LA GORDA
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En memoria de mi hermana, Adriana E. Tasada
Secuestrada por la patota de A. Feced el 4/9/77
en Va. Gdor. Gálvez
A mediados de Octubre del mismo año, Rubén Lo Fiego mostraba
la foto de los cadáveres de ella y su marido, Hugo A. Megna, a los
que estaban detenidos en Jefatura de Policía de Rosario,
durante los interrogatorios.-
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(Publicado en la Contratapa de Rosario 12
el 1/2/95)
- La visión que retiene la retina. El sonido que caracolea en la oreja;
y aún así no se comprende lo que se ve y se oye.
¿Qué me están diciendo?
Las manos vuelan sobre las cosas como alguaciles, tan delicadamente que el
tacto es solamente el presentimiento de lo que se tocaría, pero no
se toca, de esa montaña de fotografías viejas, que tiene la
edad exacta de mi memoria. Es difícil encontrar el primer recuerdo
o, al menos, decidir cuál quiero recordar primero.
El registro que tengo de su cara es el mismo, mientras que la mía ha
envejecido, y no puedo menos que llorar sobre el tiempo no pasado por su cara,
que me mira niña desde el sepia de las fotos en blanco y negro, con
el bordecito recortado como encaje.
1962, dicen atrás.
La gorda era la típica hermana molesta que se la meten a una para los
cumpleaños.
- Si no va tu hermana, vos no vas.
Y la gorda venía, y yo ya iba mufada de entrada, las dos con el vestidito
igualito, con el estúpido lazo celeste, y la vincha, que hacía
que su cara pareciera una torta, y que mis orejas sobresalieran como alerones.
Eramos una versión del Gordo y el Flaco, pero con voladitos, y nuestras
características físicas estaban exageradas por la falta de visión
materna, que nunca nos dio un gardarropas personalizado.
- Te digo que se lo vas a prestar.-sentenciaba mamá.
Y la gorda terminaba agenciada de las cosas que yo atesoraba, como ese huevo
color caramelo, con un agujerito en la punta, para guardar lana, que me había
regalado mi abuela, y que mi negativa a prestárselo fue la causa de
una terrible paliza que recibí. No es que la gorda hubiera querido
que me pegasen, sino que estaba ahí, con todos los privilegios de hermana
más chica, y que, para colmo, obedecía en comerse toda la comida,
hasta la sopa espesa, maciza de fideos, con el masacote de queso rallado que
no tenía caldo para flotar, y el café con leche con ojos de
grasa coagulándose en la superficie.
Y qué bocina era.
No había nada de lo que mamá no se enterara.
Ahora bien, ojo con el que se metiera con la gorda, que no fuera yo, que una
cosa es el hermanaje, y otra muy distinta los de afuera.
Por otra parte, la gorda me bancaba varias excentricidades, como la vez que
nuestra perra mató a la canaria que tenía y se me ocurrió
ir a enterrarla a Funes, en la casa de fin de semana de una compañera
de colegio. Yo tendría once años, y ella ocho, y me la llevé
conmigo, con la canaria en un ataúd hecho de una polvera transparente
de mamá. Pero en la caa no había nadie, y no teníamos
para el colectivo de vuelta; de modo que caminamos como un kilómetro
por la ruta, ella hecha un mar de lágrimas y reproches, hasta que nos
animamos a hacerle dedo a la "L". La canaria terminó con
su ataúd dentro de una maceta del balcón, y yo perdí
algo de credibilidad ante mi hermana.
La llegada de la adolescencia vino con una repartija de centímetros
para la que no estuve preparada, haciendo que la gorda pudiera mirar por encima
de mi cabeza, y que yo tuviera que recurrir a artimañas para seguir
teniendo la supremacía de hermana mayor.
- Vos sabés, gorda, que si te toco te reviento- le decía yo,
lejos de un convencimiento personal sobre el asunto.
Ella desmayaba ante la sola mención del nombre de Joan Manuel Serrat
y yo de Los Beatles, y el combinado de la pieza de estar comenzó a
ser nuestro nuevo objetivo de batalla. También le gustaban Camilo Sesto
y otro español que se murió en un accidente, Nino Bravo. Yo
hasta pensaba en inglés, y en esta época de deficiniones "in"
o "out" la gorda era decididamente "out", los boliches
a los que iba estaban "out", y la boina que usaba también.
