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LA LIBERTAD SOLIDARIA:
EMPRESA DE POBREZA SA.
JESÚS BARTOLOMÉ


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Sobre su cabeza se cernía la oscura cúpula celeste, de tonos morados por la contaminación lumínica de aquella gran urbe en la que unos se gastaban millones por comprar un cuadro y otros, como Canuto, se veían obligados a mendigar si querían vivir. Aquella noche hacía un frío seco. Además, la blanca luz de la luna parecía que enfriaba más el ambiente. Canuto, acurrucado en un portal, trataba de protegerse del frío con una manta y un trozo de cartón.

No obstante, a pesar de las apariencias (que pueden engañar), Canuto era dueño y director de toda una empresa: él conseguía los ingresos y él invertía el capital. Pero aquella empresa que poseía y dirigía no tenía afán de lucro, ¡cómo lo iba a tener si apenas sobrevivía con ella! Las inversiones que realizaba Canuto eran despreciadas por cualquier buen empresario, ya que no generaban beneficios... ¿Pero era cierto aquello? ¿Acaso sobrevivir no era un beneficio más que suficiente? Canuto invertía en su vida y eso le parecía suficiente para llevar su empresa adelante. Lo malo era cuando los ingresos decrecían, que no era raro. Las causas de estas crisis económicas eran sencillas: había días en los que la gente parecía olvidarse de él y de su delicada situación. Esos días, Canuto no podía invertir en su vida y por ello dejaba de comer. Lograba sobrevivir de mala manera mientras su empresa obtenía unos rendimientos muy desiguales. Ante una prolongada crisis, Canuto pensó que tenía que vender su empresa para que alguien la saneara...


Así las cosas, Canuto empezó a anunciar la venta de su empresa, pero no tuvo mucho éxito. No existía interés en el mercado por aquél tipo de empresa. No gustaba entre los capitalistas la proliferación de esas empresas: no porque les importara que existiera pobreza, sino porque podían peligrar sus riquezas al generar un descontento social. Por eso, ese problema se debía solucionar. Para ello contaban con sus fieles colaboradores: los dirigentes del Estado. Al fin y al cabo eran los mismos: los controladores de la sociedad, los poderosos, los opresores. La misión que los capitalistas encargaron al Estado fue la de comprar empresas como las de Canuto y prestarlas auxilio por si acaso aquellos empresarios se daban cuenta de las raíces de su problema y convertían sus empresas en subversivas, autogestionadas cien por cien, para más inri. Sin embargo, el Estado prefería gastar el dinero de sus contribuyentes en armamento militar y no en ayudar a los pobres, que con su sola presencia molestaban a los mandamases, pues ¿no podía alguien sentir compasión por ellos y llegar a comprender el quid de la cuestión? De todas formas, el Estado tenía todo un ejército de colaboradores y a ellos acudía en caso de necesidad.

Sin quererlo, nos topamos con la Iglesia. ¿Acaso hay una institución más idónea para ocultar la pobreza sin molestar ni tocar al Estado y a los grandes capitalistas? Difícil es. La ayuda a los pobres por parte de la Iglesia es relativamente amplia, pero esta ayuda no soluciona el problema, es más, le prolonga y le hace endémico. Así, la desigualdad económica-social nunca desaparecerá, la libertad nunca podrá ser conseguida por todos. El Estado y los grandes capitalistas pueden estar agradecidos a la Iglesia. Su empresa caritativa da unos buenos beneficios, aunque más cualitativos que cuantitativos. Está claro que les sirve, de otra forma la pervivencia de su poder no se podría explicar. Además, las acciones caritativas palian los remordimientos de la gente, que sin saberlo se siente cómplice de la situación existente y trata de rehuirla a través del ejercicio de la caridad.

Sin embargo, la Iglesia se asfixia con tanto pobre. "¡Cómo proliferan los condenados!" piensan los que conocen el fin último de su ayuda: mantener el orden establecido, la mal llamada paz social. La paz social actual, si es que no es un cuento de hadas ¿a costa de quién es? ¿Es pacífica la imposición de desigualdades, la opresión? Ya hemos señalado que la Iglesia no puede camuflar totalmente la pobreza, pero Dios es bueno y misericordioso y a la labor de la Iglesia se une la de otras organizaciones (por ejemplo, muchas ONGs), que desesperadas, en lugar de acabar con el origen del problema le perpetúan al no cuestionar su origen y limitarse a una ayuda caritativa, que salva vidas pero deja que la muerte pueda seguir corriendo a sus anchas por el mundo de la pobreza. Hoy aquí un hambre se palia, más o menos, mañana dos hambres matan a casi todos los que las padecen. Estas organizaciones cumplen entonces el papel que el Estado se ve imposibilitado para cumplir: hacer sumisos y dependientes a los pobres para que no se rebelen y sean "buenas" personas. OK.

De esta forma la empresa de Canuto cayó en manos de centros sociales estatales, de la ayuda de la Iglesia, y, por último, de la ayuda de la última ONG creada:
Ayuda al gobierno. Así, la empresa de Canuto sobrevivió y pudo ser pasada a sus herederos, que volvieron a "disfrutar" un mundo donde explotadores y explotados se daban la mano y se rezaba:

Dios te salve "mercado libre",
lleno eres de gracia,
las desigualdades están contigo,
pero a mí no me importa lo más mínimo.


Dios te salve

"mercado libre"

lleno eres de gracia,

las desigualdades

están contigo, pero

a mí no me impor-

ta lo más mínimo.