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Reiteradamente Noam Chomsky ha puesto de manifiesto las contradicciones existentes entre los valores oficiales y reales de las modernas elites occidentales (1). Así, aunque la democracia y el libre mercado constituyen los valores oficiales o las verdades absolutas proclamadas por las elites occidentales, la historia demuestra que éstas han combatido múltiples intentos de democratización y han basado su desarrollo económico en el proteccionismo y en los oligopolios. Las acciones de las elites occidentales que atentan contra los derechos humanos se han tratado de justificar señalándose que son actos de autodefensa "en contra de las bestias salvajes (bajo este término puede leerse desde los indios a los grupos anti-globalización capitalista) que rechazan nuestros valores tradicionales y que tratan de evitar que extendamos nuestro dominio sobre ellos" (2). Un serio análisis de los motivos de esas acciones nos muestra otras razones, de las cuales no suele ser despreciable la defensa del enriquecimiento de las elites. No obstante, las elites no quieren que se conozcan sus auténticos objetivos, contrarios a los principios que dicen defender, por lo que no les interesa que se analicen los hechos pasados y sus causas. De ahí que ya no sueñen sólo con manipular la historia, sino con acabar con ella. Sin embargo, la impunidad de los actos de las elites podría desaparecer si se rompiera con la desinformación y la opinión pública estuviera al tanto, pues los ciudadanos con nuestro silencio y sumisión perpetuamos el dominio y los actos destructivos de las elites.
Uno de los valores oficiales de las elites occidentales es la defensa de la democracia, sin embargo un simple análisis histórico nos muestra cómo estas desprecian y temen a la democracia. Así, a principios del siglo XX frente a los potentes movimientos sociales que existían (tales como el sindicalismo revolucionario) las elites defendían que "las masas, por definición, no pueden ni deben dirigir su propia existencia" (3). Otro ejemplo significativo constituyó el rechazo generalizado, tanto por fascistas como por liberales y comunistas, de la revolución anarquista iniciada el 19 de junio de 1936 en la zona republicana de España. Este rechazo continúa hoy en día, siendo manifestado por el olvido o al considerarse tal revolución como "una especie de aberración, un molesto contratiempo" (4). Más recientemente, podemos recordar, por ejemplo, la intervención de EEUU en los años 80 del siglo XX contra la Nicaragua sandinista.
Este desprecio y temor a la democracia por parte de las elites occidentales se debe a que la democracia amenaza sus intereses, que son fundamentalmente económicos (desean encontrar mercados que les permitan conseguir los máximos beneficios, no importa por qué medios). La democracia amenaza los intereses económicos de las elites occidentales ya que la opinión pública, que debe decidir en las democracias, no suele coincidir con esos intereses. Así, por ejemplo, mientras que las elites occidentales desean acabar con las inversiones sociales propias del estado del bienestar (ya que no les suponen beneficios económicos), la opinión pública se muestra contraria a los recortes sociales. Ante esta contraposición de intereses, las elites optan por hacer caso omiso de la opinión pública y movilizar el poder del estado según sus intereses. Por eso, "cuando los derechos de los inversores están amenazados" las elites olvidan la democracia y "si esos derechos están salvaguardados", justifican "la labor de los torturadores y asesinos" (5). Así, las elites sólo aceptan la democracia en los casos en los que ésta no se aleja de sus intereses, es decir, cuando la democracia es débil. Esta debilidad de la democracia, bien patente en EEUU (pero extendida por todo el mundo), se debe al dar prioridad al derecho a la propiedad privada - que genera desigualdad - sobre el derecho de las personas. En este sentido, Pierre Joseph Proudhon puso especial énfasis en la importancia de la propiedad privada como generadora de desigualdad, señalando que en la propia noción de propiedad está implicada la idea de abuso, pues según el derecho latino la propiedad es el derecho de usar y de abusar de algo que se posee de forma perpetua. Por eso, Pierre Joseph Proudhon señalaba que el dominio sobre las cosas (la propiedad) es siempre paralelo al dominio sobre los hombres, teniendo en cuenta la imposibilidad de una generalización de la propiedad (6).
