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una década, cuando los expertos de política internacional
hablaban del Mediterráneo, hacían énfasis en la situación
económica y sus reflexiones giraban entorno a los problemas del
desarrollo en los que no tenía cabida la cultura. Ahora da la impresión
de que nos encontramos ante un paradigma diferente, para ser exactos,
completamente inverso. Hoy la tendencia es poner el acento en la necesidad
de un encuentro cultural entre las dos orillas lo que es, sin lugar a
dudas, fundamental para apoyar cualquier política global de vecindad
pero, sobretodo, imprescindible si lo que se trata es de activar los factores
que promueven el desarrollo. Pero sea como fuere, de lo que no hay duda es de que la dimensión cultural no podría dejar de lado la desigualdad entre las culturas mediterráneas situadas a niveles distintos según su potencialidad económica. La relación entre la orilla norte y la orilla sur es una relación de dominio del primero sobre el segundo en función de la capacidad de sus respectivas industrias culturales y de acuerdo con las dinámicas del mercado. Los países de la orilla norte, gracias a la extraordinaria rapidez de las comunicaciones y a la transmisión instantánea de la información, representan un peligro de alienación para los países de la orilla Sur cuyas culturas sufren desde la discriminación en los circuitos internacionales hasta la pobreza de medios para garantizar su supervivencia.
entre ambos. La multiplicación de los distintos puntos de exhibición y contrato (festivales, muestras, encuentros...) o el establecimiento de espacios para la formación e intercambio de experiencias es igualmente exigible tanto para amortiguar los efectos del mercado como para crear consciencia de ciudadanía mediterránea. Por lo tanto el Mediterráneo se enfrenta a una doble problemática: Por un lado, su escasa integración como espacio con identidad definida a causa de las desigualdades que existen entre las orilla Norte y la orilla sur y, por otro lado, su conflictividad en la medida en que esas desigualdades no permiten la existencia de relaciones mutuamente aprovechables entre ambas orillas. En la actualidad el Mediterráneo no constituye un espacio de relación. Sin embargo, hoy más que nunca, resulta necesario abordar su desarrollo desde una perspectiva cultural. El espacio mediterráneo que reclamamos tendría sentido en los términos que a continuación destacamos:
Fomentar el conocimiento mutuo, la aceptación de las diferencias y la tolerancia como norma de conducta tiene por objeto crear un nivel óptimo de confianza que favorezca la gestión de los asuntos mediterráneos. Se trata de romper las imágenes recíprocas que se sustentan en falsos estereotipos para mejorar las relaciones, es decir, forzar el abandono de las representaciones de rechazo arraigadas en la historia y animadas por las ideologías fanáticas para abrir cauces al consenso. Sin duda, poner en contacto al público europeo con una obra de teatro, con la exposición de un pintor o la novela de un escritor hacen tanto para revalorizar la imagen del "otro", del vecino que no conocemos, como un buen discurso político.
El
Mediterráneo se caracteriza por la escasez de intercambios que
no tienen en cuenta
El
proyecto de reconstrucción del Mediterráneo como espacio
de relación requiere
// 1) El estado de las relaciones culturales en el Mediterráneo
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