«XENOCURVAS»
(REALIDAD EXPANDIDA HACIA LO IMAGINARIO)
Insistiendo
en la búsqueda de herramientas y definiciones que ayuden en la investigación
de acontecimientos extraños (superdisciplina heterogénea que hasta ahora
agrupaba en cierto desorden disciplinas diversas, tales como la parapsicología,
la ufología, la criptozoología o la sindología, y que he re-bautizado con el
nombre genérico de xenología)[1] aludo en esta ocasión a
un asunto que servirá como nueva metodología de análisis xenológico: la
representación de xenocurvas en un espacio de dos dimensiones. Pronto se verá
la aplicación que esto podrá tener —gracias a su potencial descriptivo,
comparativo, analítico y predictivo— en el estudio de los fenómenos anómalos.
Tomemos
un fenómeno ampliamente tratado por los xenólogos: la Sincronicidad. Todo
lo que voy a decir a continuación puede aplicarse igualmente a infinidad
de fenómenos anómalos —telepatía, precognición, combustión
espontánea, transcomunicación instrumental, poltergeist...—, pero
centrémonos de momento en éste, a modo de ejemplo. La Sincronicidad se
manifiesta en casos de «casualidad» extrema, que desafía la ley de
probabibilidades. A todos nos ha ocurrido alguna vez: pensamos en una persona, y
en ese mismo instante, esa persona nos llama por teléfono. Este sería el caso
típico, pero existen otros más espectaculares, que se resisten mucho más a
una explicación basada en la coincidencia casual. Es importante aclarar que lo
sincrónico no es, en el contexto de la parapsicología, sinónimo de
«simultáneo». La Sincronicidad es un término acuñado por gente como C. G.
Jung, que viene a dotar de sentido a lo simultáneo. La simultaneidad de dos
hechos es algo comprobable empíricamente en nuestra experiencia cotidiana —es
decir, dejando a un lado todas las reservas impuestas por la Teoría de la
Relatividad—. La Sincronicidad, en cambio, es una interpretación de esta
simultaneidad.
natural,
es perfectamente normal que alguien piense en un helado de fresa y que otra
persona también lo haga —sobre todo si ambos hacen cola ante el mostrador de
una heladería—. Lo que lo caracteriza como anómalo es la interpretación que
hacemos de él (aunque, por supuesto, la interpretación más ajustada a las
causas reales no tiene por qué ser la más convencional, la que se basa en la
casualidad: quizá sí exista un vínculo telepático).
Este
fenómeno (anómalo en tanto que interpretación «anomalizante» de un hecho),
puede ser representado como una curva en un espacio de dos dimensiones usando un
sistema de coordenadas cartesiano (Fig. 01), y en esa representación intervienen
dos factores: uno real (a), comprobable empíricamente, y que se
ajusta perfectamente a las leyes de la física —como es el hecho
simultáneo en el tiempo de que Pinocho
piense en Geppetto y en ese instante, Geppetto telefonee a Pinocho—; y
otro imaginario (b), esto es, la interpretación que hacemos
de este hecho. Si llamamos z al fenómeno de la Sincronicidad, tendremos
entonces que z= (a,b) en su representación dentro del sistema de
coordenadas bidimensional (que llamaremos IOR: O es el punto de
intersección de los dos ejes, I es el eje imaginario, y R
el eje real).

(Fig.
1)
I
es el eje «imaginario», y R el eje «real».
El
factor real (a) es una variable sujeta al grado de comprobación
empírica del hecho. Está comprendida entre dos extremos, el mínimo, cero, y
el máximo, r.
0
≤ a < r
Estaremos
de acuerdo en que no merecen la misma puntuación la ausencia total de
comprobación (a = 0) que una casuística totalmente contrastada, donde (a)
tienda al máximo (a → r). El primer extremo estaría
ubicado en la intersección de los ejes IOR, mientras que el
segundo extremo estaría situado sobre el eje de abscisas OR, alejado del
eje OI.
