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Para varios de mis amigos resulta grotesco e irreverente
que al caminar por mi barrio, uno que otro muchacho se dirija
a mí diciendo: Hola marica, Que hubo loca,
Chao mona y no sé cuantos apelativos más. O en su
defecto que suelten un hijueputaso, o un ademan referente a lo
sexual, a lo genital. Yo, más allá de posar de ofendido, sigo
pensando y reflexionando con cada una de estas expresiones, a
cerca de esos elementos comunicativos que constituyen nuestra
identidad grupal y que nos permiten transgredir las barreras culturales
a partir del lenguaje.
El asunto es, y para esto me remití a este ejemplo, que deseo
e identidad no siempre van tan de la mano como usualmente se piensa.
La identidad y la personalidad se forman en mucho a partir de
los elementos culturales, de eso que los otros quieren y esperan
de nosotros. Mientras que el deseo, aunque también se nos proponen
modelos culturales, formas particulares de desear, pertenece a
una esfera más intima y es, por lo tanto,
más fácil de camuflar, menos evidente.
Entender
esto ha sido fundamental para la convivencia al interior de un
grupo tan conflictivo como el de las comunas de Medellín. Allí
donde el mismo muchacho que va de la mano de su novia, es el amante
que durmió a mi lado la noche anterior y para quien la manera
más practica de decir cuanto me extraña es recordarme que yo y
no él, soy el marica.
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Esta es su manera de acariciar, de galantear y, por supuesto, de
mantenerse en su condición de hombre que la sociedad le exige. Palabras
que solo los maricas perceptivos, como La Manuela el
personaje de Donoso en lanovela El lugar sin limites,
logran capotear, interpretar y valorar. No todas las maneras que
tienen los hombres heterosexuales para tratar, para saludar están
cargadas de homofobia o de intolerancia, de burla; en muchas ocasiones
son la única forma en que pueden, sin perder su estatus de hombre,
adularte o, incluso, de decirte cuanto te desean.
Claro está, que no todo es tan rosa como aquí lo planteo. También
hay que saber establecer limites en este tipo de relaciones. La
historia de los narcos en Medellín, época de sicarios y locas que
posiblemente nunca se escribirá, da cuenta de muchos gay que murieron
en manos de su hombre, un sicario, que lo amaba pero que lo prefería
callado para que no comprometiera su hombría. Con su amante el asunto
del deseo estaba resuelto, pero en cambio, su identidad sexual,
social, corría peligro. Cosas aveces complejas que nos plantean
a diario esos finos y delicados limites entre la identidad, el deseo
a partir de la cultura. Maricadas que nos complican el ser y el
hacer a los maricas y que no nos dejan otra alternativa, cuando
supuestamente nos insultan, que hacernos los maricas.
Noviembre de 1999
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