¿Maldición o .....?

   ¿ Qué hay de verdadero en lo que se refiere a la maldición de los faraones? ¿ Fue casualidad que muchos de los integrantes del equipo de Howard Carter murieran?  Algunos científicos han lanzado sus hipótesis sobre este curioso hecho, que se cobró algunas vidas.

TEORÍA DE LAS RADIACIONES

El Dr. Auer Gohed quien hizo repetidos experimentos en 1969, valorando con sus computadoras las experiencias realizadas por el Prof. Luís Álvarez de la Universidad de California en la cámara de la Gran Pirámide, declaraba en una entrevista al New York Times:

"Nos encontramos ante un misterio inexplicable que podemos llamar ocultismo, maldición faraónica, brujería o magia. Lo cierto es que en el interior de la pirámide existe una fuerza que contradice todas las leyes científicas"

Basa su hipótesis en el hecho de que la permanencia por largo tiempo encerrado en tumbas faraónicas como le sucedió a Paul Bronton quien pasó una noche encerrado en la cámara real de la pirámide de Keops, era causa de alteraciones mentales. Bronton sufrió después de aquella noche alucinaciones, crisis nerviosas, agarrotamiento muscular, quedando al día siguiente en un estado de profunda apatía.

Los científicos de la ciudad atómica de Oakridge pensaron en la posibilidad de que los antiguos egipcios conociesen ciertos materiales radiactivos y hubiesen colocado en lugar estratégico alguna sustancia cuyo efecto pudo persistir al cabo de 3.300 años siendo esto el origen de algunas de las muertes. Sin embargo, ningún detector de radiaciones ha permitido demostrar la presencia de ninguna sustancia que tenga estas propiedades.

La hipótesis de la radiactividad ha sido expresada por otros autores. Dado que los egipcios explotaron minas de oro y que este metal suele ir combinado de alguna manera con el uranio y el torio, piensan que pudieron conocer estas substancias.

En 1949, el Profesor Bulgarini, renombrado científico atómico, declaraba: "En mi opinión, los egipcios de la antigüedad conocían ya las leyes de la desintegración del átomo. Sus sabios y sacerdotes conocían el uranio. Y es muy posible que se sirvieran de la radiactividad para proteger sus santuarios". Aún en nuestros días se explotan en Egipto algunos minerales uraníferos. Sigue expresando el mismo autor que: "podrían haber cubierto con uranio el suelo de sus tumbas o haberlas construido con mineral radiactivo. Aún hoy las radiaciones podrían matar a una persona o por lo menos dañar su salud".

Lo que más llama la atención de muchos investigadores es que antes de su muerte, numerosos arqueólogos se quejaron de cansancio y otros dieron claras muestras de trastornos mentales y depresiones. Los afectados por radiaciones tienen como síntoma común una enorme astenia. No todas las personas reaccionan igual ante las radiaciones, así muchos científicos sufrían alteraciones fisiológicas poco tiempo después de comenzar su trabajo en las tumbas o en las momias. En otros, en cambio, los efectos aparecían al cabo de meses o de años. Unos morían inesperadamente y otros sufrían afecciones cerebrales o embolias. Y otros muchos no sufrían aparentemente ningún síntoma. Los defensores de esta teoría comparan estos casos con los que hubo en Hiroshima después del lanzamiento de la bomba atómica, y los síntomas son los mismos en muchos de ellos. Hubo varios grados de afectación en el tiempo. Entre los síntomas, el cansancio, las embolias, las alteraciones de la conducta y la prematura o tardía afectación fueron las principales variantes, incluso en personas de una misma familia a quienes les sorprendió en un mismo lugar la explosión.

Para apoyar su tesis hacen referencia al caso del hundimiento del Titanic que chocó con un enorme témpano de hielo a la deriva. Se sabe que Lord Canterville llevaba en aquel barco desde Inglaterra a Nueva York la momia de una famosa pitonisa egipcia de la época de Amenofis IV encontrada en Tell-el-Amarna. Debido a su extraordinario valor y a su delicadeza, no se había atrevido a guardarla en las bodegas sino que iba detrás del puente de mando. Según relata Vandenberg, relacionaron la presencia de la momia con la extraña conducta inusual en el capitán que mandaba el barco, el Capitán Smith que hizo y dijo cosas extrañas aquel 14 de abril de 1912, día del hundimiento, algunas de las cuales estuvieron en relación con el mayor número de víctimas.

También ha sido motivo de preocupación para muchos el hallazgo en Egipto, de una serie de jeroglíficos bajo tierra, grabados en rocas, en zonas donde se explotaban minas desde lejanas épocas. Precisamente estos jeroglíficos aparecieron en los lugares donde se tapiaban las galerías y lo más extraño es que aún no han podido ser descifrados.

