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Crecí
en una vecindad para quienes humoristas como la Nena Jiménez y
el Negro Palomino, eran la máxima expresión de la risa. Por eso
difícilmente me siento tocado por los chistes flojos y de mal
gusto. De igual manera tengo que reconocer que antes de la televisión,
la vida en mi casa giraba en torno a la radio. Guillermo Zuluaga
con sus Aventuras de Montecristo, era cita obligada de medio día.
Yo disfrutaba e imaginaba sus múltiples y bien elaborados personajes,
y algunos de sus chistes formaban parte de mi diario vivir y de
mi relación con los amigos. Descubrí desde entonces que, bien
contados, los chistes de maricas son muy divertidos.
Freud, en sus escritos sobre el chiste y su intencionalidad, afirma
que detrás de cada chiste hay una verdad. Quizá por esto, en un
país que hace gala de una gran doble moral, el chiste se constituya
en una buena forma de expresar cuanto nos molesta la cercanía
del otro, sin que este se sienta aludido. Si, como deja entrever
Freud, estas manifestaciones evitan que terminemos agrediéndonos
físicamente, bienvenidas sean.
Sin embargo,
cuando los mariquitas son la razón o motivación de
las mofas en cuanta fiesta o programa de televisón se emite, sigo
pensando que para hacer reír se necesita sobre todo una gran dosis
de inteligencia. Y tener muy claro, eso sí, si lo que se pretende
es hacer payasadas,
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ser el payaso, o por el contrario, ser un bufón, en el mejor sentido
de la palabra, de la cruda realidad social.
Los bufones, en la época de las monarquias, tenían la posibilidad
o mejor, el ingenio para decirle al rey todas las verdades, las
duras verdades, y que este se divirtiera con ello. El discurso del
bufón era, por tanto, pensado, elaborado y muy bien expresado.
Para ser payaso,
en cambio, basta con acompañar una frase seria de un hijueputaso,
con hacer gala del morbo barato o con gozarse los males y dolores
ajenos, pero sin aportar nada.
En mi insistencia porque los maricas seamos inteligentes, sueño
aún con el día en que dejemos, cuan payasos, de alegrarle la fiesta
a los demás y nos dediquemos más bien a pensar un poco nuestra realidad
personal y la situación del país. Sobre todo en estos tiempos en
que los payasos, los lagartos y los humoristas de mal gusto nos
tienen saturados los medios de comunicación y los recintos del gobierno.
Y en que, además, la violencia nos acaba de arrasar con el último
de los grande bufones Colombianos (Paz en su tumba a Jaime Garzón).
Bienvenidos pues los chistes que nos permitan liberar la carga de
estrés en que nos tiene sumida la violencia y la crisis económica.
Pero mejor aún que conectemos el cerebro para elaborarlos pudiendo
ser bufones de la realidad. Reírnos de la muerte. Ese si sería un
buen chiste.
Septiembre de 1999
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