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LA LIBERTAD SOLIDARIA:
AL BORDE DE LA MUERTE.
JESÚS BARTOLOMÉ


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Un día, cuando salí de la escuela, fui a la estación del tren. Mi madre me había dicho que aquel día vendría mi padre, que había participado en la guerra civil que todos creíamos que había acabado. Yo casi no le conocía.

Me alejé un poco de la estación para ver con mayor anterioridad al tren. Para ello, subí a un cerro desde el que se veía la llanura atravesada por la vía férrea. De pronto, apareció el tren y eché a correr hacia la estación. Llegué cuando estaba abandonando la estación. En el andén vi a mi padre que me miró y gritó: ¡hija!  Seguidamente se escuchó un tiroteo. Mi padre cayó al suelo acribillado y me volvió a gritar: ¡hija mía, corre! Yo empecé a correr, creyendo que me perseguía el mismo diablo. Pronto me paré. Me di cuenta que habían asesinado a mi querido padre. Tenía que enfrentarme a los asesinos. Entonces, un disparo atravesó el aire. Me tiré al suelo y me puse a llorar. Tenía que ver a mi madre y contárselo todo. Por eso me fui corriendo a mi casa.

Pero no pude contárselo a mi madre. Cuando regresaba de la estación, encontré a mi pueblo asediado. En las afueras del pueblo y en todas las entradas, había muchos soldados. Parecía que se había iniciado una nueva guerra civil. Aunque intenté ocultarme, me vieron venir por la carretera de la estación. Entonces me lancé a correr desesperadamente. Corría y corría, pues sabía que alguien me perseguía. Me metí por un camino y después decidí ir campo a través, entre los amarillos campos de cereales. Me dirigí a una cueva que conocía. Llegué hasta la cueva casi sin aliento. De repente, oí gritar a mi madre. Salí de la cueva sorprendida y en frente de mí encontré a mi madre ahorcada desnuda en un árbol. La sangre aún corría por su delicado cuello. Caí al suelo y me puse a llorar amargamente. Había perdido a las personas que más quería en mi vida: mi padre y mi madre.

- Deja de llorar y anda.

Hasta entonces no me había dado cuenta que junto a mi madre había un soldado, un terrible y horrible soldado que acababa de matar a mi querida madre y que ahora me apuntaba con su fusil.

- Por favor, déjeme escapar - le dije con temor al soldado. Él no me escuchó, no me hizo caso. Me ató impasible las manos con unas cuerdas ásperas y me llevó hacia el pueblo arrastrándome por el suelo, pues me resistí a seguirle. Mis muñecas y mis manos se llenaron de sangre, rasgones y pinchos. Yo sufría y sufría; prefería morir para reunirme con mis padres. La oscuridad se adueñó de mí.

Cuando recuperé la conciencia, comprobé que me alejaba de mi amada tierra natal. Iba rumbo a lo desconocido. Me llevaban prisionera en un camión, junto con muchos otros prisioneros. Por la parte trasera del camión veía un nuevo paisaje: montañas. Las montañas eran bonitas, llenas de bosques y de nieve, pero desconocidas. Los soldados decían que me llevarían con otras niñas, pero yo no quería estar con otras niñas, yo sólo quería volver a ver a mi padre y a mi madre vivos. Pero eso era imposible.

Paramos en la plaza de un pueblo y sólo se quedó un soldado para vigilarnos, el resto se metieron en una taberna. Un grupo de cuatro prisioneros le acorraló, tapándole los ojos y la boca. Le desarmaron. Enseguida otro prisionero puso en marcha el camión. El soldado inmovilizado logró gritar y sus compañeros salieron de la taberna y corrieron tras nosotros. Mientras, el soldado que inmovilizaron los prisioneros logró escaparse y saltar del camión. El prisionero que se puso al volante aceleró y por fin dejamos atrás a los soldados, que se quedaron parados riéndose... A todos los prisioneros nos extrañó que se rieran. No sabíamos por qué, pero no nos gustaron sus risas.

Había empezado nuestra huída. El prisionero que conducía quería llevarnos a un pueblo que aseguraba que era de "los nuestros". Yo no sabía quién eran "los nuestros", pero de momento acepté ir a ese pueblo, ya que decían que allí no había soldados. Lo único que quería entonces era no ver a ningún soldado. Ellos habían destrozado mi vida.

