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En
un país como Colombia con un conflicto social y armado de
tantos años, por lo menos dos generaciones, sino más,
han aprendido a vivir con los actos violentos como un asunto cotidiano.
La crisis de convivencia en la escuela obedece en gran parte
a esta realidad violenta, pero, además, a que los y
las docentes dejaron influenciar su discurso por la mal denominada
cultura de la violencia, sin hacer nada para evitarlo. Incorporaron
los códigos de la violencia, al ejercicio pedagógico,
de manera tacita e irresponsable. Hoy, los diversos tipos
de violencia hacen presencia cada vez con más fuerza en las
aulas de clase y, por supuesto, en la interrelación maestro
(maestra) alumno (alumna). Y ni que decir, de la interrelación
entre docentes y de estos y estas con las directivas.
Hoy, cuando educadores y educadoras se quejan de la perdida del
respeto por parte de sus alumnos y alumnas, al igual que a las aulas
de clase y a los recintos escolares, y que muchos de los enfrentamientos
les hace ver más como rivales en combate, que en una relación
enseñanza aprendizaje, uno se pregunta:¿qué
tanto han reflexionado los maestros que se quejan de la perdida
de respeto, sobre su discurso en la escuela? ¿Son concientes
acaso, de que su manejo del lenguaje violenta, provoca e incluso
agrede al alumno o la alumna, generándole resistencia hacia
el aprendizaje y hacia la convivencia.
Entonces, si convivencia y aprendizaje constituyen de por si asuntos
inseparables en el ejercicio docente ¿Cómo puede ser
atractiva una escuela donde nos perdimos el respeto a nosotros mismos
y a la condición humana?
Aunque este cuestionamiento o reflexión se convirtió
en el lugar común de todos los análisis, talleres,
seminarios, y evaluaciones pedagógicas a las que uno asiste,
es muy poco o nada, lamentablemente, lo que hemos avanzado en este
sentido, como manera de buscar una solución real al problema
de la convivencia en la escuela.
Yo, por supuesto, no pretendo entregar formulas mágicas para
la solución al problema de la convivencia escolar. Pero el
haber sido alumno -kinder, primaria mixta, primaria masculina, bachillerato,
universidad, cursos de especialización y demás- así
como maestro hombre homosexual masculino, quisiera llevarles una
reflexión desde mis vivencias y desde las que he recogido
como conferencista en manejo de sexualidad y ETS[1] - especialmente
con jóvenes- y de las asesorías a personas homosexuales,
bisexuales o transgenero, sus familias y algunos(as) profesores(as)
en el proyecto social y político que dirijo, CIUDADANO GAY
PSP; a cerca del cómo se violentan a diario las personas
en el ámbito escolar por parte de sus maestros y maestras,
en especial cuando se abordan temas de sexualidad. Quiero
con mi reflexión contribuir a la búsqueda de soluciones
para la convivencia y el respeto desde el ejercicio pedagógico,
en especial para aquellos y aquellas docentes que trabajan con jóvenes
que viven el despertar de su deseo por el otro u otra y que, además,
se enfrentan a sus primeras experiencias sexuales y /o genitales.
Independientemente de que sean o no homosexuales.
Es necesario, y me atrevo a pedirles tal disposición, que
para esta reflexión nos despojemos un poco de nuestra condición
de profesionales (maestros, periodistas, intelectuales, etc) y nos
encontremos en un plano mucho mas cotidiano, más común:
el de simples compañeros de la vida. Que pensemos
en algunas de las teorías que –como maestros
o maestras- conocemos y practicamos al pie de la letra pero, esta
vez, desde la simpleza y el sentido común. Asunto que usualmente
perdemos al momento de ser nombrados como profesionales. Es
ahí, en lo cotidiano, estoy seguro, el único terreno
en el que los asuntos de la sexualidad, la intimidad y la humanidad
pierden la obligatoriedad del “deber ser”, y, por tanto,
es el escenario ideal desde donde plantear y entender con efectividad,
la necesidad de constituir al cuerpo nuestro y del otro (otra) como
el primer territorio de paz.
