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Mitos antiguos y mitos modernos


 

La confianza que nuestros antepasados depositaban en estos conjuros y oraciones era enorme. Existía una para conjurar a los nubeiros y a los tronantes, atribuida a Santo Tomás de Aquino, «para defensa de los rayos de que era muy temeroso», autorizada por decreto de 11 de junio de 1891 por el excelentísimo señor arzobispo de Santiago de Compostela, que garantizaba su «efecto infalible» y que fue difundida entre los feligreses mediante hojas impresas.

            Nos dice Aurelio de Llano que «en la actualidad en varias parroquias del occidente de Asturias, entre ellas las de Cibuyos, Jedrez, etc., pertenecientes al Concejo de Cangas de Tinco, los sacerdotes, cuando llega el nuberu, tienen que conjurarlo si no quieren caer en el desagrado de sus feligreses». El antiguo cura de Aguinos, parroquia de Somiedo, le tenía cogido el truco -o habría que decir mejor, los aires- al renubeiru, y éste nunca logró apedrear ni descargar la nube sobre el pueblo, teniendo que hacerlo en un despoblado que se llama Riufornu.

En el año 1926, un curioso y casual hallazgo aportó más datos sobre la antigüedad de los conjuros para protegerse del nuberu. En la localidad de Carrio (concejo de Villayón), en el occidente astur, se encontró un fragmento de pizarra con un «esconxuro» godo grabado en una de sus caras que, una vez traducido, se supo que servía para apaciguar a las tormentas, cuya datación se situó en torno al 650 d. C., mezclándose en el texto elementos cristianos con otros claramente paganos.

 Su contenido es una invocación a la protección celestial de siete ángeles para preservar a los hombres, animales y sembrados de la agresión que pueda suponer cualquier contratiempo atmosférico. Aparecían los nombres de Miguel, Gabriel, Rafael, Ameniel, Uriel..., así como la representación del signo mágico de Salomón (signo éste que en el Comentario del Apocalipsis del Beato de Liébana se condenaba por considerarlo propio de encantamientos). Estos «esconxuros» requerían de un brujo, ensalmador o sacerdote para ser llevados convenientemente a la práctica, y aquí surge el mito de los tempestarios o conjuradores de nublados, llegándose a confundir a estos personajes humanos con los mismos seres sobrenaturales que conjuraban a través de sus hechizos.

 Además de los conjuros mencionados, se empleaban en Asturias y en otras zonas limítrofes diversos procedimientos, a cual más rebuscado, para ahuyentar a las malas nubes:

-   En Pola de Somiedo colocan delante de la casa la pala del horno y el «redoviellu» (el ródalo) en forma de cruz.

-  En Sisterna colocan en el alféizar de la ventana una servilleta y sobre ésta una hogaza y un cuchillo.

-  En Allande ponen un carro del revés, o sea, con las ruedas hacia arriba.

             Por último, señalar algo que en la actualidad está dando que hablar en España y en Francia. Nos referimos a los aviones o avionetas «ladronas de nubes». Está enmarcado en lo que se ha dado en llamar leyendas contemporáneas o mitos urbanos (aunque más bien habría que denominarlos mitos rurales por la zona donde se producen algunos de ellos). El problema es el contrario del que hemos señalado en estas páginas. No provocan tormentas, sino todo lo contrario.

Básicamente, se trata de la existencia de extrañas avionetas(sin identificar) que recorren los cielos de algunas localidades, evitando que las nubes se formen, impidiendo la lluvia.

Los agricultores de Soria y de Murcia creen que son una especie de «demonios del aire» que lanzan yoduro de plata a las nubes para impedir las precipitaciones, provocando una desoladora sequía en sus campos. El motivo y el origen de estas avionetas se desconoce por el momento, pero más de un campesino está dispuesto a conjurar a estos «demonios» a escopetazo limpio. Es la historia interminable ...

 

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