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La Diversidad Sexual y su tratamiento pedagógico en la escuela
"Desde" El cuerpo como territorio de paz
 
 

...El discurso en la escuela

Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio
Proverbio hindú.



Por: Manuel José Bermúdez Andrade

Periodista, docente universitario y líder social
ciudadanogaydemedellin@gmail.com

En un país como Colombia con un conflicto social y armado de tantos años, por lo menos dos generaciones, sino más, han aprendido a vivir con los actos violentos como un asunto cotidiano. La crisis de convivencia en la escuela  obedece en gran parte a esta realidad violenta, pero, además,  a que los y las docentes dejaron influenciar su discurso por la mal denominada cultura de la violencia, sin hacer nada para evitarlo.  Incorporaron los códigos de la violencia,  al ejercicio pedagógico, de manera tacita e irresponsable.  Hoy, los diversos tipos de violencia hacen presencia cada vez con más fuerza en las aulas de clase y, por supuesto, en la interrelación maestro (maestra) alumno (alumna). Y ni que decir, de la interrelación entre docentes y de estos y estas con las directivas.
Hoy, cuando educadores y educadoras se quejan de la perdida del respeto por parte de sus alumnos y alumnas, al igual que a las aulas de clase y a los recintos escolares, y que muchos de los enfrentamientos les hace ver más como rivales en combate, que en una relación enseñanza aprendizaje, uno se pregunta:¿qué tanto han reflexionado los maestros que se quejan de la perdida de respeto, sobre su discurso en la escuela? ¿Son concientes acaso, de que su manejo del lenguaje violenta, provoca e incluso agrede al alumno o la alumna, generándole resistencia hacia el aprendizaje y hacia la convivencia.
Entonces, si convivencia y aprendizaje constituyen de por si asuntos inseparables en el ejercicio docente ¿Cómo puede ser atractiva una escuela donde nos perdimos el respeto a nosotros mismos y a la condición humana? 
Aunque este   cuestionamiento o reflexión se convirtió en el lugar común de todos los análisis, talleres, seminarios, y evaluaciones pedagógicas a las que uno asiste, es muy poco o nada, lamentablemente, lo que hemos avanzado en este sentido, como manera de buscar una solución real al problema de la convivencia en la escuela.
Yo, por supuesto, no pretendo entregar formulas mágicas para la solución al problema de la convivencia escolar. Pero el haber sido alumno -kinder, primaria mixta, primaria masculina, bachillerato, universidad, cursos de especialización y demás- así como maestro hombre homosexual masculino, quisiera llevarles una reflexión desde mis vivencias y desde las que he recogido como conferencista en manejo de sexualidad y ETS[1] - especialmente con jóvenes- y de las asesorías a personas homosexuales, bisexuales o transgenero, sus familias y algunos(as) profesores(as) en el proyecto social y político que dirijo, CIUDADANO GAY PSP; a cerca del cómo se violentan a diario las personas en el ámbito escolar por parte de sus maestros y maestras, en especial cuando se abordan temas de sexualidad.  Quiero con mi reflexión contribuir a la búsqueda de soluciones para la convivencia y el respeto desde el ejercicio pedagógico, en especial para aquellos y aquellas docentes que trabajan con jóvenes que viven el despertar de su deseo por el otro u otra y que, además, se enfrentan a sus primeras experiencias sexuales y /o genitales. Independientemente de que sean o no homosexuales.
Es necesario, y me atrevo a pedirles tal disposición, que para esta reflexión nos despojemos un poco de nuestra condición de profesionales (maestros, periodistas, intelectuales, etc) y nos encontremos en un plano mucho mas cotidiano, más común: el de simples compañeros de la vida.   Que pensemos en algunas de las teorías que –como maestros  o maestras- conocemos y practicamos al pie de la letra pero, esta vez, desde la simpleza y el sentido común. Asunto que usualmente perdemos al momento de ser nombrados como profesionales.  Es ahí, en lo cotidiano, estoy seguro, el único terreno en el que los asuntos de la sexualidad, la intimidad y la humanidad pierden la obligatoriedad del “deber ser”, y, por tanto, es el escenario ideal desde donde plantear y entender con efectividad, la necesidad de constituir al cuerpo nuestro y del otro (otra) como el primer territorio de paz.
Comenio, en su Didáctica Magna, resume en una sola frase su concepto de la enseñanza: "enseña todo a todos"[2] como la necesidad de una formación integral. Pero él no solo hacía referencia a lo integral como el   conocimiento y práctica de todas o gran parte de las ciencias, sino también a que el maestro/ la maestra, como ser humano involucrara todas sus capacidades en el trabajo de conducir y formar seres humanos. Sin embargo la mayoría de los y las docentes nos enfrascamos tanto en el asunto del saber, de los libros y las teorías, que dejamos de lado lo esencial de la vida y establecemos, por tanto y aun sin proponérnoslo, una relación fría y distante con los seres humanos educandos.
Muy distantes del "enseña todo a todos” de Comenio, alumnos y alumnas termina siendo, por imposición nuestra, tan solo grabadoras de lo que textualmente les enseñamos como ideal, fundamental y único para la vida.  Y, como en un gran hipermercado -para ser consecuentes con la realidad consumista y con el mercadeo lúdico[3] a que nos enfrentamos por estos días-, les entregamos  paquetes de conocimiento para que los incorporen –memoricen- en su disco duro.  Luego, evaluamos dicho aprendizaje mediante una retroalimentación de fórmulas y de aplicaciones distantes de la vida real, aunque, por desgracia,  si muy a tono con las necesidades gerenciales del aparato productivo oficial.
Con esta manera de ejercer nuestra condición de maestros / maestras y con esta interpretación del “conocer”, ni a la sociedad, ni a la escuela, por supuesto, les interesa abordar ni trabajar, a fondo, el tema de la diversidad sexual, en tanto no representa productividad para el sistema, ni se corresponde con las demandas del mercado laboral.
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[1] enfermedades de transmisión sexual

