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MARICADAS QUE UNO PIENSA
El poder de las mujeres
 
Manuel José Bermúdez Andrade
ciudadano gay de Medellín
Sororidad: Mi orgullo es para y por ellas

 

 

"La alianza de los homosexuales con las mujeres no significa que envidiemos su anatomía. En ellas hallamos otro lenguajear, otras formas de relación menos preocupadas por el poder."  


www.manuelbermudez.es.vg

Los muchos mensajes de solidaridad que me llegaron en razón a las amenzas contra mi vida y a la suspensión de Maricadas que uno piensa, me dejaron claro entre otras cosas, que a los líderes homosexuales de Colombia y a quienes trabajan por la supuesta defenza de los derechos humanos en éste país, poco o nada les importa lo que le suceda a una loca de barrio como yo. Y de otro lado, que la solidaridad es un asunto menos conceptual y mucho más de piel, de palabras de afecto, para las mujeres. Por eso mi orgullo esta vez es para y por las mujeres.

Un amigo heterosexual con quien hablo de maricadas, me contaba sus claves para identificar a los compañeritos locas cuando eran niños. Juegan con muñecas –decía-, no les gusta el fútbol y, sobre todo, siempre se mantienen con las mujeres. No me interesó analizar o contestar sus palabras, se me hacían un poco necias, en tanto yo nunca jugué con muñecas. Tengo varios amigos maricas que han sido apasionados y juegan perfectamente al fútbol –incluso pertenecieron a los equipos paisas con excelente desempeño- y el mantenerme con las niñas, se lo atribuía a que mis compañeras principales de infancia fueron mis dos sobrinas, contemporáneas en edad.
Mucho del desinterés por analizar el asunto de las relaciones entre gays y mujeres, lo reconozco, tenía que ver con mi educación familiar paisa donde el machismo era el pan, mejor, la arepa de cada día -no por ser maricas los hombres homosexuales estamos exentos de ser extremadamente machistas, falocráticos y en algunos casos misóginos-. A mí y a mis 14 hermanos hombres, nos educó nuestra madre para ser dominantes, aparentemente insensibles, burdos, y para que en las relaciones con las mujeres siempre mandaramos la parada, es decir, las viéramos como seres a proteger, no a respetar. La relación con mi ex esposa –una mujer de quien aprendí mucho para la vida-, el trabajo con las lesbianas en el proceso de reivindicación de las homosexualidades y el acercamiento reciente con los grupos de mujeres, por mi labor política, así como el apoyo y la amistad que a diario recibo de mis compañeras de trabajo, me han permitido elaborar una relación mas respetuosa de mi parte hacia ellas.
Pero, ¿cómo una mamá que nos enseñó a ser machistas, se convirtió tan fácilmente en mi aliada, en mi cómplice, para enfrentar mi ser homosexual y socializarlo?-. La respuesta a este interrogante que por años rondó mi cabeza, se dio durante la reciente visita de Florence Thomas a la comuna 6 de Medellín, donde habito. Allí, a un puñado de mujeres que comienzan a reconocerse como grupo y a proyectar trabajo con la comunidad, Florence les llamo la atención sobre la


importancia de comunicarse entre ellas, de buscar espacios para hablar como mujeres y para ver el mundo con una mirada propia, no desde la tradicional del macho.
Caí, entonces, en la cuenta de que mi mamá comenzó a ser otra, más independiente -aunque para luchar por sacarnos adelante siempre fue de muchos cojones- y de mentalidad más abierta, cuando decidió participar de los grupos del barrio. En la parroquia, en la acción comunal y como militante política, desde su sencillez y limitación académica –tan sólo un grado de primaria- aprendió a cuestionar lo que sucedía en el país, y de paso la cultura y el machismo del que formaba parte. Posiblemente, como decía Florence, el conversar como mujer con otras mujeres, le permitió entender la sexualidad de su hijo con más frescura, que si lo hiciera desde la casa con la sombra del macho a cuestas. Lo único que lamento es que su esposo –Bermúdez- no estuviera vivo, para que hubiese aprendido, también de ella, a ser menos macho y, en cambio, mucho más hombre.
La alianza, entonces, de los hombres homosexuales con las mujeres no significa, como suelen imaginar quienes nos miran desde afuera, que envidiemos su anatomía, o que la identidad está en compartir un mismo objeto de deseo, o en su “debilidad”. En ellas hallamos otro lenguajear, otras formas de relación menos preocupadas por el poder y más por la comunicación. Por ello terminan siendo nuestras mejores cómplices para, como en mi caso, enfrentar al mundo sin miedo por una elección sexual distinta a la oficial.
Establecer lazos de acción conjunta con y por las mujeres, propiciar que ellas se encuentren entre sí, conversen, y construyan otras formas de comunicarles a sus machos que nosotros no somos ni la aberración ni el peligro que imaginan, es, definitivamente, entender que el de las mujeres sí que es el verdadero poder. Ellas no necesitan vestirse de uniformes, ni posiciones de guerra para defender la vida. Solo les basta con ser, con encontrarse. Junio
de 2002

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