Durante el viaje al pueblo de "los nuestros", un chico, que se llamaba Juan, se preocupó por mi situación y yo le conté apenada el asesinato de mis padres. También le dije que quería volver a mi pueblo, pues allí tenía hermanos, amigas y amigos. Él me dijo que en el pueblo de  "los nuestros" conseguiría una bicicleta para que fuera a mi pueblo. Decía que yo sola tenía más posibilidades de llegar a mi pueblo, pues si ellos me acompañaban sería fácil que me detuvieran.

Cuando atardecía, llegamos al pueblo de "los nuestros" y dejamos el camión en un almacén. Juan consiguió una bicicleta y me la prestó, junto con un poco de dinero y un mapa para que me orientara. Yo se lo agradecí grandemente. Me despedí de él y empecé a pedalear hacia mi pueblo. Cuando ya salía del pueblo, escuché una enorme explosión que parecía provenir del almacén donde habíamos dejado el camión. Entonces comprendí por qué se rieron los soldados. La gente salió a la calle alarmada, pero yo decidí marcharme. No quería ver más sangre y necesitaba llegar a mi pueblo cuanto antes. Sola me sentía muy poca cosa.

La noche llegó rápidamente y tuve que pararme a dormir al aire libre, junto a la pequeña carretera. Esa noche no pude dormir. Aquél día había visto demasiada violencia para mis inocentes ojos.

Cuando amaneció, me monté en la bicicleta y pronto llegué a un pueblo situado en un desfiladero. Temía que no fuera de "los nuestros". Compré un poco de pan y queso y me senté en la plaza para comer tranquilamente y descansar. Pasado un rato, vi aparecer por las esquinas de la plaza a varios grupos de soldados. No tenía escapatoria. Empecé a correr desesperadamente hacia la iglesia que presidía la plaza. Tras de mí oía pisadas. Me perseguían. Corrían más que yo. Entré en la iglesia, que estaba abierta, y cerré la puerta, echándome a correr hacia la sacristía. Inmediatamente después, los soldados abrieron la puerta de la iglesia, la cerraron y corrieron hacia la sacristía. Por suerte, la sacristía tenía una salida a la calle y por ahí me escapé. Salí del pueblo, pero unos soldados me vieron y empezaron a seguirme. Llegué junto al río y decidí cruzarlo nadando. La orilla del otro lado era agreste y tuve que escalar entre las rocas, los árboles y los arbustos. Derroché todas mi fuerzas hasta que encontré una cueva y en ella me quedé dormida. Pero los soldados no se durmieron...

Cuando me desperté me encontré dentro de un edificio. Unos soldados me ataron a una silla. Me acusaban de haber promovido un motín entre los prisioneros y empezaron a preguntarme por su paradero. Yo estaba aturdida y enferma, me había enfriado. Debía tener fiebre y casi no podía hablar. Además, no quería que mataran a ninguno de los compañeros presos, pero especialmente a Juan. Ellos me habían abierto una puerta a la esperanza, a volver a estar con los que quedaban de los "míos"...

Cuando los soldados vieron que callaba, me dispararon en la mano izquierda. Me la mutilaron. Sentí que mi cuerpo se llenaba de dolor, de dolor físico y psíquico. Yo creía que ya iba a morir, pero ya no me importaba, pues desde que murieron mis padres la vida ya no tenía verdadero sentido para mí, ¿o sí le tenía?  Sí, los tenía que honrar. Mientras yo intentaba aclarar mis ideas, un soldado se abalanzó sobre mí como un animal. Me quería violar. Grité. Entonces, una persona que me pareció un santo entró junto a un coro de ángeles en la habitación donde estaba, y apartó de mi a la bestia. Me cogió y me llevó a un hospital.

Al cabo de unos días me recuperé y pude saber quien me había salvado la vida. Era un chico guapo que me parecía haberle visto antes... Sí, era el hombre que me dejó una bicicleta, Juan. Al parecer, "los nuestros" habían ocupado el cuartel general de los soldados que me habían capturado. Juan se había enamorado de mí, y yo cuando pude estar con él, me enamore de él, a pesar de que nos llevábamos quince años. Pero era tan buena persona... Pronto le propuse que nos casáramos en mi pueblo natal, pero él me dijo que mi pueblo no era de "los nuestros". Yo no lo entendía, pero Juan decía que si iba allí le matarían. Por eso esperamos a que la guerra civil acabara. Y al fin acabó con la victoria del bando en el que combatía Juan.

