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Las notas perdidas entre la hojarasca del otoño, arrastradas por el viento a través del universo del silencio, golpeaban en los cristales desprendidos del rocío mañanero. Eran como un grito en el vacío; una voz en la vida de un sordo. Creadas por puro gusto, lanzadas al mundo para dejar testimonio de una verdad o quizá de una mentira verdadera, se agolpaban entre sí con cariño y con miedo a la soledad. Temían que se convirtieran en sujetos únicos, arrítmicos e inarmónicos. ¡Desvalidas y sin muletas se sentían tan poca cosa!
El viento azotaba las notas contra los árboles caídos tras el temporal de palabras que habían quedado en el vacío, como simples promesas, proyectos apenas sólo cumplidos en la imaginación del creador. Palabras desprendidas de múltiples bocas diversas, abandonadas al aire de la vida, pero perdidas en el insondable mar de la muerte. Allí donde se agrupaban creando leyendas e historias inexistentes, caminos nunca recorridos por pasos humanos.
Notas y palabras huidas de los hogares humanos, abandonadas a su suerte, tropezaron con las imágenes nunca vistas, llenas de la inocencia del amanecer de un nuevo día. Imágenes de paraísos perdidos, nunca alcanzados por ninguna mirada humana ni aún por la más atenta o curiosa. En definitiva, imágenes salvajes de felicidad infinita nunca proyectadas en una retina humana. Allí iban todos los cuadros por pintar, todas las fotos sin disparar; en fin, todas las películas que nunca se rodaron.
Notas, palabras e imágenes vagaban por los alocados aires de una tarde sin fin, junto con un torrente de olores, aromas, sabores, texturas y otras sensaciones imperceptibles producidas por seres humanos que en su eterna búsqueda existencial las crearon y desterraron de su mundo. Era una orgía de etéreos productos desprendidos, desgarrados del ser que los creó y los parió. Condenados a disolverse en el vacío del olvido, en un mundo sordo, ciego e insípido, carente de todo tacto comunicativo, de toda dialéctica enriquecedora.
Y era cierto la vaguedad de la escena, contemplada a través de la ventana mental abierta al más allá, mediante aquella conexión neuronal fallida y muerta en el intento de dar un barniz de novedad al misterio de los sueños. A penas expresable la mítica visión de un mundo enclaustrado en unos esquemas consabidos, perdido por la dejadez y la búsqueda de un fácil vivir, olvidando la complejidad intrínseca al corazón y a la razón humanas. No era tan sólo un juego lo que allí se representaba, quizá podría entenderse como un presagio de la locura de un mundo súper comunicado en la banalidad de lo vulgar y apenas conocido en la profundidad de su ser, de su fantástica existencia. Ese ser que a cada paso nos llena de interrogantes privados y públicos que luchan por esclarecerse, quizá por materializarse a través del estar que nuestros cuerpos nos ofrecen hasta que la muerte los despedaza y disuelve en el fecundo manantial de la vida, esa maravilla que apenas llegamos a comprender y de la que el ser trata de escapar buscando la inmortalidad a través de la memoria y otros trucos... Pero, ¿de qué sirve un saco de recuerdos si éstos no alcanzan un nuevo receptor que les revitalice, ya sea repitiéndolos o transformándolos? Sinceramente, de nada. Sin embargo, los posibles receptores no tienen tiempo para esa comunicación trascendental, tan ocupados se hallan en labrar la destrucción de la humanidad y con ella la de toda una generación de vida terrícola inocente del destino labrado por la especie humana.
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