La
longitud de los ejes de coordenadas es por definición infinita, lo que viene
muy bien para recordarnos que la certeza absoluta no existe —la percepción de
un hecho no deja de ser, siempre y de alguna forma, una interpretación
subjetiva de ese hecho, sujeta por tanto a discusión—. Luego el emplazamiento
que reservemos sobre el eje OR para determinar el punto máximo de
certeza —el más alejado al eje OI— será forzosamente provisional, y
(a) podrá tender a r, pero nunca ser igual a r
(se dirigirá hacia él, pero nunca podrá alcanzarlo).
El
factor imaginario (b) es otra variable comprendida entre dos extremos, el
mínimo, 0, y el máximo, i.
0
≤ b < i
Esta
variable, (b), está sujeta a la gradación que, convencionalmente,
hagamos de las diferentes interpretaciones del hecho. Es una gradación más
cualitativa que cuantitativa. En este sentido puede recordar a la Escala Richter,
que clasifica la magnitud de un terremoto no por el dato mensurable de la
vibración sísmica, sino por los efectos visibles que ésta provoca en los
objetos (si se mueve la lámpara, si caen los cuadros de las paredes, si se
derrumban los edificios...). Establezcamos algunas magnitudes orientativas a la
variable (b), de momento:
| b
= 0 : El hecho sincrónico es raro, pero probable; no es un hecho anómalo,
sólo casual; es extraordinario, pero sólo en cuanto que poco común.
Sólo la interpretación que
hacemos lo determina como una anomalía. A menudo pensamos en muchas
personas, y no por ello nos telefonean al instante. Cuando una lo hace,
creemos que se trata de un prodigio (Interpretación Escéptica). |
| b
→
1/3 i : Se establecido algún tipo de comunicación telepática entre
Geppetto y Pinocho que ha provocado la coincidencia (Interpretación Parapsicológica). |
| b
→ 2/3 i : La voluntad —consciente o inconsciente— de
Geppetto —o de Pinocho— influye en la realidad y la altera
(Interpretación Mágica). |
| b
→ i : Existe un ordenamiento cósmico subyacente —¿Dios?,
¿Destino?...—. La coincidencia responde a una necesidad de orden
superior. Geppetto y Pinocho están predestinados. La casualidad no existe
en absoluto (Interpretación Trascendente, o Religiosa). |
La
gradación elegida aquí para el factor b responde al paradigma
cientifista dominante en el Occidente actual, que atrae la explicación más
materialista —la que se basa en la simple «casualidad»— hacia el eje OR.
Ya he señalado que se trata de una elección convencional. Si adoptáramos la
mentalidad medieval, dominada por un paradigma religioso, la interpretación
trascendente ocuparía el lugar más bajo en el eje OI (b = 0), y
la escéptica el más alto, probablemente. Curioso reordenamiento, en el
que nos encontraríamos con la idea de «Dios» en el entrecruzamiento exacto de
los ejes IOR (a = 0, b = 0), es decir, en el mismo
centro del eje de coordenadas, lo que a buen seguro satisfaría la
espectativas de un xenólogo del siglo XII (Fig. 2).

(Fig.
2)
Teocentrismo
medieval.
(Cómo
no: Dios en el centro de la cruz).
Pero
prosigamos con el ejemplo de la Sincronicidad. Queremos situar el fenómeno en
el eje de coordenadas, pero los dos términos de (z), tanto (a) como
(b), son variables a las que no podemos asignar una magnitud concreta. Y
es que (z) no es un vector que señale la posición de un punto, sino que
es una curva. La forma de ésta vendrá determinada por la relación que
sucesivamente se establezca entre los puntos del eje imaginario y los del
eje real. Dicho de otra
forma: la curva xenológica del fenómeno vendrá determinada por la relación
que se establezca entre la escala de constatación empírica del fenómeno y la
escala de interpretación que hagamos de él.
