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Un
mar de cereales se extendía por aquella meseta en la que no había
ni un solo árbol que diera verdor, sombra y oxígeno. A su paso los
trigos dorados se reclinaban ante él como si fuera el rey de los
trigales, aunque sólo era un niño que se había escapado de casa...
Juan solía huir de su casa con frecuencia cuando su padre se iba
a cazar. Desde que una vez fue con su padre de caza, decidió no
volver a ir. Aquella vez, que en su memoria aparecía con
una sorprendente claridad, había visto a su padre emborrachado,
diciendo palabras soeces y burlándose de él por no ser un valiente
cazador. "Todavía no eres un hombre" le decía su padre y Juan pensaba
que por suerte todavía no lo era. Esperaba no serlo nunca. No comprendía
ese mundo de los mayores lleno de hipocresías, odio y maldad. Para
nada le parecía valiente cazar con un fusil a un animal indefenso.
En cambio, los animales mostraban su valentía dejándose ver ante
los hombres. Eso si que era valentía.
El sol caía en picado sobre los trigales, por lo que Juan decidió
ir a un pequeño barranco donde manaba un chorrillo de agua y crecían
unos pocos chopos que estaban llenos de pajarillos. Era como un
vergel en medio del desierto. Porque aquellos campos cultivados
extensivamente por los hombres habían acabado con toda la diversidad
natural del monte que muchos años antes había poblado aquella sufrida
tierra.
Sin embargo, cuando Juan llegó al barranco quedó frustrado y angustiado:
donde antes había un manantial ahora había una fábrica donde se
embotellaba el agua como una rara reliquia de la naturaleza. Aquella
agua que manaba de las entrañas de la Tierra era robada por los
hombres que luego se vanagloriaban de producir agua mineral. A eso
lo llamaban progreso, pero Juan sólo veía cómo iban desapareciendo
aquellos vergeles que había conocido de pequeño.
Mientras Juan observaba con asco aquella fábrica, se dio cuenta
de que el barranco se iba haciendo cada vez más ancho y profundo,
mientras la tierra de alrededor se secaba. Se trataba de una gran
grieta... Con una rapidez inusitada aquella grieta se unió con otra
gran grieta que bajaba de un monte pelado y esta a su vez se juntó
con otra grieta mayor formada por un vertedero que enlazaba con
la larga grieta generada por los aparcamientos de la capital. Y
mientras la tierra se agrietaba de aquella manera, Juan reafirmó
su incomprensión de los hombres que no se percataban que se estaban
echando la soga al cuello creyéndose más inteligentes que nadie.
Y entonces Juan se convirtió en una cierva que se fue volando por
el aire en busca de niños sensatos que renunciaran a explotar y
maltratar a la naturaleza y desearan vivir en armonía con ella.
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