|
|
El
escritor y periodista Alonso Salazar, en su análisis de la
cultura violenta en las comunas de Medellín, que en su mayoría
involucra a jóvenes escolares o desescolarizados, plantea
como los imaginarios culturales y del lenguaje terminan siendo el
impedimento para que la sociedad en general -incluida por supuesto
la escuela- nos introyectemos el orden, la ley y por tanto el respeto
por el otro u otra. Precisamente, el gran escollo al momento de
generar nuevas estrategias de convivencia en la escuela, sigue siendo
que aprendimos, casi de manera natural en Colombia, a violentar
permanentemente al otro u otra, como una actitud de poder –yo
soy más que usted-. Siempre a la defensiva, categorizamos
a nuestro interlocutor en términos comparativos de superior-inferior,
mejor-peor, aceptado(a) y /o reconocidos-clandestino(a), legal-delincuente,
etc. También en el aula de clase y en la escuela estamos
dando rienda suelta mediante el lenguaje tácito, a este tipo
de actitudes, de tal manera que al Igual que en las comunas, maestros
y maestras, actúan con la prevalencia de una actitud violenta
de no aceptación a ciertas categorías establecidas
desde la moral o desde los imaginarios mismos de la cultura. Sus
maneras de decir las cosas, aun en referencia al conocimiento, terminan
constituyéndose en un actitud violenta para con los alumnos
y alumnas. Y me refiero al lenguaje tácito, por que
en el lenguaje directo y ante la presencia de la norma o de la autoridad,
como sucede en la actitud delincuencial, esto no se hace visible
e incluso se rechaza: “yo jamás haría eso”.
“por el contrario, a mi los gay me caen muy bien y tienen
todo el derecho a ser tratados como iguales”.
Dice
también Alonso Salazar, que sólo hasta que logremos
introyectarnos la norma, la ley y el respeto por el otro, aún
en ausencia de la autoridad, la sociedad podrá cambiar sus
actitudes violentas. Para el caso de la escuela y con respecto
a la diversidad sexual, sería reconocer claramente en el
alumno o la alumna a un ser humano en proceso de formación
como persona y no a un desviado al que evangelizar o enderezar,
aunque los libros, las guías escolares y los mal llamados
manuales de convivencia, caractericen su conducta de manera contraria
o perversa.
Creo
que la mejor manera de evidenciar esto de la violencia tacita contra
el cuerpo y la sexualidad mediante el lenguaje del aula de clase,
es haciendo referencia a una anécdota típica de un
colegio nuestro cualquiera:
Carlos
Eduardo de 13 años de edad es homosexual, pero nunca ha sentido
ningún tipo de atracción por nadie. Juega fútbol,
es brusco y es un excelente estudiante –en términos
de referencia tradicionales: posee buena memoria; pero además,
tiene gran potencial para el análisis. Carlos acaba
de pasar por la primera etapa de maduración, es decir, sus
características primarias como hombre biológico están
apareciendo, tiene sombra de bello en la cara, su voz empieza a
ponerse ronca, sus hombros a ensancharse, y se manifestaron ya sus
primeras poluciones o eyaculaciones nocturnas, aunque aun sin fantasía
erótica.
Pero
el joven Carlos anda por estos días bastante bajo en su nivel
de estudios, y se le nota ensimismado, lo cual no es usual, pues
maneja una muy buena relación con hombres y mujeres del grupo;
la razón para permanecer silencioso y distante, de Carlos
Eduardo, es que por estos días empiezan a manifestarse
las características secundarias de su maduración,
y, con mucha confusión, a percibido una extraña atracción,
incluso con erecciones, por uno de sus compañeros del equipo
de fútbol. Carlos no ha comentado esto con nadie, pero ha
pensado en conversarlo con su profesora de ciencias, la que sostiene
mejor relación con alumnos y alumnas por su jocosidad y desparpajo.
|
|
Carlos
Eduardo percibe -lo que le genera la angustia- que, a pesar de haber
escuchado de algunas relaciones homogenitales entre compañeros
de su misma edad, su caso no es de simples ganas de experimentación,
ni de desahogo sexual de adolescente. Siente que lo suyo trasciende
lo genital y que lo que está, es enamorado.
Es decir que, Carlos Eduardo a sus 13 años, se está
empezando a auto-reconocer como homosexual.
Como
de costumbre, Carlos, entró a clase de ciencias después
del recreo. Un tanto más tranquilo, además, porque
oyó una conversación en la que su maestra se refería
a los homosexuales como seres con los mismos derechos de las demás
personas. Sin embargo, esta misma maestra tenía preparada
su clase sobre: los “aparatos reproductores” –así
aparecen en todos los textos escolares- “masculino y femenino”.
Se refirió, entonces, a la maduración, la menstruación
, la eyaculación, la relación pene-vagina, la concepción,
y el ser padres como un momento sublime de la vida. Y para
terminar, la maestra hizo referencia a la sexualidad,
para lo cual invito al grupo a formarse en parejas, reiterando,
eso sí, que fueran de hombre y mujer, como una manera para,
desde ya, ir visualizando el tema de la familia. La dinámica
por “parejas” consistió en una discusión,
bastante lúdica, sobre las diferencias entre uno y otros
sexos. La clase finalizó con un trabajo sobre el uso del
condón para una sexualidad sana y responsable –campaña
institucional- y la maestra le regaló condones a los hombres
del grupo para que, según ella: “se protegieran, y
no andaran por ahí metiéndolo en cualquier parte sin
protección”, pero le quedo faltando un alumno
por condón, alumno que no es Carlos Eduardo, y que tampoco
es homosexual. Los compañeros se lo gozan y comentan
que él no lo necesita, pues le gusta que le den por el trasero.
El compañero de Carlos, al que le hacen la chanza,
hace ademanes de loca y para el trasero hacia el resto del grupo.
La profesora deja el aula de clase, no sin antes responderle a los
que gozan con las payasadas del alumno y con tono igualmente
jocoso: - y qué, por ahí no se a muerto nadie, además,
aunque eso debe doler mucho, cada uno hace con su trasero lo que
le plazca...
Podría
continuar el texto con muchos detalles más, sin embargo tan
solo quiero pedirles que por un instante se pongan en el lugar de
este niño adolescente de 13 años. Piensen en como
se sentiría después de la arremetida violenta, patrocinada
por su profesora, de la clase, contra su cuerpo y su sexualidad.
A Carlos Eduardo le quedaron claro entre otras cosas, y a
propósito de las circunstancias de vida que atravesaba, que:
ser pareja es ser hombre y mujer, que si no usaba el pene para la
reproducción lo único que le quedaba era dar culo
–asunto por demás doloroso- y para el que no necesitaba
condón, como las mujeres; o, además, que podía
constituirse en una loca graciosa, pues todas las locas hacen reír,
en especial cuando se las están gozando.
Pero
además de Carlos Eduardo, debieron salir violentadas en su
integridad las mujeres, lesbianas o no, que habían pensado
en otro tipo de realización como mujeres –profesionalización
por ejemplo- distinto al de ser madres.
En
este caso la maestra obró de acuerdo a los textos y a sus
apreciaciones personales, a lo que escucho en la calle. Acentuó
más en sus alumnos y alumnas la imagen popular que se tiene
de los maricas, de los machos, de las mujeres paridoras, del sexo,
la concepción y la anticoncepción , la pareja, sin,
mencionar, por supuesto, que además, no tuvo en cuenta para
nada a sus alumnos y alumnas en cuanto personas. Su clase,
fue una simple y vulgar apreciación biológica de la
condición humana.
|