Comenio, en su Didáctica Magna, resume en una sola frase
su concepto de la enseñanza: "enseña todo a todos"[2]
como la necesidad de una formación integral. Pero él
no solo hacía referencia a lo integral como el conocimiento
y práctica de todas o gran parte de las ciencias, sino también
a que el maestro/ la maestra, como ser humano involucrara todas
sus capacidades en el trabajo de conducir y formar seres humanos.
Sin embargo la mayoría de los y las docentes nos enfrascamos
tanto en el asunto del saber, de los libros y las teorías,
que dejamos de lado lo esencial de la vida y establecemos, por tanto
y aun sin proponérnoslo, una relación fría
y distante con los seres humanos educandos.
Muy distantes del "enseña todo a todos” de Comenio,
alumnos y alumnas termina siendo, por imposición nuestra,
tan solo grabadoras de lo que textualmente les enseñamos
como ideal, fundamental y único para la vida. Y, como
en un gran hipermercado -para ser consecuentes con la realidad consumista
y con el mercadeo lúdico[3] a que nos enfrentamos por estos
días-, les entregamos paquetes de conocimiento para
que los incorporen –memoricen- en su disco duro. Luego,
evaluamos dicho aprendizaje mediante una retroalimentación
de fórmulas y de aplicaciones distantes de la vida real,
aunque, por desgracia, si muy a tono con las necesidades gerenciales
del aparato productivo oficial.
Con esta manera de ejercer nuestra condición de maestros
/ maestras y con esta interpretación del “conocer”,
ni a la sociedad, ni a la escuela, por supuesto, les interesa abordar
ni trabajar, a fondo, el tema de la diversidad sexual, en tanto
no representa productividad para el sistema, ni se corresponde con
las demandas del mercado laboral.
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[1]
enfermedades de transmisión sexual
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Pero
el tema de la diversidad en la escuela, no solo no se trabaja, sino
que, además se evita. Prefieren maestros(as) y directivas(os)
conformarse con la interpretación amarillista que de la sexualidad,
hace la cultura popular, y seguir, por tanto, replicándolo
de igual manera en la escuela.
Decía también Comenio, que el maestro debería
estar por fuera de la vulgaridad y de la moral callejera; ser, según
él, un ser humano equilibrado. Pero hoy, y también
muy contrario a los planteamientos de Juan Amos Comenio, maestros
y maestras actúan con sus alumnos y en los espacios de formación
con la irresponsabilidad con que uno actúa en un espacio
de diversión o en la calle. No hemos logrado que los
prejuicios del o la docente permanezcan por fuera de la escuela
y del aula de clase; sobre todo cuando se trata de trabajar o interpretar
el tema de las sexualidades. Y es que trabajar el tema de las sexualidades
en la escuela, en los medios de comunicación, en las entidades
religiosas e incluso en la familia, requiere como mínimo
auto-reconocernos en una dimensión amplia del ser humano.
Indagar, conocer, estudiar y por supuesto asimilar las múltiples
posibilidades que, como personas, tenemos para reconocernos y para
ser, es decir, dimensionarnos mucho más allá de lo
que somos y de lo que podemos ser.
La gran dificultad para que maestros y maestras aborden a conciencia
y con respeto el tema de la diversidad sexual en el aula de clase,
es que ellos(as), como nosotros(as), son el fruto de una historia
cultural, familiar y personal, razón por la cual, se sienten
abrumados al tener que conciliar sus vivencias y moralismos propios,
con un campo tan amplio y complejo como el de la sexualidad.
Una área, además, para la que se cuenta con tan pocas
herramientas conceptuales convincentes y que presenta tanta resistencia
por parte de la cultura. Prefieren entonces, maestros y maestras,
en una actitud tan irresponsables como la de los medios de comunicación,
asumir posturas facilitas y por tanto dañinas para sus alumnos
y alumnas. Posturas como: ser indiferente, trivializar los
comportamientos -volverlos chiste-, por cierto la más común;
caracterizar los comportamientos desde los textos -que en
su mayoría también están viciados por el mercado
y la moral institucional-, o en caso extremo, aplicarles el control
moralista, argumentado en el bien público en favor de las
mayorías, es decir, de las heterosexualidades.
