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La Diversidad Sexual y su tratamiento pedagógico en la escuela
"Desde" El cuerpo como territorio de paz
 
 


...Los imaginarios culturales y el lenguaje como violentadores del "SER"

Cuando hables, procura que tus palabras sean mejores que el silencio
Proverbio hindú.



Por: Manuel José Bermúdez Andrade

Periodista, docente universitario y líder social
ciudadanogaydemedellin@gmail.com

El escritor y periodista Alonso Salazar, en su análisis de la cultura violenta en las comunas de Medellín, que en su mayoría involucra a jóvenes escolares o desescolarizados, plantea como los imaginarios culturales y del lenguaje terminan siendo el impedimento para que la sociedad en general -incluida por supuesto la escuela- nos introyectemos el orden, la ley y por tanto el respeto por el otro u otra. Precisamente, el gran escollo al momento de generar nuevas estrategias de convivencia en la escuela, sigue siendo que aprendimos, casi de manera natural en Colombia, a violentar permanentemente al otro u otra, como una actitud de poder –yo soy más que usted-. Siempre a la defensiva, categorizamos a nuestro interlocutor en términos comparativos de superior-inferior, mejor-peor, aceptado(a) y /o reconocidos-clandestino(a), legal-delincuente, etc. También en el aula de clase y en la escuela estamos dando rienda suelta mediante el lenguaje tácito, a este tipo de actitudes, de tal manera que al Igual que en las comunas, maestros y maestras, actúan con la prevalencia de una actitud violenta de no aceptación a ciertas categorías establecidas desde la moral o desde los imaginarios mismos de la cultura. Sus maneras de decir las cosas, aun en referencia al conocimiento, terminan constituyéndose en un actitud violenta para con los alumnos y alumnas.  Y me refiero al lenguaje tácito, por que en el lenguaje directo y ante la presencia de la norma o de la autoridad, como sucede en la actitud delincuencial, esto no se hace visible e incluso se rechaza: “yo jamás haría eso”. “por el contrario, a mi los gay me caen muy bien y tienen todo el derecho a ser tratados como iguales”.
Dice también Alonso Salazar, que sólo hasta que logremos introyectarnos la norma, la ley y el respeto por el otro, aún en ausencia de la autoridad, la sociedad podrá cambiar sus actitudes violentas.  Para el caso de la escuela y con respecto a la diversidad sexual, sería reconocer claramente en el alumno o la alumna a un ser humano en proceso de formación como persona y no a un desviado al que  evangelizar o enderezar, aunque los libros, las guías escolares y los mal llamados manuales de convivencia, caractericen su conducta de manera contraria o perversa.
Creo que la mejor manera de evidenciar esto de la violencia tacita contra el cuerpo y la sexualidad mediante el lenguaje del aula de clase, es haciendo referencia a una anécdota típica de un colegio nuestro cualquiera:
Carlos Eduardo de 13 años de edad es homosexual, pero nunca ha sentido ningún tipo de atracción por nadie. Juega fútbol, es brusco y es un excelente estudiante –en términos de referencia tradicionales: posee buena memoria; pero además, tiene gran potencial para el análisis.  Carlos acaba de pasar por la primera etapa de maduración, es decir, sus características primarias como hombre biológico están apareciendo, tiene sombra de bello en la cara, su voz empieza a ponerse ronca, sus hombros a ensancharse, y se manifestaron ya sus primeras poluciones o eyaculaciones nocturnas, aunque aun sin fantasía erótica.
Pero el joven Carlos anda por estos días bastante bajo en su nivel de estudios, y se le nota ensimismado, lo cual no es usual, pues maneja una muy buena relación con hombres y mujeres del grupo; la razón para permanecer silencioso y distante, de Carlos Eduardo, es que por estos días empiezan a manifestarse  las características secundarias de su maduración, y, con mucha confusión, a percibido una extraña atracción, incluso con erecciones, por uno de sus compañeros del equipo de fútbol. Carlos no ha comentado esto con nadie, pero ha pensado en conversarlo con su profesora de ciencias, la que sostiene mejor relación con alumnos y alumnas por su jocosidad y desparpajo.

