logotipo

img_google

        Había una madre que no conseguía que su hijo pequeño regresara a casa antes del anochecer. Para asustarlo, le dijo que había unos espíritus que salían al camino tan pronto como se ponía el sol. Desde aquel momento, el niño no volvió a retrasarse. Pero, cuando creció, tenía tanto miedo a la oscuridad y a los espíritus que no había manera de que saliese de noche. Entonces su madre le dio una medalla y lo convenció de que, mientras la llevara consigo, los espíritus no se atreverían a atacarlo. El muchacho salió a la oscuridad bien asido a su medalla. Su madre había conseguido que, además del miedo que tenía hacia la oscuridad y los espíritus, se le uniese el miedo a perder la medalla.

        Pero antes de lanzarnos a la piscina, es conveniente saber con quienes nos estamos jugando los cuartos -y el tiempo- al leer las líneas que siguen a continuación. Ante nuestros impávidos ojos, los elementales masculinos se han manifestado como seres grotescos (que es lo más normal), hermosos, buenos, perversos, lascivos, aparecen en forma de animales, de monstruos, de bolas luminosas o simplemente como una ráfaga de viento. Pueden hacer todo esto y más porque su sustancia (o mejor dicho, la materia sutil de la que están compuestos), cuando logran manifestarse en nuestro mundo, es mucho mucho más etérea que la nuestra.

        Todos estos seres son tan antiguos como la vida misma y muy anteriores al hombre con el que convivieron hace milenios. Debido a esta proximidad, los más ancestrales pueblos del mundo, aquellos que poseían grandes conocimientos de los seres primordiales y un contacto más estrecho con la Madre Naturaleza, adquirieron algunas de sus características, como ocurrió con los celtas, los germanos o los escitas. Como seres invisibles que son, necesitamos una adecuada preparación, o una gran suerte- para poder verlos, si es que tenemos ganas de hacerlo, lo cual no es siempre recomendable. El abate Villars le hubiera dicho que:

Una vez que usted forme parte de los Hijos de los Filósofos, y sus ojos estén fortificados a Muy Santa Medicina, entonces descubrirá e1 que los elementos estén habitados por criaturas de extrema perfección, a las que el pecado del desgraciado Adán ha privado del conocimiento y comercio con su muy infeliz posteridad. El inmenso espacio que existe entre la Tierra y los cielos posee sus habitantes, mucho más nobles que los pájaros y los moscardones- estos mares tan vastos tienen en su seno a otras criaturas que no son ni los delfines ni las ballenas, y la profundidad de la Tierra no pertenece únicamente a los topos; y el elemento del fuego, más noble que los otros tres, no ha sido creado para permanecer vacío e inútil.

        Una manera de cumplir este consejo es leer al menos las historias que sobre ellos -y todas sus ramas familiares- se han contado a lo largo y ancho de nuestra geografía. Advertimos que dará la sensación de que, cuando se habla de las costumbres de estos espíritus, se exagera en demasía sus habilidades, sus poderes o sus torpezas, pero no olvidemos que estamos hablando de hechos narrados por leyendas, tradiciones, comentarios, mitos, testimonios de segunda o tercera mano, anécdotas, visiones, consejas, rábulas y, en general, cuentos adulterados de acontecimientos, en muchos de los casos reales, que, por el filtro del tiempo y de la débil memoria de los pueblos, han llegado hasta nosotros en un deprimente estado de conservación y de fidelidad, lo que no es obstáculo para desentrañar en parte algo de la verdad primordial que subyace en cada uno de estos personajes.

        Desgraciadamente son muy pocas las recopilaciones de narraciones populares acerca de estos seres, a pesar de que las tradiciones son realmente interesantes en algunas regiones españolas y han motivado la creación de excelentes obras en Asturias, Cantabria, Cataluña, el País Vasco, Navarra y Galicia, siendo, lamentablemente, casi nulos los estudios en otras regiones. El hecho de que los cuentos de hadas, a pesar del tiempo transcurrido, sigan interesando y apasionando a nuestros hijos, es la mejor prueba de que en el fondo, en nuestro más profundo anhelo e inconsciente, seguimos íntimamente reconciliados con la naturaleza y con estos pequeños e invisibles seres que la pueblan. 

        Los espíritus elementales masculinos, abarcarían un sin número de familias invisibles, repartidas entre los cuatro elementos, que serían, de alguna manera, la contraparte de las hadas, entendiendo este término de manera global, como entidades femeninas de la naturaleza, o al menos, que se manifiestan ante los hombres en aspecto femenino, aunque no siempre seductor. Es fácil observar que en esta web no se encuentra la numerosa familia de los duendes, también entendidos en sentido muy amplio, que abarcarían grupos tan específicos como trasgos, follets, familiares, duendes vampirizantes, duendes lascivos, etc.,

        Los personajes que aquí presentamos también tendrían las trece similitudes que enumerábamos en aquella obra: invisibilidad, transformabilidad, amoralidad... porque todos ellos, sin distinción, forman parte de lo que genéricamente se ha llamado "El País de las Hadas", el "Mundo Borroso" o la "Gente Desmemoriada", con interferencias esporádicas en el mundo de los mortales, gracias a las cuales sabemos algo sobre ellos, su vida, su aspecto físico, sus costumbres... Es importante tener siempre presente que todos estos seres que operan en la Naturaleza Mágica (de la que todavía quedan zonas vírgenes) son espíritus o formas de consciencia muy concretas y definidas, que actúan en y desde los elementos, lo que significa que actúan también en y desde el propio ser humano que, asimismo, esté constituido por los cuatro elementos

.        Nuestro comportamiento con ellos está en función de nuestra evolución. La naturaleza está viva y poblada con fuerzas y seres invisibles e inteligentes. Algunos humanos buscan su contacto y ellos también lo desean, pero antes debemos aprender a conocerlos. Esta web puede ser una humilde aportación para tal fin.

 


   Para su correcta visualización es necesario utilizar el navegador "Internet Explorer" con una resolución en pantalla de 800*600 pixels.

   © 08-04-2000