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¿Puede la opinión pública provocar una guerra? Para responder a esta cuestión debemos analizar lo que entendemos por opinión pública, término que como señala Marcel Merle es más complicado de lo que a simple vista parece (1). Entiendo que la opinión pública es la posición adoptada en torno a un tema por parte de una colectividad, rechazando identificar la opinión pública con la posición adoptada por un gobierno "representativo", los mass media (2) o los grupos de presión. No obstante, hoy en día tales posiciones y movimientos de opinión elitistas o minoritarios influyen de forma decisiva en la opinión pública, formando parte - pero no la totalidad - de la misma. Desde esta postura, defiendo la existencia de una opinión pública plural y diversa que trata de ser homogenizada desde diferentes ámbitos, por ejemplo desde la política oficial o los grandes grupos empresariales.
Partiendo de esta concepción de la opinión pública, no se la puede considerar como un actor independiente de la política interior ni de las relaciones internacionales, siendo codiciado su control desde los grupos que luchan por alcanzar, mantener o incrementar el poder. De ahí que no crea que la opinión pública pueda provocar ella sola una guerra, lo que puede parecer una creencia ingenua desde una posición realista, que tiene una de sus bases en la idea hobbesiana de que el hombre es malo por naturaleza. Esta idea la considero errónea ya que pienso que el hombre se convierte en malo debido a su ansia social de poder a costa de la naturaleza (3). Dicho en otras palabras, el origen de la guerra no se encuentra en un instinto violento de conservación (4) ni en un innato deseo de dominio sobre los demás sino en un deseo de poder de origen social, lo que no significa que en toda sociedad humana exista y haya existido dicho deseo. Por tanto, la guerra sólo se entiende dentro de una lucha por el poder, por lo que sus orígenes se encuentran en las sociedades jerarquizadas surgidas en el Próximo Oriente y que dieron lugar a sociedades estatales, todavía no tan fuertes y consolidadas como las actuales, en las que los gobiernos de los Estados pretenden reservarse el monopolio legítimo de la fuerza, que en ocasiones es puesto en duda por la violencia ejercida por otros grupos que aspiran al poder en determinados ámbitos (por ejemplo, ETA o los maridos que asesinan a sus esposas). Por tanto, sólo una opinión pública de acuerdo con los intereses de los grupos que buscan poder puede provocar una guerra. Así, la opinión pública necesita para generar una guerra ser armada tanto ideológicamente (por ejemplo, a través de los mass media) como militarmente (por ejemplo, por un gobierno).
En conclusión, la opinión pública se presta a la manipulación en donde no predomina una comunicación horizontal, sino una "comunicación" vertical que se impone desde los centros de poder poseedores de toda una potente infraestructura técnica de la que carece el resto de la población (5). La preponderancia de una comunicación vertical provoca la dependencia de la opinión pública de los centros de poder, al provocar el desconocimiento de la realidad (6) y al asumir sus valores y actitudes (por ejemplo, el militarismo). De esta forma, los gobiernos y grupos de poder intentan legitimar y fortalecer sus acciones diciendo que responden a la opinión pública... que ellos han generado. La opinión pública contraria a sus intereses rara vez es escuchada, a menos que peligre su poder en cuyo caso se hacen necesarias unas pequeñas concesiones. Si sólo existiera una opinión pública independiente basada en una comunicación horizontal, no existirían gobiernos ni grupos de poder, por lo que no se buscaría la guerra, al resolverse los conflictos de una forma dialogada y no imponiendo una posición por la fuerza de las armas con el fin de adquirir, mantener o incrementar el poder.
NOTAS:
1: Marcel Merle, Sociología de las relaciones internacionales, Alianza Editorial, Madrid, 1997. 2: Los mass media son auténticos actores de las relaciones internacionales, aunque muchas veces dependientes de empresas trasnacionales. Su creciente importancia durante el siglo XX no debería olvidarse.
3: Para acercarse a las profundas relaciones existentes entre la organización social jerárquica y la explotación de la naturaleza se puede consultar la obra de Murray Bookchin, La ecología de la libertad. La emergencia y disolución de las jerarquías, Nossa y Jara - Los Arenalejos, Madrid, 1999. 4: En el ser humano, como en cualquier otro ser vivo, existe un instinto de conservación pero este se basa fundamentalmente en el apoyo mutuo entre los miembros de la sociedad, ya que, como señaló Aristóteles, el hombre es, por naturaleza, un ser social. De hecho, un hombre aislado desde su nacimiento no puede vivir y todos los ancestros del ser humano, los primates, se organizan socialmente. El mito del buen salvaje sobre el que se basan las teorías contractualistas no se sostiene empíricamente. 5: Así, el propósito social de la "comunicación" vertical o propaganda "es el de inculcar y defender el orden del día económico, social y político de los grupos privilegiados que dominan el Estado y la sociedad del país" y no el de permitir que "el público efectúe un control significativo del proceso político, proporcionándole la información necesaria para una inteligente asunción de sus responsabilidades políticas". Estas citas proceden de Noam Chomsky y Edward S. Herman, Los guardianes de la libertad, Crítica (Grijalbo Mondadori), Barcelona, 1995. 6: En este sentido, Michel Collon ha defendido la idea de que "las guerras no empiezan con las bombas, sino con las mentiras". Ver, por ejemplo, Michel Collon, El juego de la mentira. Las grandes potencias, Yugoslavia, la OTAN y las próximas guerras, Otras voces, Hondarribia, 1999.
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