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A
veces lloro y no sé por qué. A veces pienso que no volveré. A veces,
sólo a veces, creo que no me encuentro. Se trata de un desencuentro;
yo bien no lo entiendo, pero tu espero que lo vayas comprendiendo.
Sí, es sencillo decirlo: sólo una palabra y ya está..., pero yo
no puedo pronunciarla más, me sabe a poco de lo que encierra. Hay
mucho sentir aquí adentro; afuera parece que no, pero dentro bulle
mi cuerpo. Es difícil describirlo: se trata de un malestar agudo,
sediento, pero algo entrañable. Sí, puede que esté loco; mas la
locura suele ser cosa de los otros, de los que desconocen nuestro
mundo. No es que viva en Marte, no, eso no es; tampoco creo en reinos
celestiales; pero mi mundo no es una rutina banal, o al menos no
quiere ser eso.
Por
la noche sueño con lucecitas en el pecho, hermosas luciérnagas de
amor perdidas entre tinieblas... Y sin embargo es de día, es ciertamente
una tarde esplendorosa en mi sueño. Hace bueno y no lo hace, siento
escalofríos. Busco apaciguar mi alma, pero sólo encuentro tormentas.
No hay lunas partidas, pero sí cristales, inmensos cristales. Y
un deseo de romperlos. Clink... y los sueños tornan en realidad.
Eso era en los cuentos. No soy un niño, no, ya no, pero quiero volver
a escuchar en casita ese cuento fundido en el calor fraterno. Pero
esa casita ya se disuelve en la memoria, es una aspirina que tiene
sus posos, pero nada más. Por tanto, ni cuentos ni leches dulces,
sino agua amarga, deseos frustrados. Todo por culpa del cristal...
Por suerte veo ventanas, pero están cerradas, cuanto más desconocidas
más herméticamente cerradas. Pero eso no es cierto, el cerrojo lo
he puesto yo; yo impongo el silencio. Es fácil echar la culpa a
los otros, pero la responsabilidad última de nuestros actos está
en nosotros, mas no olvidemos condicionantes ajenos. No somos super-héroes,
necesitamos de los otros, ellos nos necesitan... ¡Síííí! No hace
falta que me lo repita, lo sé sobradamente, sé que mi sueño logra
romper no sólo cristales sino muros y las luciérnagas se hacen estrellas
y estas soles... Ya no hay tinieblas, hay luz ardiente: amor.
Pero
la realidad no es tan fácil. A veces nos cruzamos y ni nos detenemos
a contemplar otra alma, mucho menos a indagar en ella. A veces coincidimos
y vamos conociéndonos, nos hacemos amigos y compartimos momentos
buenos y malos; mezclamos un poco o un mucho nuestras almas y vamos
caminando hacia delante. Pero a veces chocamos y provocamos un accidente,
estallan los motores y nos perdemos entre el humo de los coches.
A veces deshojamos margaritas... y las cosas no salen como quisiéramos.
El amor mutuo torna en quimera; se deshace lo bonito que soñamos
las cosas y nos quedamos sin saber ni contestar. Perdemos razón
y el sentir se hace fuerte. Sí, ahí estoy yo. Es la hora que me
ha tocado vivir. A veces pasa... y otras no, pero a veces pasa y
se queda y eso no, ya no lo soporto yo. Nos rompe el corazón, pero
no podemos expulsarle de él; puede que un poco de ajetreo diario
anime a desvanecerlo, pero en la esquina está, necesariamente está...
Quizá, por suerte está, pero sin embargo no aparece. Y las lágrimas
corren por mis mejillas... y lo peor, que otras veces son las suyas
-las mejillas de los otros- las que sufren aguaceros incitados por
nuestro accionar..., muchas veces por culpa de un egocentrismo dañino
que no sabe dialogar sino sólo sabe de razones o sinrazones de fuerza,
poder y demás lacras humanas. Y eso tampoco lo deseo.
Desencuentros
que rompen vidas, ilusiones y deseos... Desencuentros brutales,
de puños de hierro, o suaves, de palabras sinceras. Desencuentros
de un loco individualismo ignorante, de un poder más salvaje aún.
Desencuentros en el silencio impuesto por uno mismo o por los otros.
Desencuentros, al fin y al cabo, que tempestades provocan, pérdida
de horizontes, a veces naufragios,... Pero desencuentros superables
con un poco más de amor, sin olvidar que no todos podemos confluir
totalmente por el bien de una sana diversidad que, no obstante,
no ha de ignorar sino dialogar con los otros.
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