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Recientemente
tuve la oportunidad de acompañar en su viaje de ida - no me soportaron
de regreso- hacia la ciudad de Manizales, a un grupo de estudiantes
de Trabajo Social de la Universidad de Antioquia. Ellos y ellas
tendrían allí su encuentro nacional. Desde el mismo instante en
que nos subimos al bus, y sin pronunciar aún sílaba alguna, los
universitarios expresaban en sus rostros el horror de que tres
maricas declarados les profanaran el viaje.
A estas alturas de mi vida, este tipo de cosas ya no me preocupan
aunque, reconozco, no dejan de molestarme. Pensé entonces en las
tantas veces que con mis amigos intelectuales he discutido el
tema de la división oscurantista entre ciencias sociales y /o
humanas y las ciencias exactas y/o naturales. Así como en esa
obsesión del hombre por preocuparse mas por la apariencia humana
que por su esencia. De nosotros los gay, por ejemplo, les preocupa
mas el imaginar los grotescos que somos comiéndonos unos a otros,
según ellos, o las plumas que dejemos caer, que la posibilidad
de darse cuenta que en esencia somos absolutamente iguales, es
decir, somos personas.
Lo moralmente aceptado
sigue siendo que los maricas nos comportemos, es decir que conservemos
los patronespreestablecidos por la cultura de los heterosexuales,
la oficial. O en el mejor de los casos que permanezcamos callados.
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Pero en esta discusión entre la moral, las normas de comportamiento,
y la ética, las posturas ante la vida, no me quiero meter. Porque
como en todo cada uno termina tirando para el lado que más le convenga.
Sin embargo no dejo de pensar, no ya en los compañeros heteros,
sino en los profesionales, sobre todo del área de trabajo social.
Esos mismos a los que muchas mariquitas desorientadas acudirán para
pedir ayuda durante la adolescencia. Esos mismos a los que la señora
confundida buscara para saber que postura adoptar frente a su hijo
homosexual.
Las Ciencias Sociales agonizan. Las dejó sin futuro esa gran marca
que por años les propinó la moral. Mientras, en cambio, a las Ciencias
Exactas cuya única regla es la ética, las vemos acercarse cada vez
más a la esencia misma de lo humano. Silenciosas, sin prejuicios,
sin miradas de culpa. Solo admitiendo que desde la ameba hasta la
galaxia más lejana, cumplen su función sin preocuparse de la forma,
solo de la esencia. Lo de hombre y mujer, hembra y macho, femenino
y masculino. No son más que divisiones operativas. Lo de heterosexual,
homosexual, bisexual, pansexual y no sé cuantos términos más corresponden
a nuestra esfera más intima y no deben ser por lo tanto predeterminantes
de la convivencia social.
En últimas no somos más que compañeros en este viaje por la vida.
¡Dejémonos de maricadas!
Octubre de 1999
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