Todo esto ha dado pábulo a algunos investigadores para creer en la existencia de radiaciones como causa racional que explicaría la "maldición de los faraones".

HIPÓTESIS DEL ASPERGILLUS NIGER

El 3 de noviembre de 1962, el Dr. Ezz Eldin Taha, médico biólogo de la Universidad de El Cairo, convoca una conferencia de prensa durante la que comunica que ha examinado a numerosos arqueólogos y en todos ha descubierto la presencia de un hongo, el Aspergillus niger, que provoca fiebre e inflamación de las vías respiratorias. Considera que ésta puede ser la explicación de la supuesta "maldición de los faraones".

Hacía tiempo que los arqueólogos conocían una infección que a veces padecían llamada "sarna copta", por la que aparecían eczemas en la piel de las manos y a veces afecciones de las vías respiratorias.

El Aspergillus vive en las momias y en los sepulcros cerrados. La "maldición de los faraones" según él, podía combatirse con antibióticos. Trataba así de desmitificar la famosa "maldición".

Poco después de la conferencia de prensa, viajaba de El Cairo a Suez atravesando el desierto por una carretera rectilínea acompañado de dos de sus colaboradores. A unos 70 Km. al Norte de El Cairo chocó frontalmente con otro coche que venía en dirección contraria tras un brusco viraje. Murió instantáneamente con sus dos ayudantes.

HIPÓTESIS DEL VENENO

Otra de las teorías que se han emitido para explicar racionalmente la "maldición de los faraones", ha sido la del veneno. Se pensó que al enterrar en su tumba la momia de alguno de los grandes personajes, especialmente los Faraones del antiguo Egipto, los sacerdotes, hábiles en la preparación de substancias tóxicas hubiesen podido colocar alguna de estas substancias capaz de producir la muerte a quienes penetrasen en la tumba después de haber sido sellada.

Estos venenos podían haber sido utilizados en forma de polvos extendidos sobre el cuerpo mismo de la momia o en sus cercanías. O bien haber sido aplicados en forma de substancias que se volatilizarían lentamente produciendo una atmósfera venenosa que al ser inhalada por el violador de la tumba acabaría con él disuadiendo a los demás que quisieran entrar para desvalijar los tesoros del ajuar funerario.

Se basarían los defensores de esta hipótesis en detalles como por ejemplo el de que los ladrones de tumbas siempre hacían un agujero en la puerta sellada de un tamaño muy inferior al que era necesario para poder pasar un cuerpo. Ese agujero, según esta teoría, tendría por finalidad hacer salir el gas venenoso, del que ya tendrían alguna experiencia por haber visto morir a algunos de sus compañeros en ocasión anterior.

El mismo Carter siguió esta técnica, introduciendo una vela y él lo explica diciendo que así "se prevenía de la existencia de algún gas venenoso". Por lo tanto, con su experiencia de Egipto, se ve que ya había oído esta teoría y crédulo o no, prefirió asegurarse antes.

Otro detalle es la existencia de cadáveres de ladrones de tumbas hallados cerca de la momia, muertos por causa desconocida. Ya hemos hablado de la explicación de esto por el enrarecimiento del aire a causa de haber encendido hogueras o teas que consumieron el oxígeno causando la asfixia de los intrusos.

Los egipcios conocían la existencia y la obtención del ácido prúsico o cianhídrico a partir de los huesos de melocotón. Este gas causa la muerte instantánea por asfixia. El hecho de cerrar herméticamente la tumba como se hacía en Egipto, contrasta con el precepto religioso egipcio de dejar aberturas para que el ka pudiera salir.

Lo que más llamaba la atención de algunos investigadores es el alto índice de depresiones y enajenaciones mentales que padecieron los arqueólogos dedicados al manejo de tumbas y momias egipcias.

También conocieron los egipcios el mercurio que se volatiliza en frío, siendo sus vapores peligrosos para el sistema nervioso. Su falta de olor lo hace más peligroso todavía.

Los trabajos del Comandante Robert Philips, oficial médico y Delegado naval para las investigaciones científicas de El Cairo, demostraron que no había veneno alguno en las tumbas capaz de producir la muerte a quienes entrasen en ellas.

HIPÓTESIS DE LA HISTOPLASMOSIS

El año 1956 las investigaciones rutinarias de un científico, el Dr. John Walter Wiles, de la Sociedad Geológica de Rhodesia del Sur, realizadas en una gruta subterránea cerca de la presa de Kariba, le llevaron a estudiar los depósitos de guano de murciélagos o murcielaguina, a 145 metros de profundidad, almacenada durante miles de años por las enormes cantidades de murciélagos que habitaron aquellas cuevas desde tiempo inmemorial. Como es sabido el guano de murciélagos es un excelente fertilizante. El Dr. Wiles permaneció una semana dentro de la gruta, estudiando el guano, calculando el volumen que podría tener el yacimiento. A la semana, después de haber inhalado el fino polvillo que se desprendía de aquel material, se sintió sofocado y cuando llegó a su casa a Ciudad de El Cabo, el pecho le ardía como si le hubiesen quemado por dentro.