Carlos Eduardo percibe -lo que le genera la angustia- que, a pesar de haber escuchado de algunas relaciones homogenitales entre compañeros de su misma edad, su caso no es de simples ganas de experimentación, ni de desahogo sexual de adolescente.  Siente que lo suyo trasciende lo genital y que lo que está, es enamorado.
Es decir que, Carlos Eduardo a sus 13 años, se está empezando a auto-reconocer como homosexual.
Como de costumbre, Carlos, entró a clase de ciencias después del recreo. Un tanto más tranquilo, además, porque oyó una conversación en la que su maestra se refería a los homosexuales como seres con los mismos derechos de las demás personas.  Sin embargo, esta misma maestra tenía preparada su  clase sobre: los “aparatos reproductores” –así aparecen en todos los textos escolares- “masculino y femenino”.  Se refirió, entonces, a la maduración, la menstruación , la eyaculación, la relación pene-vagina, la concepción, y el ser padres como un momento sublime de la vida.  Y para terminar, la maestra  hizo  referencia a la sexualidad, para lo cual invito al grupo a formarse en parejas, reiterando, eso sí, que fueran de hombre y mujer, como una manera para, desde ya, ir visualizando el tema de la familia. La dinámica por “parejas” consistió en una discusión, bastante lúdica, sobre las diferencias entre uno y otros sexos. La clase finalizó con un trabajo sobre el uso del condón para una sexualidad sana y responsable –campaña institucional- y la maestra le regaló condones a los hombres del grupo para que, según ella: “se protegieran, y no andaran por ahí metiéndolo en cualquier parte sin protección”, pero le quedo faltando  un alumno por condón, alumno que no es Carlos Eduardo, y que tampoco es homosexual.  Los compañeros se lo gozan y comentan que él no lo necesita, pues le gusta que le den por el trasero.   El compañero de Carlos, al que le hacen la chanza, hace ademanes de loca y para el trasero hacia el resto del grupo. La profesora deja el aula de clase, no sin antes responderle a los que  gozan con las payasadas del alumno y con tono igualmente jocoso: - y qué, por ahí no se a muerto nadie, además, aunque eso debe doler mucho, cada uno hace con su trasero lo que le plazca...
Podría continuar el texto con muchos detalles más, sin embargo tan solo quiero pedirles que por un instante se pongan en el lugar de este niño adolescente de 13 años. Piensen en como se sentiría después de la arremetida violenta, patrocinada por su profesora, de la clase, contra su cuerpo y su sexualidad.  A Carlos Eduardo le quedaron claro entre otras cosas,  y a propósito de las circunstancias de vida que atravesaba, que: ser pareja es ser hombre y mujer, que si no usaba el pene para la reproducción lo único que le quedaba era dar culo –asunto por demás doloroso- y para el que no necesitaba condón, como las mujeres; o, además, que podía constituirse en una loca graciosa, pues todas las locas hacen reír, en especial cuando se las están gozando.
Pero además de Carlos Eduardo, debieron salir violentadas en su integridad las mujeres, lesbianas o no, que habían pensado en otro tipo de realización como mujeres –profesionalización por ejemplo-  distinto al de ser madres.
En este caso la maestra obró de acuerdo a los textos y a sus apreciaciones personales, a lo que escucho en la calle. Acentuó más en sus alumnos y alumnas la imagen popular que se tiene de los maricas, de los machos, de las mujeres paridoras, del sexo, la concepción y la anticoncepción , la pareja, sin, mencionar, por supuesto, que además, no tuvo en cuenta para nada a sus alumnos y alumnas en cuanto personas.  Su clase, fue una simple y vulgar apreciación biológica de la condición humana.

  Subtemas
 
  2. Los imaginarios culturales y el lenguaje como violentadores del "ser"
  3. Llamar a las cosas por su nombre    
  4. Terminos en su mayoría mal interpretados en referencia al tema de la sexualidad