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La
tierra estaba cada vez más lejos. Ese mundo conocido, con todos
los recuerdos asociados al mismo, se desdibujaba cada vez más entre
las brumas que desde el mar penetraban hacia la tierra. Era la despedida
de un modo de vida, pero sobre todo de los amigos y familiares,
compañeros del día a día.
Y frente a ellos la mar Océana ofrecía toda su impresionante
extensión. El agua, calmada pero nunca quieta, tocaba con
su oleaje ese aparentemente inexpugnable horizonte. Esa desdibujada
línea - a camino entre el azul celestial y el azul marino
- se presentaba como el vaticinio de un prometedor mundo lleno de
interrogantes, cual elevado número de misterios pueblan nuestras
vidas.
La travesía sin duda era una intrépida apuesta por
fundar una vida mejor. Esta iniciativa surgió hace ya algunos
años fruto de un sueño en el que se mostraba un paradisíaco
paraje, donde los alimentos brotaban a borbotones y unos extraños
animales facilitaban los duros trabajos cotidianos. Sin duda, el
sueño tomó visos de realidad cuando de boca en boca
las lenguas populares transmitían que hasta ese otro mundo
posible habían llegado vecinos de aquellos aguerridos viajeros
que ahora partían en su travesía.
Estas numerosas historias populares, repletas de asombrosos descubrimientos,
eran siempre similares. Y no es que se olvidaran de los peligros
sufridos hasta alcanzar esas sorprendentes metas, aunque en ocasiones
así era, sino que estas dificultades parecían el adorno
perfecto para convertir aquellas odiseas en producto reservado a
los más intrépidos y soñadores, que se encandilaban
con aquella abundancia material.
Antiguamente los relatos de aquellos extraordinarios viajes procedían
de los marineros, que vivían más entre el salitre
marino que entre las blancuzcas casas del puerto pesquero. Estas
personas habían hecho del mar su modo de vida. Conocían
a la perfección cada rincón de aquella aparentemente
uniforme enorme laguna, que separaba mundos terrestres entre sí.
Pero no solamente poseían la mejor cartografía física
de ese mundo acuático, sino que también día
a día dibujaban mapas dinámicos que describían
a los más preciados habitantes de aquél territorio
salado. Seguían así los ires y venires de merluzas
y bonitos, y de muchos más preciados peces, algunos de considerables
dimensiones y aspecto monstruoso por su grandiosidad. Era el caso
de aquellas islas móviles que eran las ballenas, esas hermosas
bestias que con su simple movimiento podían tirar por la
borda a todos los tripulantes de una embarcación.
Sin saberlo, el futuro también deparaba a nuestros sufridos
viajeros el encuentro con una enorme ballena mecánica, si
la comparamos con la precaria barca en la que navegaban. Pero ya
antes, habían tenido que luchar contra fuertes corrientes
de mar y soportar el frío viento que azotaba la embarcación,
en la que apenas cabía un habitante más.
Y allí iban atravesando la fría oscuridad de la noche,
dispuestos a jugarse la vida con la ilusión de hacer de la
misma un devenir más grato en el que muerte, hambre, guerra
y enfermedades no fueran un constante anuncio del tiempo muerto,
que otros anunciaban como el fin de los tiempos. Se trataba de una
aventurera apuesta de vida en tiempos de dramática defensa
de la muerte de muchos en provecho de la vida de pocos. Una apuesta
que sólo podía nacer de la imaginación de mundos
mejores, menos hostiles, más abiertos a la innovación
y la movilidad.
Pero los sueños fueron tirados por la borda cual vulgar
mercancía ilegal. Tropezaron con el invisible muro del Paralelo
36, donde les esperaba un juicio sumarísimo en el que se
decidiría si se les permitía continuar con esa difícil
aventura de abrir nuevos y prometedores caminos, aún a costa
de humillaciones y sufrimiento a mansalva, o si por el contrario
les hacían añicos todas su ilusiones y les condenaban
a estarse quietos y a contemplar impasibles la temprana muerte de
amigos y familiares.
Era cuestión de suerte, una suerte que bajo su enigmático
rostro camuflaba el más vil cálculo mercantil de necesidad
de mano obra barata y sin derechos. Y esa suerte, llena de su incertidumbre,
se presentaba en muchas ocasiones al llegar al muro del Paralelo
36 en forma de patrulla de la Guardia Civil. Así, les ocurrió
a nuestros protagonistas de viaje.
La aparición nocturna de aquella ballena mecánica,
despertó los nervios entre los tripulantes de la precaria
embarcación. Caras de incertidumbre mezcladas entre caras
de miedo y pavor se hacían presentes ante los anunciados
peligros que la travesía emprendida les deparaba. Pero a
la ballena mecánica no le importaba lo más mínimo
los proyectos vitales que podía poner contra las cuerdas
con su actuar y sólo conocía el lenguaje de la patria
de los poseedores de riqueza. "Su viaje es inútil"
-les decían desde la patrulla -, "el paraíso
es reserva de unos pocos". Y los nervios de nuestros viajeros
multiétnicos se convertían en desesperación
y humillación. Todo parecía indicar que la entrada
en el paraíso seguía unos criterios clasistas, racistas
y machistas.
Pero los salvadores del Orden sagrado no entendían ni querían
entender a aquellas personas que tenían allí abajo
revueltas en la patera. Ellos sólo se preocupaban de obedecer
lo que les mandaban y creían correcto, sintiéndose
satisfechos de la que consideraban su labor humanitaria de lucha
contra la denominada inmigración ilegal. Pero no debían
estar muy atentos a su labor solidaria cuando, al acercarse a aquella
patera llena de ilusiones frustradas, agitaron terriblemente el
mar y en un brusco balanceo la patera volcó. Muchos de los
viajeros, no habían visto hasta entonces el mar y apenas
sabían nadar. Entonces, la lucha terrible por la supervivencia
adquiría unos tonos dramáticos.
A la mañana siguiente, el sol anunciaba un calmado día
de verano. La playa de Tarifa acogía a relajados veraneantes
que disfrutaban de sus vacaciones, mientras un ferry atravesaba
el estrecho cargado de turistas que regresaban de su tour por Marruecos.
Al mismo tiempo, en un rincón de la playa yacía el
destrozado cuerpo sin vida de una mujer embarazada, que sólo
había soñado con un futuro mejor para sus hijos y
había apostado por la aventura del viaje hacia tierras más
prósperas. Pero no había comprendido que ella por
ser pobre y además mujer subsahariana tenía vedado
el viajar a esas nuevas tierras, de las que siglos antes habían
partido aguerridos conquistadores que creían que el mundo
era suyo, y no sólo viajaban descubriendo para si nuevos
paraísos terrenales, sino que se asentaban en ellos e imponían
su gobierno con la fuerza que les daba aquellas herramientas que
escupían fuego por sus bocas. Sin embargo, los nuevos navegantes
del Sur no viajan con argumentos tan contundentes, sólo con
la ilusión de mejorar con su esfuerzo sus vidas. Y eso parece
estar prohibido por los que aún detentan la razón
de la fuerza: la razón del poder.
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