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Mi
cuerpo soy yo, éste es mi sexo, mi género,
con los que nací o con los que renazco,
no importa si a usted le gusta.
Éstas
son mis ganas,
con las que me acuesto y con las que me levanto,
y no hallo la lógica que se arroga
para darme su aval, su tolerancia,
su complicidad o su permiso.
Éstas
son mis humedades y no cruzan sus desiertos.
Mi
cuerpo ha sido blanco de un dedo acusador
y de una mano larga que mal supone
que yo accedo porque sí
o porque cruza el mejor postor.
También
de un bolillo, de un ladrido,
de un pellizco, de una bofetada,
de una absolución cortopunzante,
de una risa, de un silbido,
de un alud de lágrimas desde el estanque familiar.
Mi
cuerpo ha tornádose caricatura en la foto del diario
y en el epíteto que le subyace.
Mi
cuerpo es tu cuerpo
y el de todas nosotras
y el de todos nosotros.
Al
salmo respondemos:
y el de todas nosotros
y el de todos nosotras.
Mi
cuerpo tiene su historia, mi historia,
que no tiene –hágame caso– que devenir razón
de su desvelo.
Mi
cuerpo suda y no sólo en la cama,
se esfuerza, labora,
amasa, teclea, cosecha, siembra,
enseña, danza, aprende, desfila,
martilla, peina, calcula, canta,
filosofa, inventa, pinta, investiga
y hasta apuñala
y hasta combate
y hasta masacra
y hasta gobierna
y hasta legisla
y hasta enjuicia
y hasta confiesa
y al final hasta supone que redime.
Pero
pobre del cuerpo.
Y el de todas nosotros
y el de todos nosotras.
Sin
jamás haberlo pretendido,
se volvió el carmín de su pena, el sabor de su asco,
el percutor de su violencia, el goce de su sevicia
y vaya a saber si el espejo
de su frustración y de su envidia.
Mi
cuerpo se registra, hace cola, va a la notaría,
se ordena, firma la partida, hace antesala, padece la ventanilla,
paga el impuesto, aplaude su perorata de plaza, repite su eslogan,
se trenza en batallas verbales,
aparece en la precaria multitud de su valla
y el día de elecciones, lo vota, lo unge y lo celebra.
Pero
ah iluso este cuerpo.
Y el de todas nosotros
Y el de todos nosotras.
Una
ciudadanía de segunda,
una caverna,
una piedra en el zapato,
una vergüenza ajena,
un montón de advenedizos y convidadas de piedra.
No existe más que en los formatos de las comisarías,
en las partidas de defunción –entre ellas varios NN–,
en las macroestadísticas sanguinolentas,
en la turba subrayante de los clasificados
y en la gleba desplazada.
Mas
no sólo en la crónica roja,
también en la reseña rosa.
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Mi
cuerpo es disfraz,
porque así se ve menos,
la tiene difícil mi cuerpo tratando de liar quien se exhibe
afuera
con quien se agazapa adentro.
Mi
cuerpo es noche,
secreto código vox populi,
pose de clase, maledicencia,
esclavo de las registradoras,
baile frenético aunque artrítico,
pues se camufla, se vela, se agrupa, se arriesga, se aísla,
se segrega
se vende y se compra,
con otros cuerpos tan proscritos como yo,
porque quiere escapar de usted
y de su pedestal, atril, curul,
atrio, camilla, proscenio y diván,
y de su ira, de su mira, de su mirada.
Mi
cuerpo no quiere involucrarse,
reclutarse, disparar,
ser maniatado con un sol clavado en los ojos,
ser encadenado a la pata de un catre,
ser capturado por la foto del cartel que me reclama vivo porque
vivo me llevaron,
porque le basta.
Y
le sobran hostigamientos, carcajadas, golpes
y un sinnúmero de desafueros.
También
al de todas nosotros
y al de todos nosotras.
Mi
cuerpo sigue cánones,
pero también le da la gana de ataviarse de sueños,
de horadar su lóbulo, de surcarse su ícono,
de cubrirse de oropel y lentejuela,
de intervenirse, de venirse, de venir y de irse.
Mi
cuerpo no es mi cuerpo,
no tan sólo mío.
Mi
cuerpo es estigma,
sarcoma,
medicamentos que no llegan
y amantes que se fueron.
Y el de todas nosotros
y el de todos nosotras.
Mi
cuerpo es el de una mujer trofeo de guerra
–ora la de la casa, ora la de la vereda antes del éxodo–,
Mi cuerpo es el de un hombre de pobreza legendaria
o recién empobrecido,
de la enfermedad que volvió de antaño galopando en
la miseria,
del estómago crujiente,
de las manos crispadas tras las rejas,
de la infancia asolada,
de la vejez abandonada.
Mi
cuerpo es negro, indígena y mestizo.
Mi cuerpo es costa, montaña, llano y selva.
Mi
cuerpo se antoja deambulante, explorador, afluente,
sin censura y sin medida.
Se
imagina amando a su igual y a su distinto, y a los dos.
Y soñando y planeando y celando y creciendo y sufriendo y
gozando
y procreando sin cortapisas ni prohibiciones ni velos ni castigos.
Mi
cuerpo quiere ser derecho y deber de obligatorio cumplimiento.
Mi cuerpo quiere hacer el amor y no la guerra,
y no quiere que se la hagan a mansalva, tampoco en descubierto.
Mi
cuerpo es templo de placer
que es como decir de humanidad.
Mi
cuerpo es el primer territorio de paz
al igual que tu cuerpo.
Al
salmo respondemos:
y el de todas nosotros
y el de todos nosotras.
Carlos
Iván García Suárez
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