Pero el tema de la diversidad en la escuela, no solo no se trabaja, sino que, además se evita.  Prefieren maestros(as) y directivas(os) conformarse con la interpretación amarillista que de la sexualidad, hace la cultura popular, y seguir, por tanto,   replicándolo de igual manera en la escuela.  
Decía también Comenio, que el maestro debería estar por fuera de la vulgaridad y de la moral callejera; ser, según él, un ser humano equilibrado.  Pero hoy, y también muy contrario a los planteamientos de Juan Amos Comenio, maestros y maestras actúan con sus alumnos y en los espacios de formación con la irresponsabilidad con que uno actúa en un espacio de diversión o en la calle.  No hemos logrado que los prejuicios del o la docente permanezcan por fuera de la escuela y del aula de clase; sobre todo cuando se trata de trabajar o interpretar el tema de las sexualidades. Y es que trabajar el tema de las sexualidades en la escuela, en los medios de comunicación, en las entidades religiosas e incluso en la familia, requiere como mínimo auto-reconocernos en una dimensión amplia del ser humano. Indagar, conocer, estudiar y por supuesto asimilar las múltiples posibilidades que, como personas, tenemos para reconocernos y para ser, es decir, dimensionarnos mucho más allá de lo que somos y de lo que podemos ser.
La gran dificultad para que maestros y maestras aborden a conciencia y con respeto el tema de la diversidad sexual en el aula de clase, es que ellos(as), como nosotros(as), son el fruto de una historia cultural, familiar y personal, razón por la cual, se sienten abrumados al tener que conciliar sus vivencias y moralismos propios, con un campo tan amplio y complejo como el de la sexualidad.  Una área, además, para la que se cuenta con tan pocas herramientas conceptuales convincentes y que presenta tanta resistencia por parte de la cultura. Prefieren entonces, maestros y maestras, en una actitud tan irresponsables como la de los medios de comunicación, asumir posturas facilitas y por tanto dañinas para sus alumnos y alumnas.  Posturas como: ser indiferente, trivializar los comportamientos -volverlos chiste-, por cierto la más común; caracterizar los comportamientos  desde los textos -que en su mayoría también están viciados por el mercado y la moral institucional-, o en caso extremo, aplicarles el control moralista, argumentado en el bien público en favor de las mayorías, es decir, de las heterosexualidades.
Es por esto, que la reflexión sobre el cuerpo como primer territorio de paz en el escenario de la escuela y de la enseñanza, tiene la intención fundamental de ser un llamado a que el maestro (la maestra), reitero, no se deje llevar por las pasiones personales –sus fantasmas- ni por las interpretaciones de la calle, al momento de referirse a la sexualidad, la identidad, los roles de genero y la genitalidad, de sus alumnos y alumnas.  Es necesario reorientar el hacer pedagógico, sobre la base de construir un nuevo discurso. Un discurso propio para la escuela y aula de clase en el que prevalezca la condición de seres humanos de los alumnos y las alumnas, sobre las categorías moralistas, sexistas, machistas, y de producción tradicionales. Un asunto primordial, en especial si se tiene en cuenta que el discurso de la escuela, por su soporte en el conocimiento, es por tradición el discurso de otros y otras: frió, distante e irreal.
