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Un
amigo heterosexual con quien hablo de maricadas, me contaba sus
claves para identificar a los compañeritos locas cuando eran niños.
Juegan con muñecas decía-, no les gusta el fútbol y, sobre
todo, siempre se mantienen con las mujeres. No me interesó analizar
o contestar sus palabras, se me hacían un poco necias, en tanto
yo nunca jugué con muñecas. Tengo varios amigos maricas que han
sido apasionados y juegan perfectamente al fútbol incluso
pertenecieron a los equipos paisas con excelente desempeño- y
el mantenerme con las niñas, se lo atribuía a que mis compañeras
principales de infancia fueron mis dos sobrinas, contemporáneas
en edad.
Mucho del desinterés por analizar el asunto de las relaciones
entre gays y mujeres, lo reconozco, tenía que ver con mi educación
familiar paisa donde el machismo era el pan, mejor, la arepa de
cada día -no por ser maricas los hombres homosexuales estamos
exentos de ser extremadamente machistas, falocráticos y en algunos
casos misóginos-. A mí y a mis 14 hermanos hombres, nos educó
nuestra madre para ser dominantes, aparentemente insensibles,
burdos, y para que en las relaciones con las mujeres siempre mandaramos
la parada, es decir, las viéramos como seres a proteger, no a
respetar. La relación con mi ex esposa una mujer de quien
aprendí mucho para la vida-, el trabajo con las lesbianas en el
proceso de reivindicación de las homosexualidades y el acercamiento
reciente con los grupos de mujeres, por mi labor política, así
como el apoyo y la amistad que a diario recibo de mis compañeras
de trabajo, me han permitido elaborar una relación mas respetuosa
de mi parte hacia ellas.
Pero, ¿cómo una mamá que nos enseñó a ser machistas, se convirtió
tan fácilmente en mi aliada, en mi cómplice, para enfrentar mi
ser homosexual y socializarlo?-. La respuesta a este interrogante
que por años rondó mi cabeza, se dio durante la reciente visita
de Florence Thomas a la comuna 6 de Medellín, donde habito. Allí,
a un puñado de mujeres que comienzan a reconocerse como grupo
y a proyectar trabajo con la comunidad, Florence les llamo la
atención sobre la
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importancia de comunicarse entre ellas, de buscar espacios para
hablar como mujeres y para ver el mundo con una mirada propia, no
desde la tradicional del macho.
Caí, entonces, en la cuenta de que mi mamá comenzó a ser otra, más
independiente -aunque para luchar por sacarnos adelante siempre
fue de muchos cojones- y de mentalidad más abierta, cuando decidió
participar de los grupos del barrio. En la parroquia, en la acción
comunal y como militante política, desde su sencillez y limitación
académica tan sólo un grado de primaria- aprendió a cuestionar
lo que sucedía en el país, y de paso la cultura y el machismo del
que formaba parte. Posiblemente, como decía Florence, el conversar
como mujer con otras mujeres, le permitió entender la sexualidad
de su hijo con más frescura, que si lo hiciera desde la casa con
la sombra del macho a cuestas. Lo único que lamento es que su esposo
Bermúdez- no estuviera vivo, para que hubiese aprendido, también
de ella, a ser menos macho y, en cambio, mucho más hombre.
La alianza, entonces, de los hombres homosexuales con las mujeres
no significa, como suelen imaginar quienes nos miran desde afuera,
que envidiemos su anatomía, o que la identidad está en compartir
un mismo objeto de deseo, o en su debilidad. En ellas
hallamos otro lenguajear, otras formas de relación menos preocupadas
por el poder y más por la comunicación. Por ello terminan siendo
nuestras mejores cómplices para, como en mi caso, enfrentar al mundo
sin miedo por una elección sexual distinta a la oficial.
Establecer lazos de acción conjunta con y por las mujeres, propiciar
que ellas se encuentren entre sí, conversen, y construyan otras
formas de comunicarles a sus machos que nosotros no somos ni la
aberración ni el peligro que imaginan, es, definitivamente, entender
que el de las mujeres sí que es el verdadero poder. Ellas no necesitan
vestirse de uniformes, ni posiciones de guerra para defender la
vida. Solo les basta con ser, con encontrarse.
Junio
de 2002
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