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El
cuerpo debe ser la primera y fundamental zona de paz, un planteamiento
serio e incluyente con el que gays, lesbianas, bisexuales y transgeneristas
de Colombia sector LGTB- estampos dejando sin piso los rumores
que en baja voz se refieren a: el monotema de los maricas
que ahora quieren estar en todo. Nuestra presencia en los
movimientos civiles de Noviolencia y de Ciudadanía de Paz y País
es vista aún con recelo por quienes en público alardean propósitos
de paz, pero que en su vida cotidiana son incapaces de respetar
los puntos de vista y la individualidad del otro u otra.
Quizás no somos tan maricas, y evidenciamos en actitudes
como ésta que la búsqueda de la paz es un negocio tan rentable
para algunos como la guerra para otros. Una empresa con que posicionan
sus nombres, sus grupos o esconden la incapacidad de cumplir con
los mandatos para los que fueron elegidos. Movilizan el dolor
y la angustia del pueblo con palabras rebuscadas, cánticos religiosos
o la imagen de verdaderos líderes, mientras en lo cotidiano persiguen,
marginan o señalan a quien no está de su lado.
La paz no puede ser bandera de caudillos, mucho menos ser abordada
con ligerezas o protagonismo mesiánico. La salida al conflicto,
además de contar con una profunda reforma al Estado en contra
del neoliberalismo y de la corrupción política,debe promover movimientos
sociales. Y para eso es fundamental reconocer y valorar el trabajo
intersectorial y generar actitudes individuales y colectivas de
solidaridad. Lo que en Venezuela denominan In violencia,
un movimiento que más allá de estar en contra de ésta, promueve
actitudes de vida para erradicarla de la cotidianidad y para reconocerse
y reconciliarse con el otro u otra.
Nací, crecí
y habito un espacio donde se aprende a ser violento antes que
a caminar. Mi barrio Santander- en la comuna noroccidental
de Medellín -hoy en la mira de la dictadura urbana de los paramilitares-
tiene, entre otros haberes, ser la cuna de la primera banda de
sicarios: los magníficos. Muchos de mis amigos y compañeros
de escuela cambiaron la mínima expectativa de vida digna que ofrece
este país, por el atractivo de las balas, las motos y la muerte.
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Por eso, no me trago el cuento de que a la violencia en Colombia
la inventaron los narcos, la guerrilla, los paracos, ni los consumidores
de marihuana, perico, pegante o bazuco. Ni que con leyes represivas
o de exterminio a estos tendremos paz.
La nuestra es una
violencia surgida del abandono Estatal y de la impotencia para reaccionar
al saqueo que por años viene haciendo la clase política. Sin un
referente respetable y de autoridad del Estado, nuestro pueblo se
sumió en el autoritarismo individual donde la única ley es la propia
como medio de defensa. Por eso, mientras no nos introyectemos el
respeto por el otro, por sus opiniones y por leyes mínimas de convivencia,
la violencia seguirá su espiral de crecimiento.
La ruptura
con los modelos culturales de violencia exigen a individuos e instituciones
ser incluyentes y democráticos aún en el lenguaje. Los fusiles de
uno u otro lado, las leyes autoritarias y de corte restrictivo de
las libertades, y la imposibilidad para entender y solidarizarnos
con las necesidades del resto de personas, son en ultimas una provocación
más para la rabia y la violencia. Eso difícilmente lo entenderán
ministros como Santos, a quien jamás le ha tocado enfrentar la violencia
de madrugar a hacer fila en un puesto de salud sin recursos, o Lloreda,
a quien nunca devolvieron del colegio por falta de cupo o por no
pagar la pensión, o el alcalde Luis Pérez para quien nunca un almuerzo
en el restaurante comunitario fue su única comida del día. Discursos
de corte económico que al desconocer la realidad de la población
se convierten en actos violentos que amalgaman más violencia.
La exclusión hasta de la vida misma, la negación por parte del Estado
y de la cultura, la marginalidad y la infelicidad son asuntos que
la gran mayoría de Gays, lesbianas, bisexuales y transgeneristas
hemos vivido. De ahí que tengamos mucho que aportarle al movimiento
social y al mandato popular, a la resistencia civil. En especial
la idea de que la mayor herramienta para frenar la violencia es
la ley de respeto por la vida y por la dignidad del otro u otra.
Dejar de replicar el discurso excluyentes que con la palabra marica
le restan altura y profundidad a nuestro discurso, y con la palabra
terrorista justifica masacres, y atemorizan y silencia
pueblos enteros como Afganistán o Palestina. Una lógica en la que
propicia arrasar al otro, desaparecerlo, antes que reconocerle sus
derechos.
Mayo
de 2002
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