En
la descripción que nos atañe, he dibujado la curva a partir de cuatro puntos
—P1, P2, P3 y P4—,
determinados por las escalas que previamente enuncié (Fig. 3).
Analicemos el porqué de la magnitud de cada punto.

(Fig.
3)
Curva
xenológica del fenómeno «Sincronicidad».
P1
= ( 1/5 r, 0 ). Factor imaginario: Interpretación Escéptica,
donde (b) = 0. Le he asignado un factor real bajo, de (a)
→ 1/5 r. En este caso —como en otros— mi criterio personal ha
jugado un papel determinante: considero que el fenómeno sincrónico es en
ocasiones tan extremo, que apenas se justifica por ley de probabilidades —muchas
sincronicidades consecutivas, por ejemplo—. Cuanto más improbable, más baja
será la magnitud de (a). Reconozco que asignarle un 1/5 es bastante
gratuito, pero sirve de momento para explicar a grandes rasgos el sentido
descriptivo de las curvas xenológicas. Probablemente, un riguroso análisis
probabilístico pudiera determinar el valor exacto de la variable real.
P2
= ( ½ r, 1/3 i ).
Factor imaginario: Interpretación Parapsicológica, donde (b)
→ 1/3 i. Le he asignado un factor real «mediano», de (a)
→ ½ r, a medio camino entre la negación y la constatación total.
Me baso para ello en que los estudios científicos que han intentado demostrar
la existencia de la telepatía no han sido concluyentes. Mejor dicho: sus
resultados aún están sujetos a polémica, ya que no hay un acuerdo
generalizado respecto a la interpretación de los datos estadísticos. Ésta es
la razón de que la asignación de un valor mediano al factor real sea
una solución salomónica, a medio camino entre la negación de los escépticos
y el clamor entusiasta de los crédulos.
P3
= ( 1/10 r, 2/3 i ).
Factor imaginario: Interpretación Mágica, donde (b)
→ 2/3 i. Le he asignado un factor real muy bajo, de 1/10 o
menos que 1/10, dado que las capacidades telecinésicas —este término usado
aquí chirría, sin duda, pero acudo a él para darle algún nombre a la
capacidad de alterar la realidad mediante la simple fuerza de voluntad— están
aún menos demostradas que las capacidades telepáticas del ser humano. Flacos
indicios, algunas conjeturas, y la verificabilidad del fenómeno, aún no
sentenciada, me han impedido otorgarle un valor igual a cero.
P4
= ( 0, i ). Factor imaginario:
Interpretación Trascendente, o Religiosa, donde (b)
→ i. La naturaleza no verificable, por definición, de las
creencias religiosas, y por tanto refractaria al acercamiento empírico, obliga
a situar el factor real en el cero absoluto.
Como
puede verse, mediante la curva xenológica se propone un método descriptivo de
un tipo de fenomenología altamente escurridizo. No sólo eso, también propone
un punto de partida desde el que desarrollar un debate acaso más racional entre
los autodenominados escépticos y los calificados como crédulos,
demasiado acostumbrados, tanto éstos como aquéllos, a una fatigosa bronca
entre sordos. Comparando las curvas propuestas por unos y por otros, puede
centrarse mucho mejor el ámbito de discusión.
Las
conclusiones que puedan colegirse tras la ubicación de un fenómeno en el xenoespacio
vectorial son por el momento insospechadas, y quizá por esto mismo,
prometedoras. Queda por definir qué papel juegan los tres cuadrantes negativos,
a la izquierda del eje I y por debajo del eje R.
