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LA LIBERTAD SOLIDARIA:
LAS HERIDAS DE LA TIERRA.
JESÚS BARTOLOMÉ


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Un mar de cereales se extendía por aquella meseta en la que no había ni un solo árbol que diera verdor, sombra y oxígeno. A su paso los trigos dorados se reclinaban ante él como si fuera el rey de los trigales, aunque sólo era un niño que se había escapado de casa...

Juan solía huir de su casa con frecuencia cuando su padre se iba a cazar. Desde que una vez fue con su padre de caza, decidió no volver a ir. Aquella vez, que en su memoria aparecía con una sorprendente claridad, había visto a su padre emborrachado, diciendo palabras soeces y burlándose de él por no ser un valiente cazador. "Todavía no eres un hombre" le decía su padre y Juan pensaba que por suerte todavía no lo era. Esperaba no serlo nunca. No comprendía ese mundo de los mayores lleno de hipocresías, odio y maldad. Para nada le parecía valiente cazar con un fusil a un animal indefenso. En cambio, los animales mostraban su valentía dejándose ver ante los hombres. Eso si que era valentía.

El sol caía en picado sobre los trigales, por lo que Juan decidió ir a un pequeño barranco donde manaba un chorrillo de agua y crecían unos pocos chopos que estaban llenos de pajarillos. Era como un vergel en medio del desierto. Porque aquellos campos cultivados extensivamente por los hombres habían acabado con toda la diversidad natural del monte que muchos años antes había poblado aquella sufrida tierra.

Sin embargo, cuando Juan llegó al barranco quedó frustrado y angustiado: donde antes había un manantial ahora había una fábrica donde se embotellaba el agua como una rara reliquia de la naturaleza. Aquella agua que manaba de las entrañas de la Tierra era robada por los hombres que luego se vanagloriaban de producir agua mineral. A eso lo llamaban progreso, pero Juan sólo veía cómo iban desapareciendo aquellos vergeles que había conocido de pequeño.

Mientras Juan observaba con asco aquella fábrica, se dio cuenta de que el barranco se iba haciendo cada vez más ancho y profundo, mientras la tierra de alrededor se secaba. Se trataba de una gran grieta... Con una rapidez inusitada aquella grieta se unió con otra gran grieta que bajaba de un monte pelado y esta a su vez se juntó con otra grieta mayor formada por un vertedero que enlazaba con la larga grieta generada por los aparcamientos de la capital. Y mientras la tierra se agrietaba de aquella manera, Juan reafirmó su incomprensión de los hombres que no se percataban que se estaban echando la soga al cuello creyéndose más inteligentes que nadie. Y entonces Juan se convirtió en una cierva que se fue volando por el aire en busca de niños sensatos que renunciaran a explotar y maltratar a la naturaleza y desearan vivir en armonía con ella.

...en busca de niños

sensatos que renun-

ciaran a explotar y

maltratar a la na-

turaleza y desearan

vivir en armonía

con ella.