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LA LIBERTAD SOLIDARIA:
VITALES TRAVESÍAS MARÍTIMAS.
JESÚS BARTOLOMÉ


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La tierra estaba cada vez más lejos. Ese mundo conocido, con todos los recuerdos asociados al mismo, se desdibujaba cada vez más entre las brumas que desde el mar penetraban hacia la tierra. Era la despedida de un modo de vida, pero sobre todo de los amigos y familiares, compañeros del día a día.

Y frente a ellos la mar Océana ofrecía toda su impresionante extensión. El agua, calmada pero nunca quieta, tocaba con su oleaje ese aparentemente inexpugnable horizonte. Esa desdibujada línea - a camino entre el azul celestial y el azul marino - se presentaba como el vaticinio de un prometedor mundo lleno de interrogantes, cual elevado número de misterios pueblan nuestras vidas.

La travesía sin duda era una intrépida apuesta por fundar una vida mejor. Esta iniciativa surgió hace ya algunos años fruto de un sueño en el que se mostraba un paradisíaco paraje, donde los alimentos brotaban a borbotones y unos extraños animales facilitaban los duros trabajos cotidianos. Sin duda, el sueño tomó visos de realidad cuando de boca en boca las lenguas populares transmitían que hasta ese otro mundo posible habían llegado vecinos de aquellos aguerridos viajeros que ahora partían en su travesía.

Estas numerosas historias populares, repletas de asombrosos descubrimientos, eran siempre similares. Y no es que se olvidaran de los peligros sufridos hasta alcanzar esas sorprendentes metas, aunque en ocasiones así era, sino que estas dificultades parecían el adorno perfecto para convertir aquellas odiseas en producto reservado a los más intrépidos y soñadores, que se encandilaban con aquella abundancia material.

Antiguamente los relatos de aquellos extraordinarios viajes procedían de los marineros, que vivían más entre el salitre marino que entre las blancuzcas casas del puerto pesquero. Estas personas habían hecho del mar su modo de vida. Conocían a la perfección cada rincón de aquella aparentemente uniforme enorme laguna, que separaba mundos terrestres entre sí. Pero no solamente poseían la mejor cartografía física de ese mundo acuático, sino que también día a día dibujaban mapas dinámicos que describían a los más preciados habitantes de aquél territorio salado. Seguían así los ires y venires de merluzas y bonitos, y de muchos más preciados peces, algunos de considerables dimensiones y aspecto monstruoso por su grandiosidad. Era el caso de aquellas islas móviles que eran las ballenas, esas hermosas bestias que con su simple movimiento podían tirar por la borda a todos los tripulantes de una embarcación.
Sin saberlo, el futuro también deparaba a nuestros sufridos viajeros el encuentro con una enorme ballena mecánica, si la comparamos con la precaria barca en la que navegaban. Pero ya antes, habían tenido que luchar contra fuertes corrientes de mar y soportar el frío viento que azotaba la embarcación, en la que apenas cabía un habitante más.

Y allí iban atravesando la fría oscuridad de la noche, dispuestos a jugarse la vida con la ilusión de hacer de la misma un devenir más grato en el que muerte, hambre, guerra y enfermedades no fueran un constante anuncio del tiempo muerto, que otros anunciaban como el fin de los tiempos. Se trataba de una aventurera apuesta de vida en tiempos de dramática defensa de la muerte de muchos en provecho de la vida de pocos. Una apuesta que sólo podía nacer de la imaginación de mundos mejores, menos hostiles, más abiertos a la innovación y la movilidad.

Pero los sueños fueron tirados por la borda cual vulgar mercancía ilegal. Tropezaron con el invisible muro del Paralelo 36, donde les esperaba un juicio sumarísimo en el que se decidiría si se les permitía continuar con esa difícil aventura de abrir nuevos y prometedores caminos, aún a costa de humillaciones y sufrimiento a mansalva, o si por el contrario les hacían añicos todas su ilusiones y les condenaban a estarse quietos y a contemplar impasibles la temprana muerte de amigos y familiares.

Era cuestión de suerte, una suerte que bajo su enigmático rostro camuflaba el más vil cálculo mercantil de necesidad de mano obra barata y sin derechos. Y esa suerte, llena de su incertidumbre, se presentaba en muchas ocasiones al llegar al muro del Paralelo 36 en forma de patrulla de la Guardia Civil. Así, les ocurrió a nuestros protagonistas de viaje.

La aparición nocturna de aquella ballena mecánica, despertó los nervios entre los tripulantes de la precaria embarcación. Caras de incertidumbre mezcladas entre caras de miedo y pavor se hacían presentes ante los anunciados peligros que la travesía emprendida les deparaba. Pero a la ballena mecánica no le importaba lo más mínimo los proyectos vitales que podía poner contra las cuerdas con su actuar y sólo conocía el lenguaje de la patria de los poseedores de riqueza. "Su viaje es inútil" -les decían desde la patrulla -, "el paraíso es reserva de unos pocos". Y los nervios de nuestros viajeros multiétnicos se convertían en desesperación y humillación. Todo parecía indicar que la entrada en el paraíso seguía unos criterios clasistas, racistas y machistas.

Pero los salvadores del Orden sagrado no entendían ni querían entender a aquellas personas que tenían allí abajo revueltas en la patera. Ellos sólo se preocupaban de obedecer lo que les mandaban y creían correcto, sintiéndose satisfechos de la que consideraban su labor humanitaria de lucha contra la denominada inmigración ilegal. Pero no debían estar muy atentos a su labor solidaria cuando, al acercarse a aquella patera llena de ilusiones frustradas, agitaron terriblemente el mar y en un brusco balanceo la patera volcó. Muchos de los viajeros, no habían visto hasta entonces el mar y apenas sabían nadar. Entonces, la lucha terrible por la supervivencia adquiría unos tonos dramáticos.

A la mañana siguiente, el sol anunciaba un calmado día de verano. La playa de Tarifa acogía a relajados veraneantes que disfrutaban de sus vacaciones, mientras un ferry atravesaba el estrecho cargado de turistas que regresaban de su tour por Marruecos. Al mismo tiempo, en un rincón de la playa yacía el destrozado cuerpo sin vida de una mujer embarazada, que sólo había soñado con un futuro mejor para sus hijos y había apostado por la aventura del viaje hacia tierras más prósperas. Pero no había comprendido que ella por ser pobre y además mujer subsahariana tenía vedado el viajar a esas nuevas tierras, de las que siglos antes habían partido aguerridos conquistadores que creían que el mundo era suyo, y no sólo viajaban descubriendo para si nuevos paraísos terrenales, sino que se asentaban en ellos e imponían su gobierno con la fuerza que les daba aquellas herramientas que escupían fuego por sus bocas. Sin embargo, los nuevos navegantes del Sur no viajan con argumentos tan contundentes, sólo con la ilusión de mejorar con su esfuerzo sus vidas. Y eso parece estar prohibido por los que aún detentan la razón de la fuerza: la razón del poder.

...la ilusión por

mejorar con su

esfuerzo sus vidas.

Y eso parece estar

prohibido por los

que aún detentan

la razón de la fuerza:

la razón del poder.