Otro de los valores oficiales de las elites occidentales es el libre mercado. Sin embargo un interesante estudio de Paul Bairoch, titulado Mitos y paradojas de la historia económica (7), señala que EEUU desde sus orígenes ha sido "la madre patria y el bastión del proteccionismo económico" (8) y que los países desarrollados lograron su expansión económica gracias a políticas proteccionistas, mientras que impusieron el liberalismo a sus colonias, que pasarían a formar el denominado "Tercer Mundo". Un ejemplo histórico de esta tesis lo tenemos en la política proteccionista de Gran Bretaña frente a las manufacturas de India y China, donde se impuso el liberalismo económico y se favoreció la desindustrialización. Así, los productos indios y chinos no podían penetrar en el mercado inglés, mientras los productos ingleses eran impuestos en India y China. Algo muy parecido sigue sucediendo hoy en día en las relaciones económicas entre los países desarrollados y los países del "Tercer Mundo". Así, las materias primas producidas en el "Tercer Mundo" encuentran grandes dificultades de competir en los mercados occidentales debido a las elevadas barreras proteccionistas de los países occidentales, mientras que el "Tercer Mundo" es bombardeado por múltiples productos occidentales que se benefician del liberalismo económico que las elites occidentales les imponen adoptar. En este sentido, Noam Chomsky señala que "el Informe sobre el Desarrollo de Naciones Unidas de 1992 estimaba que las medidas proteccionistas y financieras de los países ricos habían privado al Sur de medio billón de dólares al año, unas doce veces el total de la ayuda al desarrollo, la mayoría de la cual se destina además a subsidiar y promocionar las exportaciones" (9). Sin embargo aunque las elites occidentales siguen ensalzando el libre mercado, la realidad es que defienden la protección estatal y las subvenciones públicas para los ricos, mientras imponen la disciplina de mercado a los pobres. Así, Noam Chomsky señala varios casos de empresas privadas basadas en el beneficio, que son llamadas "libres empresas" a pesar de estar subsidiadas por el sector público (10). En cambio, se intentan hacer desaparecer los gastos sociales del estado del bienestar y se proclama que las personas deben valerse por sí mismas..., lo cual no se pretende aplicar ni a los grandes empresarios ni a los inversores. Éstos últimos, además de obtener subvenciones, se benefician de la protección de los cuerpos de seguridad, cuya función es preservar los intereses de las elites frente a los de la mayoría de los ciudadanos. Así, se realizan enormes inversiones en gastos militares que se justifican señalando la necesidad de defenderse de amenazas (ya fuera el "comunismo" o ahora el "terrorismo"), para lo cual no se duda en armar o manipular a los supuestos enemigos (11). En el mismo sentido, no se intenta acabar con los crímenes, ya que estos pueden ser una buena excusa para inculcar miedo y odio entre la población, cuya solidaridad se intenta destruir.