¿Podemos atrevernos a conjeturar acerca de la existencia de anti-demostraciones
empíricas, más allá de la simple negación de un hecho?... ¿podemos
conjeturar, asímismo, acerca de la existencia de interpretaciones anti-imaginarias,
más allá del puro escepticismo?... De súbito brota una idea estimulante: si
el eje imaginario orienta su cénit, I, hacia la idea de un orden
cósmico trascendente —que algunos pueden identificar con la divinidad—,
bien podría orientar su nadir, -I, hacia un anti-orden cósmico, que
algunos podrían identificar con lo diabólico. A medio camino, por
supuesto, en el entrecruzamiento del eje de coordenadas, nos seguiríamos
encontrando con el caos inmanente y materialista, ese desorden entrópico —que
podríamos calificar de «existencialista»— cuantificable, pero totalmente
vacío de sentido.
Se
impone, a partir de ahora, no sólo una ardua tarea descriptiva y comparativa de
todos los fenómenos anómalos mediante curvas xenológicas, sino la
búsqueda de una gradación operativa y universal que optimice y justifique las
magnitudes empleadas. La heterogeneidad intrínseca a la fenomenología anómala
dificulta el establecimiento de una escala universal, pero confío en que esta
dificultad pueda ser superada. Logrado esto, la simple evidencia gráfica hará
patente el grado de existencia de cada fenómeno en este nuevo marco de realidad
expandida hacia lo imaginario que acabamos de inaugurar, y, probablemente,
algunos «objetos de estudio», lugares comunes de la investigación paranormal,
se pierdan para siembre en la niebla de lo imaginario, liberados por completo de
vínculo alguno con la realidad. Los que, sin embargo, sigan mostrando
tenazmente una curva abultada —como de momento se desprende del caso de
la Sincronicidad— se habrán ganado un prestigioso status de verosimilitud. Es
decir, la xenología habrá descubierto qué merece ser estudiado, y qué no. Lo
que no es poco, visto el denuedo con el que algunos siguen mareando perdices de
patente inexistencia,
falsificación o irrelevancia.
No puedo dar por finalizado este artículo sin hacer una doble alusión a un buen amigo, L., hombre de ciencia equipado con un cerebro mucho mejor dotado para el razonamiento lógico que el mío. En primer lugar, para expresarle mi agradecimiento por sus implacables críticas y sugerencias, que me han obligado a reescribir por completo el texto y a abandonar por ineficaces y absurdos ciertos devaneos matemáticos que me abocaban inexorablemente a la confusión y el desastre. En segundo lugar, porque es de justicia hacer constar aquí el siguiente comentario suyo, que recibí a través de correo electrónico, y que se refiere al sentido último del método de descripción basado en curvas xenológicas:
«Da
la sensación de que tu objetivo es señalar la metáfora más que describir un
método. El método está descrito al final de una manera un poco confusa para
mi gusto y me haría falta ver en qué resulta este método de representación
tan beneficioso respecto a uno cualquiera, por ejemplo, con pedazos de «blandiblub»
recogidos con alfileres, en los que los alfileres representen la realidad
discreta del empiricismo clásico frente a un «blandiblub» que religa los
eventos discretos en un contínuum del que nuestros sentidos apenas pueden hacer
una descripción objetivable. No digo que crea más en el «blandiblub», pero
el artículo debería mostrarme un poco la utilidad del método, no sólo su
belleza por la similitud con una herramienta matemática, ¿no?.»
¿Qué
puedo decir?... Tiene razón. Pero aquí me detengo yo, por el momento. En
efecto, lo que lanzo al aire es sólo una metáfora, la forma primera y un poco
vaga de un método. Ojalá a alguien le resulte de utilidad, y le inspire un
desarrollo práctico. No descarto seguir trabajando en ello en el futuro, pero
conozco mis limitaciones, y éstas consisten en que las ideas se me acaban en
seguida. Mas no seamos agoreros: quizá Dios provea inspiración. Todo se
andará.
Autor:
Carlos Atanes
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Para conocer más detalles acerca del «re-bautizo» de esta ciencia que es al mismo tiempo metaciencia, conviene consultar mi artículo «Xenología (una especie de manifiesto)».