El día que acabó la guerra, fue el día más feliz de mi vida. Juan me dijo que nos casaríamos en mi pueblo natal. Yo casi no me lo podía creer. Desde mucho tiempo atrás soñaba con ello. Pero cuando llegamos a mi pueblo, las cosas se complicaron. Allí me reuní con mis hermanos y mis antiguas amigas y amigos. A un hermano mío, Pedro, lo apresaron. Yo no lo podía comprender. Mi hermano Pedro siempre había sido muy bueno conmigo, pero Juan me dijo que no era de "los nuestros". Entonces me enfadé con Juan, que me echó en cara que no entendía nada de política. Fue entonces cuando empecé a odiar esa política, pues vi que creaba enemistad y odio.

Intenté que mi hermano Pedro no fuera apresado, pero como no lo conseguí, decidí ayudarle a huir. Pocos días después, cuando Juan y yo estábamos dando un paseo por la ribera del río que pasaba cerca de mi pueblo, le dije a Juan que había ayudado a escapar a Pedro. Entonces Juan me tiró al río y me intentó ahogar. Recuerdo que me llamaba traidora. Un vecino vio cómo Juan pretendía ahogarme y corrió hacia mí para salvarme, pero Juan le acribilló a puñetazos. Mientras, yo me escapé y empecé a correr hacia mi pueblo con todas mis ganas y mis fuerzas. Sentía que un horrible monstruo me perseguía: era Juan. Cada vez estaba más cerca de mí y yo más cerca del pueblo. El pueblo se acercaba, Juan se acercaba. Llegué a una bodega abandonada y bajé las escaleras que conducían a una oscura y negra cavidad. Allí, en la oscuridad me escondí para que no me viera. Si Juan entraba en la bodega, yo ya no tendría escapatoria. Pronto Juan empezó a bajar por las escaleras de la bodega abandonada. Un paso, otro; una escalera, otra; pero de pronto se tropezó y cayó rodando hasta donde yo estaba. Juan quedó destrozado junto a mí; mi querido y amado Juan había muerto. Estuve allí todo un día llorando amargamente su muerte. Mi suerte no cambiaba. De nuevo había estado al borde de la muerte. Juan casi llegó a matarme, pero al final fue él quién murió.

Al día siguiente, cuando fui con mis hermanos Javi y Luis a sacar el cuerpo de Juan, pude comprobar a la luz de un candil que la bodega abandonada era, en realidad, la pequeña biblioteca de la cual hablaban las leyendas del pueblo. Esas leyendas decían que hacía muchos años se construyó una biblioteca que atesoraba montones de libros que recogían los sueños de las niñas y niños del pueblo. Decían que el bibliotecario era un gran perro, que jugaba con los libros. La verdad es que la biblioteca tenía estanterías de madera repletas de libros de todos los tamaños. Los libros estaban manuscritos y encuadernados con cuero. Pronto aquella biblioteca  pasó a llenar mi vida. Gracias a ella se me olvidó todo lo pasado hasta entonces.

Con el tiempo restauré la biblioteca. Limpié las estanterías, desempolvé los libros y los clasifiqué con ayuda de un bibliotecario de una ciudad próxima, con el que al final me casé. Los dos trabajamos afanosamente en la biblioteca. Era nuestro lugar preferido. Allí leíamos innumerables historias, muchas fantásticas, otras reales. También leíamos hermosos poemas de amor y libros científicos. Encontramos libros de todo tipo, hasta un libro que al principio me pareció no tener un sentido claro. Este libro concluía con estas extrañas freses:

"
La pradera amarillea cuando la lluvia cae débilmente destrozando los tejados de las casas sin construir. Los días se hacen largos, pesados, horrorosos. Ayer conocí a una hermosa dama de negro, en su espíritu escondía un aire misterioso y terrorífico. Mañana será como hoy. Si me siento no siento nada. Sentándome espero que el sentido vuelva tras el sin sentido de la guerra".

Cuando acabé de leer esto, recordé los años de guerra civil que había vivido y la desesperación en que viví aquellos terribles días. Aquellas frases me resultaban muy cercanas. Al cerrar el libro me fijé en su título:
Al borde de la muerte. Bajo el título se podía leer en letras pequeñas: El sueño de Paquita. Era mi sueño. Al fin y al cabo quizá había soñado todas mis desgracias. Y pronto me vi en una habitación cotidiana junto a mis padres. Rompí a llorar de alegría y quedé abrazada a ellos para siempre. Al fin había muerto.


...Sentándome

espero que el

sentido vuelva tras

el sin sentido de la

guerra.