La adopción del libre mercado es un tema de gran actualidad en un mundo en el que la doctrina económica oficial es el neoliberalismo defendido tanto por el Fondo Monetario Internacional, como el Banco Mundial o la nueva Organización Mundial del Comercio (OMC) heredera del Acuerdo General sobre Tarifas Aduaneras y Comercio (GATT). Los acuerdos de libre comercio que busca la OMC, deberían llamarse a juicio de Noam Chomsky "acuerdo sobre los derechos de los inversionistas" y no "acuerdo de libre comercio", pues "uno de sus propósitos principales es ampliar la capacidad de las empresas para llevar a cabo operaciones que distorsionen el mercado" (12). La OMC es, según Susan George, "un instrumento ideal para lograr la globalización e imponer nuevas reglas (las de las elites) a todas las actividades humanas definidas a partir de ahora como "objeto de comercio"" (13). En definitiva, la OMC coloca por encima los intereses económicos sobre los derechos humanos, siendo consideradas algunas leyes nacionales como "obstáculos" al comercio que deben superarse. De esta forma, se olvida y se rechaza algo esencial: "la economía debe estar al servicio de los ciudadanos y de su medio natural, y no a la inversa" (14). La postura de la OMC quedó manifestada en la Cumbre de Seattle celebrada entre el 30 de noviembre y el 3 de diciembre de 1999, sin embargo para las elites esta cumbre fue un fracaso debido en buena medida a la protesta multitudinaria de unas 50.000 personas contra el capitalismo mundial realizada por diversos colectivos sociales, tales como sindicatos y organizaciones ecologistas. La represión contra esta protesta fue enorme, pero los manifestantes lograron transmitir su mensaje al mundo. Un mensaje que no gusta nada a las elites de ahí el desprecio con el que han acogido estas protestas. Tomemos a título de ejemplo un artículo de opinión de Álvaro Delgado-Gal (15). En este artículo su autor dice que el capitalismo no es tan siniestro como le pintan, aunque elude explicar por qué, ya que parece que no sabría resumir sus ideas en pro del capitalismo (¿qué pensará de los 4.500 millones de personas que carecen de medios de subsistencia suficientes?). Por otra parte, Álvaro Delgado-Gal llama conservadores y conformistas a los que protestaron en Seattle (lo que desde entonces se ha convertido en una típica crítica al movimiento contra la globalización capitalista), mientras que los miembros que participaron en la cumbre serían progresistas e inconformistas, pues supone que están afrontando el nuevo reto de la globalización, que poco tiene de nuevo salvo su ampliación cualitativa como cuantitativa. Así, las bases económicas de la globalización se siguen basando en el capitalismo, habiendo existido ya un proceso de globalización, por ejemplo, antes de la I Guerra Mundial. Por otra parte, Álvaro Delgado-Gal no le gusta que se hable de clases sociales, lo que es habitual entre los miembros de las elites, ya que el término clase constituye lo que Noam Chomsky llama "la inmencionable palabra de cinco letras" (16). Así, mientras las elites, a pesar de sus pequeñas divergencias (provocadas por su lucha por obtener más poder), se identifican como clase y protegen sus intereses, el resto de la población no puede señalar este hecho evidente. Otro aspecto que Álvaro Delgado-Gal no puede aceptar es la petición de control democrático de la economía al pensar que esto se refiere a que los gobiernos controlen la economía, pues parece señalar que las protestas de Seattle son obra de los socialdemócratas (keynesianos). Pues no; lo que pide la mayoría de los grupos anti-globalización resultará a buen seguro más terrible a Álvaro Delgado-Gal: que toda población tenga capacidad de decisión en los asuntos económicos, para darlos a estos un pleno contenido social. A esta propuesta de transformación radical de la economía y sus concepciones productivistas en pro de una elite, responderán los intelectuales fieles a los poderosos que es imposible y preferirán defender lo conocido, aunque tenga sus deficiencias... ¿Y éstos son los progresistas?
En conclusión, la contradicción entre los valores oficiales y los valores reales de las elites occidentales es patente. Esta contradicción se basa en el doble significado que se dan a los términos, lo que George Orwell llamó en su obra 1984 "doblepensar" (17). Dos ejemplos significativos del doble significado de un término son los de los términos democracia y libre mercado:
1) El término "democracia" se refiere oficialmente a una forma de organización política en la que el pueblo participa activamente en el manejo de sus propios asuntos; sin embargo, su significado real hace referencia a un sistema político en el que las decisiones son tomadas por las elites políticas y económicas.
2) El término "libre empresa" se refiere oficialmente a una empresa libre de injerencias exteriores; no obstante, en realidad, la libre empresa está asegurada por la intervención masiva del gobierno en la economía con el fin de garantizar el bienestar de los ricos.