Mientras me hacía la "toca" prolijamente y elegía
el lápiz negro para dejarme los ojos como de mapache, me preguntaba
a quién había salido tan "mersa" esta hermana mía.
De pronto fueron los principios de los setenta, y el que no militaba quedaba
descolgado de la historia. La gorda empezó a escuchar a Contracanto,
Canto Libre y a la Negra Sosa, y yo seguía con Los Beatles. La gorda
se metió en la UES y se enamoró de Willy. Yo me fui a vivir
con mi abuela, por algo que me era más urgente que la revolución,
en términos inmediatos: no hubiera sobrevivido a la pedagogía
de mi mami, totalmente basada en el dicho "la letra con sangre entra".
En ese poco tiempo que siguió, la gorda era un personaje amable que
me visitaba en el exilio, con su uniforme de colegio. Se desenamoró
de Willy, o Willy de ella, y se encontró con Hugo, que era un rubio
flaquito como hueso y ojos color miel, que no fue mi hermano de antes, pero
fue mi hermano de después y para siempre.
Yo me casé sin tener siquiera dos tenedores iguales, con mis muñequeras
de cuero y mis zuecos de quince centímetros de plataforma.
La gorda se casó con servilletas y manteles, con palo de amasar y máquina
para cortar fideos y todo lo que vendiera el señor de la víbora
en el cuello, ése que andaba por la calle San Martín: una Petrona
C. de Gandulfo en la Juventud Universitaria Peronista.
- Yo a Laura la quiero mucho...pero es una lumpen- solía decir.
Cualquiera de las dos seguía siendo incomprensible para la otra.
¿Qué me están diciendo?
Los chicos se fueron a vivir sin decirnos dónde. Los culatazos en la
puerta, de madrugada, comenzaron a ser parte de lo habitual. No supe de ellos,
mi mami me dijo que se habían ido a Brasil, hasta que un día
Hugo fue a mi trabajo y me dijo que había necesitado verme; y se me
partió el corazón entre la emoción desgarradora de poder
abrazarlo y el profundo temor de saber que seguían dentro de un país
que se había vuelto siniestro.
Por un accidente, en su empleo en una fábrica, había perdido
un dedo anular.
- Parece la mano del pato Donald.
- Solamente me molesta cuando quiero atarme las zapatillas: le paso de largo
al cordón.
El embarazo de la gorda seguía bien, pero no pude tocar su panza redonda
sino que la siguiente vez que la vi, recuerdo su imagen, a contraluz, acercándoseme,
con este pedacito de ella en brazos.
- Es una nena- me dijo.
Y lloré, abrazada a las dos.
Nos encontrábamos en "la mandarina", ese monumento sin estatua
cerca del frigorífico Swift. Ese día, Hugo y yo caminamos a
lo largo de las vías del tren y nos sentamos en una valla hecha de
rieles.
- Me hubiera gustado que tu papá fuera mi papá- me miró,
desde la pequeña historia de sus veinte años sin padre cerca.
Me quedé en silencio. El olor de la tierra y del pasto secos me cosquilleaban
en la nariz, mientras el sol se volvía atardecer sobre nuestras cabezas.
Fue la última vez.
¿Qué me están diciendo?
Me están diciendo que fueron cien efectivos de la policía provincial,
que era un domingo soleado, que la gorda estaba con la bandeja de los ravioles
en la casa de unos amigos, que "¡todos abajo!". Y le dijeron
a la gorda que se parara, que la buscaban a ella, y Hugo se paró también,
a su lado. Que la nena se podía recuperar, porque había entrado
por el Juzgado de Menores.
El registro que tengo de su cara es el mismo. Me estremece pensar que, a lo
mejor, si la encuentro, no podría reconocer sus dientes.
1962 dicen atrás las fotos en blanco y negro, con el bordecito recortado
como encaje. La calle Alem, en bajada desde San Juan a San Luis, y los piecitos
de la gorda, y los míos, pateando flores de jacarandá.-
Laura Tasada.-
Con todo mi amor a Adriana
a Hugo
a Willy Dawson
a Rodolfo Segarra
y a todos los demás
que hacían de mi casa un despelote
que nunca voy a dejar de añorar.
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