Su esposa llamó inmediatamente al Dr. Dean, su médico de cabecera. Wiles negó que le pasara nada, pero cada vez se sentía peor. Llamaron a un especialista que hizo un análisis de sangre, temiendo que fuese paludismo. No halló nada. Los días siguientes comenzó a sentir fuertes dolores, no sabiendo en qué postura ponerse. El diagnóstico del médico fue que se trataba de una enfermedad de la sangre que no pudo especificar y una inflamación de los pulmones (neumonía y pleuresía). Fue llamado en consulta el Dr. Geoffrey Dean del Hospital Geoffrey de Port Elizabeth, quien al saber que había estado en una cueva recordó una conferencia que hacía años había escuchado sobre una enfermedad llamada Histoplasmosis, de la que se habían informado 130 casos, para la que no había ningún medicamento específico. Tomó muestras de sangre del enfermo y las envió por vía aérea a los Estados Unidos, mientras trataba al paciente con penicilina y otros antibióticos. El paciente mejoró y se salvó. De Nueva York habían llegado los resultados del examen de la muestra de sangre, positiva por Histoplasmosis.

Preocupado por la muerte de los egiptólogos, realizó una serie de trabajos de investigación que le llevaron a la conclusión de que la causa de la muerte de la mayoría de los excavadores de tumbas egipcias era la histoplasmosis.

La Histoplasmosis está producida por un micro hongo, el Histoplasma capsulatum, que se encuentra en las deyecciones de los murciélagos. Hay varias formas clínicas: una benigna que cursa con catarro bronquial febril y que cura en un par de semanas dejando una inmunidad contra la enfermedad. Hay otra forma grave, más rara, que puede producir la muerte, especialmente en personas con procesos pulmonares crónicos que han debilitado su sistema respiratorio. Así y todo la mortalidad es del 1 %.

Así que dado el número de arqueólogos, ayudantes y obreros que han trabajado durante muchos años excavando tumbas en el Valle del Nilo, la incidencia de Histoplasmosis pulmonar tendría que haber sido enorme y no hay nada que lo demuestre. Arqueólogos como Petrie, Maspero y Mariette, visitaron cientos de tumbas y todos murieron a edades avanzadas sin haber tenido ninguna enfermedad parecida a ésta.

LA INMUNIDAD DE CARTER

Howard Carter estuvo muy directamente en contacto con la tumba de Tutankhamón y sin embargo no le sucedió nada. Nunca vio un murciélago por allí que por otra parte con la tumba herméticamente sellada no hubiera tenido la oportunidad de vivir en ella. No había murciélagos en las tumbas de los faraones. Carter murió a los 70 años, el 2 de marzo de 1939, mucho después del descubrimiento de la tumba del Faraón. Pero Carter llevaba muchos años de excavaciones, siempre en contacto con tumbas y momias. Sí es cierto que repetidas veces se sintió enfermo, decaído, abatido, con sensaciones de sofocos en la cabeza, cefaleas e incluso tuvo momentos o épocas de depresión, atribuibles a los muchos problemas que su carácter recto tuvo que producirle. Estuvo en contacto con gérmenes, mosquitos y virus propios de Egipto, fue picado por insectos y hasta por alacranes. Todos estos contactos debieron llegar a inmunizarle de alguna forma contra muchas de las enfermedades propias del área y algunos creen que por eso no le sucedió nada.

No sabemos si Carter tuvo alguna infección con eczema de la piel, de tipo pruriginoso. Sería interesante saberlo. Hay una posibilidad en la que nadie ha pensado nunca y es la de que ciertos ácaros microscópicos que siempre desarrollan su actividad en las momias y cadáveres desecados hayan podido ser causantes de alguna de las infecciones sufridas por diversos arqueólogos. Sabemos la existencia de la "sarna de los coptos" sufrida por quienes manejaban antiguos papiros. Esto es un indicio importante. Los ácaros son parte de la llamada "Octava escuadra de la muerte" que conocemos muy bien los que nos dedicamos a la Antropología Forense. Su misión es destruir los restos desecados de partes que quedan después de haber pasado las escuadras de dípteros, coleópteros, lepidópteros y demás insectos de las otras siete escuadras de la muerte. Estos ácaros son arácnidos microscópicos de la familia del "arador de la sarna", el Sarcoptes scabiei, capaz de producir tremendas lesiones pruriginosas en el cuerpo, especialmente en las manos. Algún ácaro puede haber sido transmisor de un virus capaz de matar.