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LOS
INNOMBRABLES... 

Prohibido pronunciar su nombre.

    Toda esta tropa de desheredados de la fortuna son los que, después de pasar por todos los tamices impuestos por las culturas y religiones dominantes de cada momento, formaron parte de nuestras tradiciones. Pero su creencia siempre ha llevado implícito uno de sus mayores problemas: el peligro de pronunciar el auténtico nombre de estas criaturas.

    Nuestros antepasados sabían que ni a culebras, hadas o demonios conviene citarlos por su propio nombre. Por esta razón, en los siglos XVI y XVII, al diablo o demonio se le designaba prudentemente con otros paliativos «por si las moscas»(recordemos que Belcebú es el «señor de las moscas»), pues nombrar a lín ser de estas características y de connotaciones tan negativas podría acarrear serias desgracias.

    Lo más normal era nombrar al demonio por sus atributos, cualidades o señas: el maligno, el enemigo, el tentador, patas de gallo, patas de grulla, Pedro Botero, Patillas, Pateta, el Mengue, etc. Si tal variedad se ha dado a nivel general, ¿cómo no se iba a producir lo mismo a nivel regional o local?.

    En, cada zona de España han seguido la misma costumbre de evitar en lo posible su invocación o «nombrarlo a derechas». Pero en ocasiones lo que se manifiesta no es precisamente el diablo, en su concepto más malvado, sino algún espíritu de la naturaleza con similares características fisicas: cuernos, rabo, pezuñas, prendas de color rojo... aunque con mejores y evidentes intenciones, sobre todo la de divertirse a costa de un ser humano, sin buscar con ello la perdición eterna de su alma. Lo del alma era una asignatura pendiente que tenían nuestros teólogos e inquisidores, que no podían admitir, por una lado, que estos oscuros seres tuvieran una como nosotros y, por otro, que precisamente hicieran pactos con los humanos para apoderarse de sus almas tan preciadas para ellos, tal vez para conseguir así su inmortalidad.

    Estos pactos diabólicos ha generado mucha literatura y muchos procesos inquisitoriales.

    La sabiduría del pueblo intuye que, en realidad, hay dos tipos de demonios, al menos, bajo esta denominación. Unos serían los inequívocos diablos bíblicos, causa de males y objeto de exorcismos por parte de la Iglesia. Los otros serían unos juguetones espíritus de la naturaleza que eran inofensivos para la paz del alma, aunque no del cuerpo. A estos últimos pronto se atrevieron a llamarles diablos, pero añadiéndoles el adjetivo de «burlón» -o el diminutivo de «diablillo»-, para que no hubiera ningún tipo de dudas en cuanto a sus verdaderas intenciones, a pesar de su inconfundible fisonomía y de que la mejor manera de conjurarlo era recitar alguna oración cristiana, esbozar ciertos gestos o repetir nombres sagrados.

 

Trasnos gamberros

Diablillos burlones

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