Es por esto, que la reflexión sobre el cuerpo como primer
territorio de paz en el escenario de la escuela y de la enseñanza,
tiene la intención fundamental de ser un llamado a que el
maestro (la maestra), reitero, no se deje llevar por las pasiones
personales –sus fantasmas- ni por las interpretaciones de
la calle, al momento de referirse a la sexualidad, la identidad,
los roles de genero y la genitalidad, de sus alumnos y alumnas.
Es necesario reorientar el hacer pedagógico, sobre la base
de construir un nuevo discurso. Un discurso propio para la escuela
y aula de clase en el que prevalezca la condición de seres
humanos de los alumnos y las alumnas, sobre las categorías
moralistas, sexistas, machistas, y de producción tradicionales.
Un asunto primordial, en especial si se tiene en cuenta que el discurso
de la escuela, por su soporte en el conocimiento, es por tradición
el discurso de otros y otras: frió, distante e irreal.
El discurso del ser humano docente, debe ser además un discurso
tras disciplinario, que vaya más allá de su área
de saber, dimensionado con el compromiso de que se están
formando seres humanos hacia la consolidación de personas;
y ser persona, es un asunto de integralidad, de espacios propios
y ajenos, nuevos y heredados, de ahí que el cuerpo y las
sensibilidades del y la joven en formación deban ser asuntos
de los que se haga mención con el debido respeto por sus
particularidades y por sus singularidades. Asumir dichos cuerpo
como lo que son: escenario donde “Es” o habita la condición
humana.
El cuerpo como escenario de paz en la escuela y el aula de clase
exige un lenguaje y una mentalidad descompartimentada, donde la
generalidad sea la constante, donde los seres humanos educandos
dejan de ser nombrados con las categorías tradicionales del
sexismo, el machismo, la moral e incluso la raza, el poder, el estrato,
la estética y la inteligencia.
Ver a alumnos y alumnas y trabajar con ellos y ellas como seres
humanos es dejar de verlos(as) también, como paquetes estereotipados,
etiquetados, de acuerdo con sus contenidos (características).
Dejar de nombrarlos diferencialmente como hombres y mujeres, niños
y niñas, sin un convencimiento -introyección-
real del porque se hacen estas diferenciaciones, pues en tal caso,
estaríamos de igual forma agrupándolos como simples
paquetes de penes o de vaginas, con la caracterización y
el estigma que esto representa para la cultura. Escindirse
de lo genérico –ser humano- sin una real apropiación
e intencionalidad para la convivencia y el respeto, es en últimas
desconocer que la diversidad en inherente al ser humano y a la vida.
Por eso, insisto, una buena manera para que maestros y maestras
dejen de violentar el cuerpo y las sensibilidades de sus alumnos
y alumnas es que acompañen el ejercicio de enseñar
de una actitud pedagógica mas cotidiana. Cotidianidad
desde donde, unos y otros y unas y otras, puedan construir herramientas
para aprender a entenderse, a convivir no solo en el ámbito
de la escuela, sino en el desarrollo mismo de la vida. La cotidianidad,
de manera innegable y como la vida misma, incluye la sexualidad.
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[2]"Comenio,
Juan Amos", Enciclopedia Microsoft® Encarta® 98 ©
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[3] El mercadeo lúdico es una practica que
se pone de moda ahora con el asunto de los hipermercados, grandes
almacenes y centros comerciales, en la que estas empresas ofrecen
a jardines infantiles, escuelas, colegios, universidades, institutos,
grupos barriales y de la tercera edad, la posibilidad de una visita
guiada por sus instalaciones con la aparente intención de
un trabajo social, pero que en realidad se constituye en un adiestramiento
para el consumo
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