Sobre esta contradicción entre el discurso oficial y el discurso real descansa el Nuevo Orden Mundial dirigido por EEUU, que tras la II Guerra Mundial asumió la responsabilidad de mantener el sistema capitalista mundial, para lo cual ayudó a la reconstrucción de las sociedades ricas y otorgó un papel económico específico a cada parte del mundo. En definitiva, los intereses generales son subordinados a los intereses económicos de la opulenta minoría formada por las elites occidentales, provocando que la mayoría de la población pierda riqueza mientras la economía capitalista crece. Las elites occidentales están deseosas de expandir sus intereses económicos a todos los lugares de la Tierra, por lo que no toleran que nadie se escape de sus intereses. Ante esta situación de prepotencia de las elites, Noam Chomsky propone aprender la verdad sobre el mundo, organizarse, y actuar para cambiarlo, restaurando los valores de la Ilustración: la libertad y los derechos humanos.
NOTAS
*: El presente texto se basa en el texto de mismo título escrito por Noam Chomsky y recogido en el libro Autodeterminación y nuevo orden: los casos de Timor y Palestina, Txalaparta, Navarra, 1998.
1: Por elites occidentales nos referimos a los gobernantes, empresarios e intelectuales procedentes principalmente del "mundo occidental" (Europa, EEUU, Japón,...), que ocupan una posición preeminente en las relaciones de poder en las sociedades a las que pertenecen. 2: Noam Chomsky, El sistema de los 500 años y el Nuevo Orden Mundial, en El nuevo orden mundial o la conquista interminable, pag. 20. 3: José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas. 4: Esta frase de Noam Chomsky aparece en Angel J. Cappelleti, España 1936-1939 ¿Guerra Civil o Revolución Social?, Grupo TEA.
5: Noam Chomsky, Las intenciones del Tío Sam, Txalaparta, Navarra, 1994, pag. 20.
6: El análisis de Proudhon sobre la propiedad se basa en la propiedad de la tierra. Ver Angel J. Cappelletti, La teoría de la propiedad en Proudhon y otros momentos del pensamiento anarquista, La Piqueta-Editores Mexicanos Unidos, Madrid, 1980. 7: Este libro es comentado por Bernard Cassen en su artículo El dudoso éxito de la "ortodoxia" económica liberal publicado en Le Monde diplomatique, nº 49, noviembre-diciembre 1999. Bernrd Cassen señala que este libro jamás ha sido refutado seriamente, aunque es escasamente citado.
8:Noam Chomsky, Autodeterminación y nuevo orden, pag. 24. 9: Noam Chomsy, Autodeterminación y nuevo orden, pag. 31.
10: En este sentido, sería interesante estudiar en España a empresas privatizadas que aún reciben el apoyo gubernamental (Telefónica, CAMPSA,...). 11: Un estudio del comercio de armas realizado por las grandes potencias mundiales es en este sentido muy interesante. Sin embargo, ningún país está dispuesto a reducir su armamento, todos pretenden aumentarlo frente a las supuestas amenazas. Sin embargo, actualmente, los ejércitos están sometidos y engullidos en el sistema de poder imperante, siendo su misión la defensa de las elites económicas y de las autoridades "democráticas". La asimilación del los presupuestos del ejército con los del pueblo sólo se da en coyunturas especiales, cuando el ejército es popular (milicias) y actúa de forma espontánea e independiente respecto a cualquier grupo de poder.
12: Noam Chomsky, Secretos, mentiras y democracia, Siglo XXI, México, 1997, pag. 85.
13 y 14: Susan George, Libre comercio y libertades, en Le Monde diplomatique, nº 48, noviembre-diciembre 1999. 15: Álvaro Delgado-Gal, Reflexiones póstumas sobre la cumbre de Seattle, en El País, 18 de diciembre de 1999.
16: Noam Chomsky, Mantener la chusma a raya, Txalaparta, Navarra, 1995, pag. 85.
17: Sobre el doble significado de los términos de las elites occidentales se puede consultar Las intenciones del Tío Sam de Noam Chomsky (pag. 74-77). En cualquier caso, éste es un tema recurrente en la obra de Noam Chomsky. Así, en su ensayo La visión de Orwell (1984) y nuestro mundo recogido en El anarquismo y los problemas contemporáneos Noam Chomsky lleva más lejos su análisis acerca del doblepensar y señala la creación de disidencias fingidas.
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