|
En la soledad de su discurso impuesto, un presentador de un telediario llegó a preguntarse si en realidad estaba comunicándose con los demás. Hasta entonces siempre había creído que trabajaba en un medio de comunicación, pero aquél día, a lo largo del telediario, constantemente le asaltó la pregunta de si en realidad se estaba comunicando. Y al final, para su desilusión, llegó a una respuesta negativa.
La pérdida de la fundamental interacción entre el emisor y el receptor era evidente... ¿no estaría hablando sólo a aquellos ojos artificiales que no paraban de mirarle? Sin embargo, sabía que tenía audiencia, ¿pero existe comunicación si sólo es uno el que participa de forma activa? Pensándolo bien más que comunicar, estaba adoctrinando. Sí adoctrinaba: transmitía un mensaje que le era impuesto y seguía las directrices señaladas por el director de informativos, que a su vez era fiel a lo que le exigían los dueños de aquella cadena televisiva que pertenecía a un destacado grupo económico que defendía a ultranza sus intereses, es decir, obtener los máximos beneficios sin tener en cuenta a los demás (capitalismo liberal puro y duro). Además, sólo unos pocos tenían el privilegio de transmitir noticias, por lo que la libertad de información llegaba a transformarse en un hermoso mito, porque no existía un acceso equitativo a los medios para presentar noticias. Así, el consumidor de noticias no tenía elección: todos los medios existentes presentaban las mismas noticias de manera similar porque todos los dueños de aquellos medios defendían el sistema político-económico imperante y porque casi todas las noticias eran servidas por cuatro agencias internacionales de noticias. De esta forma, se intentaba formar a las masas, deformar su conocimiento de la realidad transmitiendo las noticias según el gusto de las élites. Así se quería formar una demanda de noticias determinada, sumisa y dependiente. Se quería eliminar a los individuos, creando un pensamiento único que no se saliera de los cánones establecidos. Todos los que se salieran de aquéllos cánones serían delincuentes, porque irían contra las leyes; unas leyes que están establecidas por los gobiernos sin la consulta de todos los que las deben cumplir y que chocan con los derechos naturales que todo ser humano debe tener.
Aquel periodista se dio cuenta que más que comunicar, creaba incomunicación: favorecía la incomunicación familiar, vecinal y ciudadana, eliminando las heterogéneas opiniones personales en favor de la opinión de los que tenían el poder político-económico. La información que transmitía era seleccionada y deformada de forma interesada por los que controlaban el cotarro. Un ejemplo: los presos debían ser deshumanizados, las torturas y brutalidades a las que se veían sometidos no debían traspasar los muros de las prisiones, había que enfatizar la peligrosidad de aquellos presos y bajo ningún concepto se debía cuestionar si las cárceles son eficaces como medio de reinserción de los delincuentes en la sociedad. Sin embargo, las cárceles sólo generan aislamiento, destrucción y violencia; no son instituciones generadoras de un mundo libre y justo porque esa no es la intención con la que son creadas.
Aquel periodista, tras pensar mucho, terminó el telediario diciendo: "Con todas las noticias que les hemos ofrecido pueden estar seguros que no conocen el presente y como varios pensadores han señalado "el hombre que no conoce el presente, está perdiendo su futuro". Por nuestra parte es todo. Os espero en la calle". Y así fue, porque aquella rebeldía le costó el despido, pero no le importó porque había decidido defender una comunicación del pueblo para el pueblo. De esta forma, colaboraría en la creación de una sociedad auténticamente libre.
|
|