnos con las necesidades del resto de personas, son en ultimas una provocación más para la rabia y la violencia. Eso difícilmente lo entenderán ministros como Santos, a quien jamás le ha tocado enfrentar la violencia de madrugar a hacer fila en un puesto de salud sin recursos, o Lloreda, a quien nunca devolvieron del colegio por falta de cupo o por no pagar la pensión, o el alcalde Luis Pérez para quien nunca un almuerzo en el restaurante comunitario fue su única comida del día. Discursos de corte económico que al desconocer la realidad de la población se convierten en actos violentos que amalgaman más violencia.
La exclusión hasta de la vida misma, la negación por parte del Estado y de la cultura, la marginalidad y la infelicidad son asuntos que la gran mayoría de Gays, lesbianas, bisexuales y transgeneristas hemos vivido. De ahí que tengamos mucho que aportarle al movimiento social y al mandato popular, a la resistencia civil. En especial la idea de que la mayor herramienta para frenar la violencia es la ley de respeto por la vida y por la dignidad del otro u otra. Dejar de replicar el discurso excluyentes que con la palabra “marica” le restan altura y profundidad a nuestro discurso, y con la palabra “terrorista” justifica masacres, y atemorizan y silencia pueblos enteros como Afganistán o Palestina. Una lógica en la que propicia arrasar al otro, desaparecerlo, antes que reconocerle sus derechos.
Mayo de 2002

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