El discurso del ser humano docente, debe ser además un discurso tras disciplinario, que vaya más allá de su área de saber, dimensionado con el compromiso de que se están formando seres humanos hacia la consolidación de personas; y ser persona, es un asunto de integralidad, de espacios propios y ajenos, nuevos y heredados, de ahí que el cuerpo y las sensibilidades del y la joven en formación deban ser asuntos de los que se haga mención con el debido respeto por sus particularidades y por sus singularidades. Asumir dichos cuerpo como lo que son: escenario donde “Es” o habita la condición humana.
El cuerpo como escenario de paz en la escuela y el aula de clase exige un lenguaje y una mentalidad descompartimentada, donde la generalidad sea la constante, donde los seres humanos educandos dejan de ser nombrados con las categorías tradicionales del sexismo, el machismo, la moral e incluso la raza, el poder, el estrato, la estética y la inteligencia. 
Ver a alumnos y alumnas y trabajar con ellos y ellas como seres humanos es dejar de verlos(as) también, como paquetes estereotipados, etiquetados, de acuerdo con sus contenidos (características).  Dejar de nombrarlos diferencialmente como hombres y mujeres, niños y niñas, sin un convencimiento  -introyección- real del porque se hacen estas diferenciaciones, pues en tal caso, estaríamos de igual forma agrupándolos como simples paquetes de penes o de vaginas, con la caracterización y el  estigma que esto representa para la cultura. Escindirse de lo genérico –ser humano- sin una real apropiación e intencionalidad para la convivencia y el respeto, es en últimas desconocer que la diversidad en inherente al ser humano y a la vida.
Por eso, insisto, una buena manera para que maestros y maestras dejen de violentar el cuerpo y las sensibilidades de sus alumnos y alumnas es que acompañen el ejercicio de enseñar de una actitud pedagógica mas cotidiana.  Cotidianidad desde donde, unos y otros y unas y otras, puedan construir herramientas para aprender a entenderse, a convivir no solo en el ámbito de la escuela, sino en el desarrollo mismo de la vida. La cotidianidad, de manera innegable y como la vida misma, incluye la sexualidad.

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[2]"Comenio, Juan Amos", Enciclopedia Microsoft® Encarta® 98 © 1993-1997 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.
[3] El mercadeo lúdico es una practica que se pone de moda ahora con el asunto de los hipermercados, grandes almacenes y centros comerciales, en la que estas empresas ofrecen a jardines infantiles, escuelas, colegios, universidades, institutos, grupos barriales y de la tercera edad, la posibilidad de una visita guiada por sus instalaciones con la aparente intención de un trabajo social, pero que en realidad se constituye en un adiestramiento para el consumo

  Subtemas
 
1. El discurso en la escuela
  2. Los imaginarios culturales y el lenguaje como violentadores del "ser"
  3. Llamar a las cosas por su nombre    
  4. Terminos en su mayoría mal interpretados en referencia al tema de la sexualidad